"Vocación y responsabilidad del filósofo" de Gianni Vattimo (Herder)

¿Quién es filósofo?

Una de las figuras clave de la filosofía actual

Empecé a estudiar filosofía porque me sentía implicado en un proyecto de transformación del hombre, en un programa de emancipación

(Herder).- La presente obra de Gianni Vattimo, padre del pensamiento débil y una de las figuras clave de la filosofía actual, reflexiona sobre la vocación y responsabilidad del filósofo. Nacido en Turín en 1936, su propuesta teórica, identificada con la posmodernidad, le ha valido el reconocimiento mundial. Colaborador habitual en varios medios italianos y extranjeros, ha sido profesor en las universidades de Turín, Los Ángeles y Nueva York.

En Vocación y responsabilidad del filósofo, Vattimo divide la obra en tres partes:

1. Distinguir a la filosofía de las ciencias y de las humanidades

2. El concepto de verdad entendiendo al sujeto como posibilidad de diálogo

3. Finalmente, nos habla de las tensiones de la práctica filosófica contemporánea.

He aquí algunos extractos que muestran cómo Vattimo vive su vocación de filósofo:  Escribir en los periódicos les parece a los filósofos “tradicionales” un descrédito. Como es sabido, escribo en los periódicos. De hecho se empieza porque uno quiere ganar más, luego se continúa por motivos ideológicos, para autojustificarse, o porque se descubre que en última instancia no es algo despreciable. Pero, en definitiva, no creo que haya diferencia entre lo que yo hago cuando enseño en la universidad y lo que hago cuando escribo un artículo para un periódico. Normalmente hoy la presencia de los hombres de cultura en los medios se justifica por la estima social de que gozan gracias a su competencia científica.

Me siento específicamente autorizado a ejercer este oficio (llamado a veces despectivamente) de “opinador”, propiamente por mi profesión, y no indirectamente, por cuanto puedo ser un filósofo apreciado que debe su autoridad al buen trabajo llevado a cabo en su campo. Es muy importante, creo, subrayar este punto porque directamente tiene que ver con mi visión de la filosofía y con lo que se considera que deben hacer los filósofos.

Empecé a estudiar filosofía porque me sentía implicado en un proyecto de transformación del hombre, en un programa de emancipación. Es posible que esto se deba a mis orígenes proletarios: los proletarios no pueden creer en modificar realmente su propia vida si no modifican el mundo… Si se nace hijo de ricos abogados se puede decir sin esfuerzo moral: yo también quiero ser abogado. Pero uno que nace hijo de una madre viuda de un policía del sur está casi fatalmente inducido por la propia incomodidad social a proyectar una transformación radical. En todo caso, comencé a tomar conciencia de mí mismo cuando leía novelas de aventuras a los doce años.

La respuesta fue en ese momento muy simple: comencé de inmediato a imaginarme envuelto en una empresa de dimensiones histórico-emancipadoras, quería que venciera la república en 1946 y quería que venciera la Democracia Cristiana en el 48. Tenía diez o doce años, y no obstante me daba cuenta de que estaba en juego algo importante en la Italia de aquellos años. Creo que podía ser, ante todo, antes de la reconstrucción de la posguerra, el compromiso intensísimo de las conciencias religiosas con el proyecto político: la Democracia Cristiana era esto, en aquella época. Luego, naturalmente, se convirtió en otra cosa, pero en aquella época la relación estaba muy clara.

La vocación a hacer política como filósofo, a perseguir la emancipación como filósofo, a perseguir la emancipación como filósofo y no como político especialista y profesional, significaba para mí optar por una decisión en algún sentido más universal, esto es, más indirectamente comprometida, con menos resultados inmediatos de carácter político, legislativo, etcétera, pero más educativa.

En la opción de hacer política como filósofo interviene mucho la pedagogía, la idea de educar a la humanidad, de promover la transformación del hombre antes de la transformación de las estructuras. Perder el alma He crecido siempre cultivando la frase evangélica “si no pierdes tu alma, no la salvarás”. Me parece enfático decir “no vengo esta tarde, porque de esas cosas no me ocupo, no forman parte de mi vocación”: es como responder “usted no sabe quién soy yo”. No consigo nunca rechazar un compromiso sin sentirme mal: digo “no puedo” solo cuando tengo otro en aquel mismo momento, y por tanto me es imposible ir, pero no consigo nunca decir “no es mi vocación, no es mi especialidad, etcétera”.

Me parece siempre excesivamente egoísta, demasiado solemne, y en parte también ridículo. Simmel caracterizaba al filósofo como “aquel que posee el órgano de recepción y reacción para la totalidad del ser”: el hombre común está siempre orientado hacia algo concreto, escribía, mientras que el filósofo tiene “el sentido del conjunto de las cosas”. En este sentido sería necesario admitir que el especialismo en filosofía es en ciertas condiciones defectuoso desde el principio, y en el fondo a esto me refiero hablando de “perder el alma”.

Quien no hace filosofía es un hombre disminuido, un “despreciable mecánico”. Todo esfuerzo de ver con tolerancia las demás condiciones humanas me parece ligeramente hipócrita. Estoy convencido de que, en definitiva, nadie puede seriamente “especializarse” a menos que tenga presente la totalidad de la vida espiritual: esto es lo “filosófico” que hay en la vida de todos. Naturalmente, no pienso que mis amigos médicos, o químicos o ciclistas sean unos desgraciados, pero me pregunto en qué piensan quienes no se dedican a esta labor, cuando no están haciendo su trabajo. ¿Qué hace el comerciante de pollos cuando no comercia con pollos? A veces pienso que la importancia del eros en la vida de las personas está en el hecho de que llena exactamente esos vacíos que no llena el trabajo.

La filosofía es eso en lo que piensas cuando no tienes nada específico en qué pensar…En este sentido quizá hacer filosofía corresponde, más que a un talento o a una vocación, a un defecto; o mejor, a la enfatización e institucionalización de un defecto. La construcción de la universidad es política La vida de la mayor parte de la humanidad está espiritualmente satisfecha por la religión y el erotismo: se mueve entre la supervivencia del alma y supervivencia de la especie. En las aldeas donde la gente se muere de hambre, ¿qué sentido puede tener un problema de este tipo? A mí, en efecto, me espanta a veces la estrechez de horizontes en la que se mueven también mis reflexiones; yo mismo que predico “perder el alma” en realidad hablo sólo de mí y de aquellos que ejercen oficios análogos o diversos del mío: empleados estatales de otros departamentos, o bien profesionales o también obreros de la Fiat.

Pero el subproletariado, los pueblos primitivos, los hindúes sentados por las calles de Calcuta, ¿qué tendrán que ver con lo que estoy diciendo? Entonces y ante todo: estoy convencido de que cuando hago filosofía, hago un discurso que se refiere solo a un determinado trozo del mundo, nada más. Es verdad que la filosofía se propone legítima y obligadamente ser un discurso universal, pero solo en cuanto no puede serlo.

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Autor

Jesús Bastante

Escritor, periodista y maratoniano. Es subdirector de Religión Digital.

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