"Revisión de su moral tradicional y opción por los pobres"

Propuesta para una primavera en la Iglesia Católica

"Que renuncie al Estado y a su patrimonio y lo ceda a la Unesco"

Propuesta para una primavera en la Iglesia Católica
Primavera de la Iglesia

Más que una evangelización entendida como la búsqueda de conversos sumisos e ignorantes, debería manifestar el testimonio ejemplar del amor

(Francisco J. Fernández Vallina, Instituto de Ciencias de las Religiones)- Tras la renuncia al Pontificado de Benedicto XVI multitud de analistas tratan de indagar las claves que pudieran explicar de forma satisfactoria tan inusitada conducta y, sobre todo, qué vientos soplarán en el próximo futuro para una Institución, como la Iglesia Católica, que para muchos, por causas diversas y complejas, se presenta con un cierto hermetismo difícil de desentrañar.

Permítasenos huir de sofisticadas especulaciones sobre el análisis del Papado que ya ha concluido para otear el futuro y realizar una sucinta propuesta, que lógicamente requeriría mayores razonamientos que los que aquí pueden tener cabida, sobre lo que, a nuestro modesto juicio, debería constituir, como mínimo, una Hoja de Ruta para la Iglesia y, en consecuencia, sustentar el mayor acierto de las directrices que el nuevo Papa pudiera promover.

Nace tal intento del convencimiento de que nuestra sociedad, en la que se inserta una de las Instituciones de mayor permanencia en la historia y memoria colectivas, está comenzando a vivir un tiempo que Habermas calificó, hace ya algunos años, como «postsecular», precisamente a raíz del diálogo, inconcluso, que sostuviera con el entonces cardenal Ratzinger.

Tal calificación, objetada por algunos, nos otorga la virtualidad de asomarnos a un momento que no es el de un simple laicismo, pero tampoco, obviamente, el de un predominio confesional, sino el que viene marcado por la diversidad cultural, y por tanto también religiosa o secular, y, sin duda, por la creciente y compleja pluralidad social, en la que conviven, no sin tensiones, diversas formas de ser, habitar y transformar el mundo.

Para este tiempo con sus nuevos retos se muestran, a modo de interpelaciones, algunas cuestiones que creemos fundamentales y parecen exigir la respuesta más adecuada:

A. La relación entre Modernidad y Religión. La Iglesia Católica, a pesar de los esfuerzos del Concilio Vaticano II, en no escasa medida truncados en los dos últimos Papados, debe superar sus miedos y recelos, casi inveterados, sobre los valores que desde la Modernidad han propiciado el progreso del conocimiento humano y un desarrollo científico de la Humanidad sin precedentes, haciendo suyos sin reservas los fundamentos de la ética civil común que sostienen la igualdad de todos en la Declaración de los Derechos Humanos y en una aceptación activa de la Democracia y su mayor y mejor desarrollo en todos los países del mundo.

Deberá asumir como conquista irrenunciable del hombre su libertad de conciencia y expresión, lo que da lugar a sociedades plurales y complejas, así como la secularización inherente a la confianza en la razón humana, contribuyendo positivamente a un desarrollo creciente de la libertad y la justicia de ciudadanos y pueblos que alcance a toda la Humanidad, al tiempo que realiza su critica profética y ejemplar sobre cualquier atentado que desde esa Modernidad se pretenda contra la dignidad humana, o la degradación de su condición, o la instrumentalización de personas, colectivos o pueblos en beneficio de cualquier interés o poder ilegítimo moralmente.

En este tiempo post-secular podrá contribuir poderosamente a la búsqueda conjunta de la verdad, sin tratar de imponer como único y mejor su valioso «testimonio y depósito de sentido» (de nuevo en palabras de Habermas), que debe ofrecer con humildad y valentía a los hombres y mujeres que tienen diferentes visiones y creencias.

Tal posición debería alejarla de la tentación de ejercer cualquier forma de privilegio o impunidad respecto a las leyes legítimas de los estados democráticos de derecho y promover en su seno la libertad de investigación teológica e innovación eclesial, en el respeto a la riqueza de su fecunda tradición espiritual y moral, así como una revisión de su moral tradicional (responsabilidad personal de la mujer y del hombre, sexualidad, etc..) desde el espíritu evangélico y no desde su lectura fundamentalista o literal y en el más escrupuloso respeto al derecho a la dignidad y a la conciencia responsable de cada persona.

B. La radicalidad del mensaje evangélico: amor y perdón. Más que una evangelización entendida como la búsqueda de conversos sumisos e ignorantes, debería manifestar el testimonio ejemplar, en su mensaje y sobre todo en su conducta, del mandato del amor al otro en cuanto tal (como explicaba Levinás) y del perdón, poniéndose al lado de las víctimas de cualquier injusticia e indignidad, muy especialmente promoviendo la denuncia e intolerancia con quienes de los suyos atenten a la dignidad del ser humano, especialmente de los más débiles e indefensos, encabezando el compromiso activo de llevarlos ante la justicia civil legitimada.

Igualmente tendría que ejercer la denuncia evangélica de cualquier abuso o ataque a la dignidad de las personas, especialmente las que se encuentren en situaciones, lugares o contextos materiales o culturales de mayor indefensión.

C. La opción por los pobres. Debería ofrecer al mundo, igualmente de modo profético, las exigentes interpelaciones de las Bienaventuranzas, lo que debería llevarla a la opción por los pobres, por los que sufren debilidades estructurales y personales, por los necesitados o carentes de las condiciones de su propia dignidad, despojándose de cualquier poder o riqueza que cuestione su propia credibilidad.

Así, lo mejor de la Doctrina Social de la Iglesia podría aglutinar la deslegitimación de poderes económicos o políticos injustos, impunes e inservibles y contribuir, con otros creyentes y no creyentes, a construir una utopía referencial para un progreso solidario entre todos y sostenible con los bienes de la naturaleza.

D. El protagonismo del pueblo creyente. Deberá promover la confianza y el compromiso con el pueblo de Dios, que tendría que pasar a ser el sujeto activo que legitimara de modo riguroso y seguro los diversos ministerios que la Iglesia precisa, eligiendo a hombres y mujeres de formación contrastada y ejemplaridad moral.

Ello exigiría un nuevo modo de hacer y servir de todos los creyentes católicos, que naciera de una Asamblea conjunta del pueblo fiel, sacerdotes y obispos como ámbito que puede marcar el rumbo interno de la Iglesia.

E. La renuncia progresiva al Estado Vaticano y la nueva gobernanza de la Iglesia. Debería buscarse el compromiso progresivo, pero manifestado inmediatamente, de la renuncia de la Iglesia a un Estado propio y la instauración de una estructura de gobierno y administración eficaz, articulada sobre la participación de laicos y consagrados desde una concepción de servicio y sin ánimo de lucro.

Sin perjuicio de las necesidades litúrgicas y pastorales, podría ponerse la parte más valiosa del impresionante patrimonio arquitectónico y artístico de la Iglesia bajo la tutela de la Unesco para que pueda servir a la educación y disfrute de todos.

F. La igualdad ministerial de la mujer y su nuevo papel. La aceptación siempre gozosa de la igualdad del hombre y la mujer, que se extrae además de la exégesis de los mejores textos bíblicos y la experiencia de la modernidad debiera justificar el reconocimiento solemne por la Iglesia Católica del inalienable derecho de la mujer a los diversos ministerios en idénticas condiciones que el varón.

No cabe esperar menos desde la coherencia del mensaje evangélico, desde el testimonio de tantas mujeres comprometidas, monjas y seglares, y su inmenso trabajo por la dignidad inalienable y la irrenunciable igualdad de todos, como muestra además la experiencia de la comparación con las confesiones hermanas. La realización de este derecho supondrá además una fuente inagotable de nueva riqueza humana y energía espiritual.

G. La eliminación del celibato obligatorio del sacerdocio secular. El admirable carisma individual del celibato optativo se unió arbitrariamente, en un periodo histórico tardío, desde una muy discutible disciplina eclesiástica, al ministerio sacerdotal, sin sustento de una teología sería, valorada por muchos Padres de la Iglesia, creando además un desgarro humano injustificable.

La Iglesia debiera caminar con confianza, seriedad y sin reservas a la eliminación del celibato obligado en todos sus ministerios seculares y muy especialmente en el de sacerdotes y obispos, solucionando además una quiebra injustificada con la Modernidad, con el resto de la mayoría de confesiones cristianas y con la dramática ausencia actual de candidatos a los diversos ministerios. Igualmente, podrían ensayarse, con el rigor necesario, nuevas formas en la vida conventual, que podrían hacer compatibles carismas diversos, que enriquecerían la consagración de muchas personas al inmenso patrimonio espiritual que la vida contemplativa atesora.

H. La incorporación plena de la universalidad católica. Esta fecunda seña de identidad, tan poderosa internamente, como admirada por otras confesiones y el propio mundo laico, debería apostar por una inculturación sin reservas de la Iglesia en los diversos pueblos, continentes, tradiciones y expresiones culturales, sobre la base de una fe compartida entre todos.

I. Fomento de la interculturalidad y valoración de la pluralidad religiosa y de creencias en un nuevo modelo de Ecumenismo. Tal pretensión fomentará el compromiso con las demás religiones y confesiones en una ética común, compatible también con muchos no creyentes, que promueva prioritaria y radicalmente la Paz mundial, la justicia social y el repudio de la violencia.

J. La renuncia de los privilegios en la educación, la entrega a los servicios sociales de los más necesitados, el apoyo a la ciencia, a los intelectuales y a los creadores culturales. En el primer caso debería ordenar toda su capacidad educativa, en todos los niveles de la enseñanza, al servicio de todos, sin ninguna discriminación étnica o sociocultural, dando prioridad a los hijos de las familias más pobres o necesitadas y sin buscar o permitir el ánimo de lucro en todas sus instituciones. Cooperará con los Estados para satisfacer las necesidades educativas de todos los ciudadanos sin privilegio alguno.

Igual debe ser la finalidad de todas sus actividades sociales, siguiendo la senda de sus más ejemplares testimonios, procurando no sólo la ayuda urgente o concreta, sino la promoción, con los poderes públicos democráticos, de las medidas estructurales que garanticen la dignidad y las capacidades (como bien explican Martha Nussbaum y Amartya Sen) de hombres y mujeres.

Finalmente, debería sustentar, desde su identidad espiritual, con una formación más exigente a sus ministros, la fecundidad del conocimiento científico, la libertad intelectual y las múltiples formas de cultura en la que se expresan con honestidad los artistas contemporáneos, junto con la preservación de los patrimonios de todos los pueblos sin ninguna imposición o privilegio etnocentrista.

No cabe duda que la Hoja de Ruta señalada no resultará fácil y exige una valentía especial, que confíe en la voluntad de muchos y en una fortaleza espiritual especial. Pero creo sinceramente que la figura de Jesús, el mandato evangélico y la exigencia honesta de muchísimos hombres y mujeres demandan en esta hora del mundo una transformación radical que tenga como espejo la conducta ejemplar de la comunidad cristiana primitiva, expresada, según Tertuliano, en aquel célebre dicho: «mirad cómo se aman», y que propició una esperanza de libertad y justicia aún hoy fuente de una interpelación personal y colectiva para un singular compromiso vital.

Autor

José Manuel Vidal

Periodista y teólogo, es conocido por su labor de información sobre la Iglesia Católica. Dirige Religión Digital.

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