La Iglesia sigue enrocada en una especie de huída hacia delante

La renuncia de los otros

Se echa de menos en esta jerarquía una toma de conciencia de sus propios errores y sus motivos

Hubo otras muchas renuncias más importantes que antecedieron en el tiempo a la del sabio Papa Benedicto XVI.

(Juan Pablo Somiedo).-Que el Papa renuncie al ministerio petrino ha sido un hecho poco frecuente a lo largo de la historia y es un acontecimiento relevante a nivel mundial. Como consecuencia, los focos de atención periodísticos se posan en este hecho durante semanas. Pero esto no hace sino desviar la atención sobre otro hecho que es menos relevante pero mucho más importante. Me refiero a todos esos sacerdotes, religiosos, cristianos de base, y un largo etcétera que decidieron en su momento tomar una decisión parecida y se vieron obligados, forzados o no por la jerarquía eclesiástica, a abandonar una nave cuya navegación es cada vez más errática y que pretende atracar en puertos cada vez más lejanos del imaginario de la sociedad actual.

Hubo otras muchas renuncias más importantes que antecedieron en el tiempo a la del sabio Papa Benedicto XVI. La renuncia de los intelectuales, la renuncia de las mujeres, la renuncia de los jóvenes…La Iglesia ha encarado el siglo XXI con unos axiomas heredados del siglo XX, cuando no del XIX. Unos principios insostenibles ya para todas las instituciones. Todas, sin distinción, tratan de acercarse lo más posible al ciudadano porque saben que en eso se juegan su pervivencia. La Iglesia, en cambio, sigue enrocada, en una especie de huída hacia delante, pensando con ingenuidad que la torre es demasiado grande para caer o que vendrán tiempos más propicios para la nave de Pedro. Nada más lejos de la realidad. Las encuestas y todos los indicadores señalan otra cosa. Se echa de menos en esta jerarquía una toma de conciencia de sus propios errores y sus motivos. El argumento de que la culpa de todo la tiene una sociedad cada vez más alejada de Dios ya no tiene peso en una sociedad cada vez más avanzada y crítica con la labor de las instituciones en general y de la Iglesia en particular. No estaría mal, para variar, que todos hiciéramos el ejercicio de instrospección que ha realizado Benedicto XVI cuando ha presentado su renuncia. Pero esto, dentro de la jerarquía, es pedir peras al olmo.

Uno de estos indicadores lo constituyen, sin lugar a dudas, los respectivos seminarios diocesanos, que son el corazón de las diócesis. Los seminarios hace tiempo que están bajo mínimos tanto cuantitativa como cualitativamente, aunque, eso sí, hemos logrado tener el clero joven más ultraconservador de la historia. Un clero joven sin mentalidad crítica ni valor para hacer avanzar a la Iglesia por los caminos que le imponen los nuevos signos de los tiempos. Y con esos mimbres hay que hacer los cestos.

Si la Iglesia quiere mejorar, debe saber atraer a los mejores candidatos para el ministerio y esto pasa, indefectiblemente, por implementar cambios estructurales importantes. Alguien puede decir que no se necesitan los mejores candidatos, sino los que Dios quiere llamar. Dios mismo es quien capacita para la misión. Bien, totalmente de acuerdo. Pero como dice el sabio refranero castellano «a Dios rogando y con el mazo dando». Dios capacita pero tiene que haber base humana porque «quod natura non dat salamantica non praestat». Pero el problema es que en la actual tesitura los obispos no están en situación de seleccionar porque, sencillamente, no hay nada que seleccionar y así «si camina, corre o vuela, a la cazuela».

Pero hay más cosas que cambiar. Los obispos, debido a la escasez de sacerdotes, no quieren intelectuales o pensadores sino «curas de pueblo» (como si lo uno estuviera en contradicción con lo otro). Acuciados cada vez más por la urgencia de rellenar los «huecos» y ocupar las parroquias cada vez favorecen menos los estudios de sus sacerdotes. De igual forma los propios seminaristas cada vez se esfuerzan menos porque el ser bueno con los estudios o en tu labor pastoral no te garantiza reconocimiento cuando te ordenes. Es más, ni siquiera se toma en cuenta. No hay baremos de puntuación de méritos intelectuales, pastorales o espirituales. El destino pastoral del cura no depende ya de las famosas palabras «viendo las circunstancias que concurren», sino que va a depender exclusivamente del dedo del obispo, de las parroquias que queden vacantes y de que el seminarista haya mostrado los suficientes rasgos conservadores y gestos aduladores a la persona del prelado. O, en su defecto, de tener un buen padrino que mueva las fichas correctas. Y todo esto con el visto bueno del Vaticano, que ve, pero no mira o no quiere mirar.

Esto enlaza directamente con el contenido de otro de mis artículos: La falta de mecanismos de control perjudica a la Iglesia ¿Quién controla todos estos sucesivos dislates?. ¿Dónde están los mecanismos de control sobre la tarea de los obispos? ¿Lo hace el consejo episcopal?. ¿Lo hace el Vaticano? ¿De quién es la responsabilidad?. Así es muy fácil gobernar.

Esperemos que todo esto cambie. Esperemos que la Iglesia implemente los cambios necesarios para solucionar los dos escollos que han sido descritos en este artículo. De los sacerdotes depende el futuro de la Iglesia. Por el bien de la Iglesia debemos empezar a instaurar la meritocracia en lugar de mediocridad o, de lo contrario, no seremos creíbles. Nos irá mejor a todos en general y a la iglesia en particular.

Te puede interesar

Autor

Jesús Bastante

Escritor, periodista y maratoniano. Es subdirector de Religión Digital.

Recibe nuestras noticias en tu correo

Lo más leído