Bello, simple, y magnífico

Un empedrado de símbolos

El color blanco del helicóptero y el hecho de "ir al cielo" para salir

Todo me parece extraordinariamente sobrio, plásticamente elegante, gráfico y desde luego eficiente

(César Caro).- Ninguna persona viva ha visto jamás a un Papa renunciar. No disponíamos, en nuestro arsenal de sentimientos y de ideas, de registros a los que acogernos para saber cómo reaccionar. Ni siquiera el Vaticano, especialista en codificar ritos y tradiciones, sabía de qué manera expresar el hecho inédito de que un Papa deja de serlo por voluntad propia. Pero no es grave: los seres humanos necesitamos los símbolos para relacionarnos con la realidad y revelar nuestro mundo interior, y el genio del homo sapiens se puso a crear a todo trapo.

Lo fuimos viendo los días anteriores al momento del final anunciado: los zapatos rojos que ya no podrán volver a ser rojos, los sombreros y la esclavina que deben ir para siempre al guardarropa, la imagen de la silla vacía («sede vacante») en la cuenta de Twitter papal, la permanencia en el blanco de la sotana, como si conservara una esencia y ganara en sencillez…

Fueron detalles bonitos y algo pintorescos, con valor estético y por tanto mediáticos, de fácil conexión con la superficialidad que nos rodea. Por otro lado, había elementos que podían rescatarse, como el anillo del pescador, al que bastará con rayar para inutilizar sin que sea necesario destruirlo, perdido el miedo a la falsificación del lacre en la era de la impresora 3D.

¿Pero cómo escenificar que un pontificado termina… sin el aparato simbólico propio de la interposición de la muerte? Me atornillé a la tele aquella tarde del día 28, con los ojos rezumantes de curiosidad, y disfruté como un niño goloso del espectáculo. La hora exacta, el toque humano del personal apostólico despidiéndose del Papa saliente, las lágrimas del chófer (esperemos que no calculadas).

El color blanco del helicóptero y el hecho de «ir al cielo» para salir, sin vuelta atrás, sin los paliativos de continuidad que podría indicar un corto recorrido en coche. Un hombre que se marcha definitivamente, que depone su poder sagrado y pasa a una especie de otra dimensión, en la que guardará casi a regañadientes un cierto halo misterioso pero inoperante.

El discurso en el balcón del palacio de Castelgandolfo fue el de una persona, un «peregrino», sin rastro ya del cargo, sin referencia política alguna. Y luego lo de la puerta. Las 8 en punto y la coreografía de los dos guardias suizos antes de marcharse: son el ejército del Papa y aquí no hay ya Papa a quien servir. Los gritos de la gente, la puerta que se cierra. Y sanseacabó. Bello, simple, y magnífico.

Benedicto XVI sigue vivo, pero el contenido de su jubilación emulará a la muerte: se enterrará en un monasterio de clausura, elegirá el silencio y muy probablemente no lo volvamos a ver. Una desaparición física paralela a la definitiva, porque un Papa emérito no debe interferir en nada.

Todo me parece extraordinariamente sobrio, plásticamente elegante, gráfico y desde luego eficiente. Sigo fascinado por la habilidad pasmosa de los hombres para generar un empedrado de símbolos por los que transitar cuando no hay camino hecho, como ahora. Con los símbolos hacemos circular los sentimientos y compartimos las experiencias, pero al mismo tiempo los tenemos como muñidores de la realidad, nos sirven para forjar la cultura y no solo para manifestar sus matices. Espero que nos quedará vida para apreciar cómo todo este curiosísimo proceso sienta precendente.

 

Autor

José Manuel Vidal

Periodista y teólogo, es conocido por su labor de información sobre la Iglesia Católica. Dirige Religión Digital.

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