"En lugar de desear pidiendo, deseemos deseando",

«Más allá de la oración de petición»

"Rompamos la rutina de las frases hechas de nuestra mente"

"Más allá de la oración de petición"
Oración de petición

(Andrés Torres Queiruga)- Veo que teólogos amigos renuevan aquí la pregunta acerca de la oración de petición. El problema tiene tal importancia y ejerce un influjo tan grande en la imagen que nos hacemos -y que anunciamos- de Dios, que me animo a contribuir también al diálogo. Es un tema que me preocupa hondamente. No polemizo con mis amigos -Pikaza y Espeja-, pero quiero manifestar mi opinión distinta; por eso reproduzco un artículo escrito antes. (Lo presento en la forma abreviada que publicó Selecciones de Teología y que he mantenido también, por claridad, en mi Libro reciente Alguien así es el Dios en quien yo creo, Trotta 2013).

Sólo pediría -entre nosotros, sí, es necesaria la petición- que la lectura se fijase en dos aspectos: 1) que lo que se discute no es la oración, sino tan sólo de un modo de orar; y 2) que los argumentos son teológicos, desde ese Dios de amor infinito e iniciativa absoluta, que es quien llama y convoca, quien «está a la puerta y llama». Lo digo porque respecto de 1) la defensa de la petición suele hacerse desde valores que pertenecen a la oración como tal, y que la petición no sólo no niega sino que, al contrario, mantiene y purifica. Y respecto de 2) suele verse el rechazo de la petición como autosuficiencia humana (cuando es exactamente lo contrario: dejarnos rogar y convencer por Dios) o apoyada en consideraciones de determinismo o indeterminismo físico (cuando se trata únicamente de confesar que Dios está haciendo todo lo que de Él depende y de intentar responder a su llamada para colaborar con su amor siempre activo, que «no duerme ni dormita» vigilando a favor de nuestro bien).

Cómo estamos todavía bajo el terrible impacto del accidente en Santiago de Compostela, rogaría que considerásemos, despacio, en serio y situándonos expresamente ante el Dios-Abbá anunciado y vivido por Jesús, lo implicado en oraciones típicas de petición: ¿Pedirle a Él, el compasivo y misericordioso, que tenga compasión de las víctimas? ¿Rogarle que evite estas catástrofes, lo que objetivamente implicaría o bien que no creemos de verdad en lo que decimos o bien que, si lo creemos y Él no lo hace, es culpable, al menos por omisión? Aquí asoma ciertamente el terrible problema del mal, sobre el que sería también preciso hablar con mucho más cuidado teológico, si no queremos anunciar un Dios sin amor o poder de salvar.

INTRODUCCIÓN NECESARIA

El problema y la intención

Ante una exposición del tema de la oración de petición se producen dos reacciones. Por un lado, cuando se expone la visión del Dios cristiano como amor entregado sin reservas, que no quiere ni permite el mal, aparece siempre alguien que concluye: entonces no es necesario pedirle nada a Dios, puesto que nos lo está dando todo. Por el otro lado, la reacción es opuesta cuando el tema es presentado por sí mismo de modo aislado: entonces decir que no se cree necesaria la oración de petición suscita irritación o agresividad. Puede tomar la dirección personal del que se siente cuestionado y aun agredido en algo muy íntimo, o la doctrinal del que cree amenazado el núcleo de la experiencia cristiana o de la misma fe en Dios.

Ante la reacción doctrinal, el diálogo va a resultar muy difícil, si no imposible. Se da por supuesto que se sabe ya lo que piensa y quiere decir exactamente quien hace esa afirmación y se supone también que parte de las objeciones típicas contra la oración: que Dios es inmutable, que no se interesa por nosotros, que las leyes físicas… En la personal, que está descalificando la conducta de los que piden, que cuestiona tanto la tradición como las claras afirmaciones de la Biblia al respecto. De ahí que la reacción global sea defender la doctrina objetiva y preservar la propia vida religiosa. Pero se comprende también que ni los motivos son éstos ni esa la intención.

Ante todo se trata de una postura teológica. Sus motivos nacen justamente de la reflexión sobre la experiencia del Dios de Jesús y tratan de asegurar su coherencia. Lo que importa es acoger a Dios tal como él se nos revela y preservar la originalidad de su amor, aunque esto suponga romper evidencias y quebrar rutinas psicológicas. Por eso, aunque de entrada pueda parecer que se dice lo mismo que en las típicas objeciones «filosóficas», en realidad se dice todo lo contrario.

Es obvio que no se trata de «juzgar» conductas ni menos de «descalificarlas». Lo único que se busca es afinar la experiencia de la oración y ayudar a una más rica e intensa vida religiosa, conservar lo mejor de lo anterior y enriquecerlo. En este sentido, cuestionar la «oración de petición» quiere ser sólo un medio de proteger y fomentar la «oración» como tal, de la que aquella es sólo una modalidad muy concreta. No se trata de orar menos, sino más y mejor.

En ningún momento se pretende tampoco negar los valores reales ni los méritos históricos de la oración de petición. Ha dejado monumentos admirables de piedad personal y colectiva y sigue siendo vehículo de hondas experiencias religiosas. Quizá ha llegado la hora de mejorar el vehículo, conservando sus valores y evitando las disfunciones que creemos haber descubierto.

Un cambio necesario

Los hombres y mujeres actuales no somos mejores o superiores que nuestros antepasados, sino que estamos en un momento histórico distinto, de un cambio cultural profundo. Y esto no es una opción voluntaria: es algo que está ahí y nos desafía.

Empezando por una constatación prácticamente universal en la vida misma de los creyentes que ha alcanzado intensidad y madurez: la oración de petición, por un lado, reduce cada vez más su espacio, pasando de las necesidades «materiales» a las «espirituales»; y, por otro, va cediendo ante otras modalidades: acogida, alabanza, acción de gracias… En segundo lugar, está el hecho de una creciente crítica filosófica, que se agudizó en la modernidad, pero que venía ya desde muy antiguo.

Que nuestra reflexión quiera ser teológica, con motivos y conclusiones diferentes de los de la crítica filosófica, no significa que la deje de lado. Una teología de la oración que no deje cuestionar su coherencia por la crítica filosófica y no aproveche la riqueza de sus razones, se empobrece a sí misma y acaba generando una «mala conciencia» a base de justificaciones artificiosas y forzadas, fatales para la misma fe.

Que se produzca una cierta resistencia instintiva, no debe extrañar. Sucede cuando hay un cambio de paradigma: aparecen resistencias instintivas; mucho más, cuando se tocan resortes emotivos y vitales muy profundos, como en la oración. Se acude a remiendos que modifican para no cambiar. Así se calma la angustia, pero se retrasa la solución. Una de las responsabilidades más urgentes y fundamentales de la fe hoy radica justamente en actualizar la comprensión de la fe, haciéndola significativa y vivible para los hombres y mujeres de hoy.

El proceso expositivo

En este caso tiene importancia el curso concreto de la exposición. Caben varias posibilidades. La primera podría ser empezar por el testimonio bíblico. En el otro extremo, cabría partir de las objeciones modernas contra la oración de petición. No seguiremos la segunda, porque plantearía la discusión desde una perspectiva «externa», que deformaría lo más decisivo de nuestra intención, que se dirige justamente a reflexionar desde la entraña misma de la oración cristiana. Tampoco seguiremos la primera, porque haciéndolo así se da por supuesto que ya sabemos lo que dice la Biblia al respecto, cuando en realidad lo que intentamos es averiguarlo más allá de la superficie literal. Justamente uno de los esfuerzos importantes de este artículo consistirá en intentar comprender qué significa de fondo la llamada -repetida e innegable- de Jesús a la petición. Lo único que hemos de hacer es interpretarla con el instrumental hermenéutico actual.

El proceso de exposición intenta ser más orgánico. Parte de lo más central: la figura de Dios que se nos revela en Cristo y del tipo de relación -de Dios con nosotros y de nosotros con Dios- que de ella se deriva. Desde este núcleo, leeremos los dichos de Jesús sobre la concreta oración de petición e intentaremos comprenderlos a esa nueva luz: no imponiéndoles un nuevo significado, pero tampoco dando por supuesto que ya conocemos el que deben tener para nosotros hoy.

Como paso intermedio, se analizarán también las razones por las que, aun supuesta esa imagen cristiana de Dios, muchos siguen opinando que la oración de petición representa un modo coherente y adecuado de relación con él. De paso, y en lo posible, se harán las alusiones imprescindibles a las objeciones nacidas dentro de la sensibilidad moderna.

MÁS ALLÁ DE LA ORACIÓN DE PETICIÓN

¿Tiene sentido «pedir» a un Dios que es amor ya siempre entregado?

Del Dios a quien se reza depende el modo como se le reza. Por eso todo innovador religioso y todo maestro espiritual ha introducido un modo peculiar de oración. Los mismos discípulos de Jesús le pidan que les enseñe a orar «como Juan» enseñó a los suyos (Lc 11,1).

La pregunta del presente subtítulo quiere marcar desde el comienzo su carácter teológico. Interroga desde la plenitud positiva de Dios y no desde las típicas objeciones a las que de ordinario atiende la defensa de la oración de petición. No parte ni de la objeción psicológica del posible egoísmo humano o del intento de manipular a Dios, ni de la ético-sociológica de que sería una dimisión de la propia responsabilidad, ni de la filosófico-teológica de un Dios impersonal o de una total e intangible autonomía humana. Mira hacia el Dios cuyo rostro se fue configurando en la larga experiencia bíblica hasta culminar en el Dios de Jesús de Nazaret. Ante ese Dios, que es Abbá, es decir, padre que ama sin límite y perdona sin condición, que «cuando todavía éramos pecadores» (Rm 5,8) nos entregó a su Hijo, que nos lo ha dado todo y sigue siempre presente y operante en el mundo y en la vida (Jn 5,17)… ¿tiene sentido la petición?

Se subraya la dirección expresamente teocéntrica de la pregunta: la solución podrá ser más o menos acertada, la intención se dirige a que nuestra oración responda a lo que Dios es y quiere ser para nosotros; la preocupación consiste en respetar del mejor modo posible la irrestricta generosidad de su amor y la exquisita delicadeza de su oferta. En definitiva, se trata de ejercer consciente y respetuosamente nuestra relación de creaturas necesitadas de salvación, acomodándonos al modo en que el Creador realiza su entrega salvadora.

Algo cuya profundidad y trascendencia se confirma en cuanto meditamos un poco el trasfondo ontológico implicado en la presentación que de Dios hace la tradición que culmina en Jesús. Desde el Abbá evangélico vemos al Creador como el que ha hecho al hombre por amor, y sólo por amor (no precisamente «para servirle», expresión que evoca lo que dice el poema babilónico de la creación: Marduk creó al hombre para que los dioses «puedan reposar»). Lo crea y lo sostiene continuamente en el ser, con la única y exclusiva preocupación de hacerle avanzar, apoyándole en su esfuerzo por una realización lo más plena y humana posible.

Todo nuestro ser está perennemente amasado por su dinamismo amoroso, que se manifiesta y encarna en el impulso vital, en el deseo del bien, en el ansia de fraternidad y plenitud. Ese impulso en lo que tiene de empuje hacia la realización personal y social respeta la libertad humana y se ejerce como ofrecimiento gratuito. Esta libertad, por su parte, es una libertad finita, jamás plenamente dueña de sí misma, continuamente lastrada por la inercia y asediada por el instinto. Dios, que nos ha creado y «sabe de qué masa estamos hechos», se vuelca sobre nosotros, aplicando todo su ser, que «es amor» (1 Jn 4,8.16), para ayudarnos, potenciarnos, dinamizarnos. De tal suerte que vivir auténticamente es acoger su dinamismo realizador y salvador, ser es «dejarse ser» por él, actuar es aceptar y «consentir».

Vivir «desde Dios», ése es el gran descubrimiento de toda experiencia religiosa auténtica. De la cristiana lo es, si cabe, con mayor razón, dado su carácter personal e histórico. «Nadie puede acercarse a mí si el Padre que me envió no tira de él», dice el Jesús joánico (Jn 6,44); y «ya no vivo yo, vive en mí Cristo» (Gál 2,20). Ese es, por tanto, el más genuino y definitivo programa de vida: abrirse a Dios, dejarse trabajar por la fuerza salvadora de su gracia. No «conquistarlo», sino dejarse conquistar por él; no «convencerlo», sino dejarnos convencer… no «rogarle», sino dejarnos rogar. ¿No va por ahí la misteriosa y fascinante sugerencia del Apocalipsis: «Mira que estoy a la puerta llamando: si uno me oye y me abre, entraré en su casa y cenaremos juntos»? (Ap 3,20)

Toda oración, para ser auténtica, tiene que insertarse en este movimiento fundamental. Movimiento en sí obvio, pero a contracorriente del imaginario habitual y de las formulaciones espontáneas que lo ocultan y desvían, aparece en los momentos vivos o en las experiencias más lúcidas e intensas. Entonces se hace patente «la paradoja de la oración» (Tillich). Comentando Rm 8,26-27, afirma Tillich: «La esencia de la oración es el acto de Dios que está trabajando en nosotros y eleva todo nuestro ser hacia él. El modo como sucede es llamado por Pablo ‘gemidos’. Gemido es una expresión de la flaqueza de nuestra existencia creatural. Sólo en términos de gemidos sin palabras podemos acercarnos a Dios, e incluso estos suspiros son su obra en nosotros».

En el fondo, todos lo sabemos o presentimos, y por eso toda oración, hecha con espíritu sincero, lo supone y lo busca. Esa es la razón por la que muchos se desconciertan y se sienten ofendidos e irritados cuando se les dice que su oración de petición no es coherente con el Dios revelado en Jesús: ponen el acento en el «su», en la intención subjetiva con que oran (que es genuina y auténtica); pero no ven que la crítica acentúa el «de petición», es decir, analiza y quiere corregir la estructura objetiva de las fórmulas que expresan (distorsionándola) aquella intención.

Esto será todavía más fácil verlo si ponemos al descubierto el esquema imaginativo que subtiende a la petición. El «desde Dios» originario está recubierto por imágenes opuestas, de gran fuerza, porque apenas son conscientes y se dan por obvias desde la infancia: no Dios en nosotros y en la realidad, volcado, sustentándonos desde dentro con todo su amor siempre en acto; sino nosotros acá y Dios allá, que nos observa, instruye, manda, juzga, nos ayuda enviándonos de vez en cuando algún auxilio… Hay que dirigirse a él, llamarle para que venga, pedirle que intervenga, acaso ofreciéndole algún don o haciendo algún sacrificio… Honestamente, resulta muy difícil negar que ese es el esquema subyacente y activo en la mayoría de las oraciones de petición y que objetivamente está implicado en todas. En este «estar objetivamente en todas» vamos a insistir.

Los inconvenientes de la oración de petición

La presente insistencia no obedece a un capricho gramatical o a un elitismo teológico. Se trata de algo mucho más grave. No sólo del «honor» de Dios, del respeto que nos merece su imagen y de la exquisita fidelidad con que debemos intentar acoger el modo de su presencia amorosa. La estructura objetiva de las palabras tiene por sí misma un influjo grave, más allá de la voluntad del que las pronuncia. Este influjo puede ser paliado pero no eliminado a fuerza de intención subjetiva.

Pedir algo a alguien implica dos supuestos fundamentales: informarle -caso de que no lo sepa- de una necesidad o deseo y tratar de convencerlo para que actúe (lo cual implica también que se cree que puede hacerlo). En el caso de Dios, es obvio que el primer supuesto carece de objeto: lo conoce todo. El peso cae en el segundo supuesto: lograr que Dios se decida a hacer algo porque nosotros se lo pedimos.

Para avanzar, pongamos un ejemplo acaso un poco brutal, pero que puede escucharse cualquier domingo en cualquier iglesia: «Para que en Etiopía no pasen hambre / Señor, escucha y ten piedad». ¿Qué se está implicando ahí? Lo que se dice implica que los orantes toman la iniciativa: conocen la necesidad y se compadecen de ella. Y hay alguien que puede remediarla, pero o bien no la ha advertido todavía o bien no está muy dispuesto a usar su poder; entonces ellos se aplican a moverlo para que por fin ayude. La respuesta comunitaria, en su tenor objetivo, no sólo confirma esto, sino que lo agudiza con la reduplicación insistente: «escucha»: atiende, advierte… y «ten piedad»; es decir: no sigas indiferente, sé compasivo de una vez…

Los atenuantes subjetivos no podrán nunca borrar lo dicho en lo que se dice. No es sano para nosotros ni honesto para con Dios mantener ese tipo de fórmulas. Porque la lógica más elemental concluye que si después de eso en Etiopía sigue habiendo hambre, es porque Dios ni ha escuchado ni ha tenido piedad. Encima nosotros ya hemos hecho lo nuestro, o al menos parte de lo nuestro, con lo cual podemos quedar tranquilos y justificados (aparte de que toda la semántica objetiva del gesto está enunciando subliminalmente que nosotros somos mejores que Dios).

Hoy, con la aportación del estructuralismo en filosofía y después de lo que sabemos acerca de las técnicas publicitarias, no cabe ignorar la tremenda eficacia de estos procesos ni tomar a la ligera un hecho tan grave. El valor de las palabras en sí mismas, su poder configurador de la psicología, su contacto con las raíces mismas del espíritu son demasiado grandes; y cuanto más se medita en ello, más se percibe su influjo incontrolable. Ignorarlo podría resultar, en muchos aspectos, suicida.

Hoy, roto el respeto a lo religioso establecido, sobra quien se encarga de proclamar y repetir estas críticas. Sólo acogiendo esas críticas en lo que tienen de justificado y mostrando la profunda coherencia de una oración fiel a la experiencia cristiana, será posible ofrecer a los demás su enorme riqueza (y, de paso, evitar tal vez una sorda mala conciencia propia).

Las dificultades filosófico-teológicas

No hemos mencionado la posible acusación de «magia», del todo injustificada, puesto que la oración de petición establece una relación estrictamente personal y dialógica con Dios. Ni hemos insistido en el reproche de «antropomorfismo», por la misma razón: lo personal no tiene por qué ser antropomórfico (aunque, como en todo lo referido a Dios, haya que mantener siempre la alerta crítica). Pero eludir esas objeciones no significa que sea lícito descuidar la llamada a la vigilancia que continuamente nos llega desde la reflexión filosófica; aparte, claro está, de aprovechar positivamente sus sugerencias.

En concreto, existe un punto fundamental en el que la preocupación filosófica coincide con la teológica: el modo de concebir la acción de Dios. El respeto a su trascendencia, el cuidado de no reducirlo a cosa entre las cosas o factor entre los factores del mundo, el interés por evitar una concepción «intervencionista», en la que Dios estaría continuamente interfiriendo en la marcha de la naturaleza y de la historia… todo eso es algo sobre lo que la filosofía ha alertado, pero que también preocupa «desde dentro».

Esta preocupación no tiene por qué caminar en dirección al deísmo del Dios «relojero perfecto» que, puesta en marcha la máquina, se desinteresa y la deja a su aire. Al contrario, nace de una conciencia mucho más viva de la presencia siempre activa del Dios que crea y sustenta, que promueve continuamente el dinamismo de la realidad y cuyo amor está solicitando la libre acogida de nuestra libertad. Aquí la acción es permanente, pero el intervencionismo no tiene cabida; la libertad está equipada, acompañada y animada, pero todo queda entregado a su responsabilidad en el respeto de su autonomía.

Esto supone un vuelco muy radical en nuestras concepciones. «Por tanto, si lo que sucede es que antiguamente se creía que Dios intervenía, al menos en algunos casos determinados, de una manera puntual y espaciotemporal en instantes concretos de la marcha del universo, entonces verdaderamente ha tenido lugar una transformación enorme de mentalidad en el paso de épocas anteriores a la nuestra, una transformación que (…) ciertamente todavía no se ha llegado a imponer hasta las últimas consecuencias (…) y, precisamente por ello, nos está creando grandes dificultades» (Rahner).

Ese «llegar hasta las últimas consecuencias» encuentra resistencias espontáneas a ser aplicado a la petición, porque no se hace expreso y temático el cambio de paradigma. Hay un temor elemental e irreflejo a que con la petición se pierda la oración como tal. El mismo Rahner hace a continuación equilibrios para salvarla de alguna manera. Algo parecido sucede con la siguiente cita de H. Schaller, que plantea admirablemente la cuestión: «Entendido así, Dios no necesita ni ser motivado para dar ni movido a ello. (…) Dios no necesita intervenir, sino ser acogido: él ya está en medio de su mundo, al cual no abandona a sí mismo y a su destino, y espera poder habitar también en el corazón del hombre. La oración de petición -‘¡Que venga tu Reino!’- es la valentía por la que el hombre se abre a la cercanía de Dios y la deja actuar a través de su vida».

Una aplicación importante y un buen ejercicio para la lógica de tal consecuencia tiene lugar en el problema del mal: éste es inherente a la realidad finita, la cual incluye ya siempre en sí el apoyo, el sustento y la ayuda de Dios; de suerte que el mal no es algo que él mande o «permita», sino precisamente lo que él no quiere y contra lo que está ya luchando a nuestro lado. Lo cual, a su vez, está indicando que tampoco desde este punto de vista tiene sentido la petición: el problema no está en conseguir que Dios ayude, puesto que su ayuda está ya entregada en total generosidad; lo que cumple es creer en ella, agradecerla y acogerla -como Jesús- en la opción de combatir el mal en todas sus formas.

Estas indicaciones son dolorosamente telegráficas y se limitan a insinuar la dirección por donde ha de plantearse tan grave problema. Pero se intuye lo que pretenden decir. Piénsese en lo que se convertiría el mundo, si cada vez que hay una catástrofe, una desgracia o una necesidad, se rogase a Dios y él interviniese para arreglarlo: el mundo acabaría convertido en una marioneta y la libertad humana reducida a mera palabra vacía. Para no hablar del absurdo religioso a que tal intervencionismo llevaría. Pongamos un ejemplo caricaturesco: si en una sala de hospital hay tres enfermos terminales, pero Dios se decide a curar a uno de ellos porque tiene una madre devota que ha hecho una novena, ¿qué tendrían derecho a pensar los otros dos, y qué padre de todos sería un dios que se comportase de tal modo?

LA DEFENSA DE LA ORACIÓN DE PETICIÓN

Hasta aquí el razonamiento ha funcionado sobre una abstracción que sin duda algún lector habrá sentido con rudeza y en ocasiones con irritación: el lenguaje es más que eso, no se reduce a lógica objetiva de sus proposiciones, tiene otras dimensiones de cuya riqueza vive justamente la oración de petición. Ahora es preciso hacer justicia a esas dimensiones.

Necesidad antropológica y valores expresivos

Cuando alguien pide algo a Dios, no siempre está en primer plano la intención de «convencerle» ni la de «informarle». Y muchas veces ni siquiera se espera que las cosas vayan a cambiar. Se trata de un desahogo, de una búsqueda de contacto con Dios, de proclamar su amor y de agradecer su amparo y su grandeza. Desconocer esto sería estar ciego y carecer de la mínima sensibilidad para percibir las enormes riquezas de piedad auténtica y de honda experiencia religiosa que durante siglos y aun milenios se han expresado y alimentado a través de esos modos de oración.

A nivel reflexivo esto se ha tematizado hablando de la necesidad antropológica de la petición y de lo indispensable que es, por lo mismo, ejercerla ante el Dios vivo y salvador, que quiere una relación siempre personal con nosotros. Hasta el punto de que se suele argumentar que el abandono de la petición lleva a una concepción impersonalista de Dios, convirtiendo la oración en un mero «diálogo consigo mismo». En un segundo nivel reflexivo, cabe argüir todavía que la oración de petición se ejerce desde la dimensión expresiva del lenguaje, lo cual implica que por un lado, esa dimensión justifica los usos que acabamos de reseñar y, por otro, que es ilegítimo intentar suspenderla desde el análisis de las otras dimensiones.

Como esta distinción permite centrar con rigor y claridad el diálogo, vale la pena tomarla como guía. Aunque caben otras distinciones, para nuestro propósito basta la clásica división tripartita de K. Bühler. Según él, en toda manifestación lingüística están siempre presentes tres dimensiones: 1) la representativa o expositiva, que informa de algo; 2) la expresiva, que manifiesta la intimidad y la intención del hablante; y 3) la apelativa o de llamada, que intenta provocar alguna reacción en el oyente. Se visualiza muy bien su significado pensando respectivamente en los distintos énfasis de alguien que enuncia un teorema matemático, recita una poesía o imparte una orden. Mientras lo principal en un teorema es su rigor lógico, en una poesía lo es el mundo interior del poeta y en una orden, su capacidad de influir la conducta del que la recibe.

Si la petición se centra en el carácter expresivo de sus enunciados, los análisis anteriores serían injustos con su intención y por lo tanto, falsas sus conclusiones. Y, en efecto, esta circunstancia es la que sostiene vitalmente y hace realizable psicológicamente la oración de petición.

Pero la pregunta es si ese énfasis es correcto y si sus costos no resultan demasiado elevados. Las dimensiones no son separables: el énfasis puede recaer en una de ellas, pero las otras dos están también necesariamente presentes: el más abstracto teorema modifica la mente y la conducta de los alumnos, y la más íntima poesía dice algo acerca del mundo. Aun reconociendo un espacio a la libertad y una flexibilidad en el uso, la combinación no puede ser arbitraria y no debe llevar a la contradicción.

Tanto la relación real entre los interlocutores como la estructura objetiva del lenguaje implican un marco de referencia que no se puede articular según el arbitrio subjetivo: a un superior no se le da una orden ni se expresa el cariño con un insulto. La oración no puede escapar de estas leyes. También ella ha de dar cuenta de la relación interpersonal en que se realiza y ha de ser coherente en sus proposiciones. Ha de serlo de modo crítico y a la altura de su tiempo, de suerte que pueda convertirse en una oferta con sentido para los contemporáneos.

Todos los razonamientos anteriores deben enmarcarse ahora en el contexto más amplio de las tres dimensiones de toda expresión lingüística. Y no por ello quedan anulados, puesto que sigue siendo válido su supuesto fundamental: el lenguaje de la oración debe también -y en teología hay que decir principalmente- tener en cuenta la relación de los participantes en el diálogo. Al Dios que lo sabe todo no tiene sentido informarle (dimensión expositiva) y al que lo está dando todo no tiene sentido pedirle (dimensión apelativa).

La importancia de la otra dimensión (la expresiva) puede exigir su lugar y buscar un equilibrio, pero no puede romper el marco. Mucho más, si tiene costos que pueden ser graves: la súplica continua -por el efecto inevitable de su dimensión expositiva- está introyectando en el inconsciente y proclamando en el ambiente la imagen de un Dios que no hace lo que le pedimos, en definitiva porque no quiere (porque no «escucha» ni «tiene piedad»), o que lo hace para unos sí y para otros no; y está alimentando en nuestro interior un tipo de relación en el que somos nosotros los que tomamos la iniciativa y tratamos de convencer a Dios para que se compadezca de los necesitados y se decida a ayudarlos (estructuralmente estamos diciendo que nosotros somos mejores que él).

Si por la calle escucho una conversación adolescente entreverada de blasfemias, no voy a ser tan ingenuo que piense que esos muchachos quieren ofender a Dios (dimensión apelativa) o decir que Dios es malo (dimensión expositiva); lo que prima es la dimensión expresiva: rebeldía, autoafirmación, desafío, refuerzo de lo que se dice… Pero reconocer esto ¿significa que doy por correcta la expresión y que no me da pena el daño que están generando en su sensibilidad y la contaminación que producen en el ambiente? Si pudiera trataría de hacerles ver que podrían expresar lo mismo con un lenguaje adecuado, ganando en sensibilidad y sin pagar los costos de esa inadecuación.

Si son acertados los análisis precedentes, los valores expresivos de la oración de petición no bastan para justificarla. Más aún, sin negar sus beneficios, sin juzgar las intenciones y aun reconociendo su carácter psicológicamente inevitable para muchos, e incluso sin desconocer lo descomunal que resultaría una revisión de todo el acervo devoto y litúrgico de la petición tradicional, se impone la necesidad de corregir la situación. Y habrá que hacerlo en un difícil equilibrio: por un lado, están el proceso pedagógico, el ritmo de cada persona y el exquisito respeto a cada situación; por otro, el no caer en la trampa de los aplazamientos indefinidos ni en la estrategia enervante de las «mil cualificaciones» que dicen pero no dicen y que cambian sin cambiar.

«Expresar» en lugar de «pedir»

Queda la grave cuestión de los valores tradicional y biográficamente asociados a la petición: hay mucha vida asociada a fórmulas muy queridas, hay la experiencia de encuentros profundos con Dios, de confesión de la indigencia propia y del confiado acudir al Señor. Puede producirse la sensación de un despojo violento, de una violación de la intimidad, de una pérdida irreparable en las raíces mismas del ser religioso. ¿Cómo conservar y preservar todo eso?

En sí misma la respuesta es sencilla y directa: conservándolo, trayendo todo eso directamente a la palabra. No negar nada a la dimensión expresiva sin que invada a las demás. Si queremos expresar nuestra indigencia, expresémosla. Si queremos manifestar nuestra compasión y nuestra preocupación por los que tienen hambre, manifestémosla. Si necesitamos quejarnos de la dureza de la vida, quejémonos. Llamemos a las cosas y a los sentimientos por su nombre. Estamos acostumbrados a quejarnos pidiendo, tenemos que aprender a quejarnos quejándonos.

Obsérvese que en todo lo anterior no interviene el verbo «pedir». Nada se pierde, puesto que se ha dicho todo. Pero se ha ganado mucho, puesto que se evita instrumentalizar el nombre de Dios, con connotaciones que objetivamente lo ofenden a él y subjetivamente nos dañan a nosotros. Si se trata del hambre en Etiopía, nuestra oración hablará de solidaridad, de deseo de soluciones, de unirnos tomando alguna iniciativa posible; al mentar a Dios, lo hará para reconocer que él es el primero en estar preocupado, que nuestro deseo es mero reflejo de su actividad en nuestro espíritu, que queremos abrirnos a su llamada y dejarnos mover por su iniciativa; al ir a la vida, no tendremos la sensación de que ya se lo hemos dejado encomendado al Señor y que por lo tanto -inconscientemente- podemos desentendernos, sino de que él, que nos acompaña, lo está encomendando a nuestra responsabilidad… De ese modo no sólo no hemos dejado de expresar nada, sino que lo hemos hecho de modo más consciente, expreso y diferenciado (hasta en el mismo vocabulario); no sólo no hemos dejado en el aire supuestos injustos para con el amor de Dios, sino que hemos proclamado su grandeza; no hemos declinado nuestra responsabilidad, sino que la hemos avivado y cargado de esperanza.

De entrada este cambio puede resultar doloroso y difícil. Puede paralizarse el lenguaje y parecer que uno se queda sin oración: hábitos largamente cultivados quedan al aire y sin sentido, al tiempo que faltan las palabras para decir otra cosa. Se puede llegar a la sensación de que ya ni siquiera tiene objeto acudir a Dios para nada. Es sin duda una dura ascesis.

Pero vale la pena. No hay nada de lo que antes se expresaba como petición que no pueda expresarse ahora, y mejor, en su sentido exacto y correcto. Faltarán las fórmulas, pero se descubrirá cuánto tópico y rutina, cuánta frase huera e injusta puebla nuestra oración. La imagen de Dios se hará más consciente e iremos educándonos en el respeto a su diferencia, en el sentimiento de su trascendencia. Ejercitaremos nuestra fe en su presencia, aun cuando no la vemos o nos parece sentir su ausencia. Cultivaremos mejor todas las dimensiones de la oración: alabanza, acción de gracias, confianza, bendición…

Pero… ¿qué queda entonces de la Biblia y de las palabras de Jesús invitando a la petición, y de toda la acumulación tradicional de oraciones cargadas de ruegos, súplicas y peticiones?

JESÚS Y LA ORACIÓN DE PETICIÓN

El hecho es masivo e innegable y la cuestión sólo puede ser la de su significado: si se impone una lectura literal o es posible -y a la postre, provechoso y necesario- conservar su intención a través de nuevos modos de orar.

La letra y la intención

Tal cuestión no es ociosa ni, por supuesto, arbitraria. Y su presencia es constante en la misma tradición, justo cuando ésta se plantea de modo explícito lo peculiar de la relación con Dios. Santo Tomás lo expresa de forma concentrada y exacta: «Debemos rezar no para informar a Dios de nuestras necesidades o deseos, sino para que nosotros mismos nos percatemos de que en estas cosas necesitamos recurrir a la asistencia divina». Y añade: «La oración no es ofrecida a Dios para cambiarle a él, sino para excitar en nosotros la confianza de pedir. La cual se excita principalmente considerando su amor para con nosotros, por el que quiere nuestro bien».

No es indispensable una lectura lineal de los textos bíblicos, sino que cabe buscar una intención no tan literal. En el AT resulta obvio por su carácter de camino hacia el NT: nadie puede, por ejemplo, tomar como normativas las imprecaciones contra los enemigos y el exclusivismo intolerante que marca tantas páginas en otros aspectos admirables. De ahí que, incluso por brevedad, interesa concentrarse en la doctrina y en la actitud de Jesús de Nazaret.

Al hacerlo, saltan siempre desde el primer momento textos claros y expresivos: «pedid y recibiréis» Mt 7,7; cf. Lc 11,9; Jn 16,24); «todo cuanto pidáis con fe en la oración, lo recibiréis» (Mt 21,22; cf. Mc 11,24; Jn 14,13-14; 15,7.16; 16,23-26). O se recuerdan peticiones del propio Jesús: «Padre, si es posible, pase de mí este cáliz» (Mt 26,39; Mc 14,36; Lc 22,42).

Parece que no tienen vuelta de hoja interpretativa. Pero ya la primera sorpresa se produce cuando se quieren citar más textos. Existen, pero de ordinario ya no hablan de «pedir» sino de «orar», y aunque bastantes veces se conserva el sentido de pedir, no deja de ser una buena advertencia.

Una segunda observación se ofrece también con evidencia: en realidad, nadie puede tomar a la letra textos como, por ejemplo, «pedid y recibiréis». ¿Se trata de una verdad en el sentido literal y espontáneo con que se ofrece el texto? Como hace ya bastante tiempo hizo notar C. S. Lewis, la experiencia es más bien la contraria: la confianza despertada por esas palabras se ve casi siempre frustrada. Uno siente lo extraño de las cuestiones que surgen en cuanto eso se quiere tomar «en serio». No sin cierta ironía recuerda Karl Rahner que «se ha preguntado si la ‘eficacia’ de una oración de petición acerca de bienes temporales es demostrable empíricamente, por ejemplo, si el tiempo en el sur del Tirol, con sus campesinos piadosos y sus procesiones por el campo y sus bendiciones del tiempo, sería distinto en el caso de que se trasplantasen allí campesinos tibetanos, que no rezarían así».

Pero cuando, con buen sentido, se abandona este camino y se intenta «explicar» que no es «eso», que se trata de otro género y otro modo de eficacia, la interpretación ha dejado de ser literal, para buscar la intención genuina. Los recursos son entonces de todo tipo: la oración se cumple siempre, pero sólo si lo que pedimos nos conviene, si es espiritual, si supone identificar nuestra voluntad con la de Dios… Hoy estos recursos producen la irremediable impresión de «amaños» para salir del paso, de suerte que al final no dicen ya lo que decían al principio, no convencen y acaban irritando. Lo cual no es bueno ni para la fe ni para la piedad. Resulta mucho más sano reconocer que se ha producido un cambio de paradigma y que lo correcto es hacer sin más otra lectura, más natural y perfectamente respetuosa con el texto.

Lo fundamental es la confianza

La oración bíblica es mucho más que petición. Alabanza, admiración, acción de gracias, confianza y entrega tienen una presencia no menos masiva y de mayores quilates religiosos. En Jesús esto es evidente. Empezando por el dato elemental de que pasaba noches en oración: nadie en circunstancias ordinarias se retira a orar toda la noche, si no es desde un espíritu contemplativo, asombrado ante Dios y dejándose invadir por él. Cosa que se confirma cuando atendemos a la experiencia central que configura su vida: la del Abbá, que alude a la confianza gozosa, a la identificación total, al entregado vivir desde el Padre. El «himno de júbilo» (Mt 11,25-26; Lc 10,21) constituye un buen atisbo de lo que podía ser su oración.

Cuando los discípulos le piden que les enseñe a orar, él los introduce en su misma actitud: «cuando oréis, decid: Abba» (Lc 11,2). Una llamada a la misma confianza total, que tiñe toda la oración, le da el tono y le confiere su significado profundo. La primera parte del padrenuestro no es de «petición», sino de deseo ardiente y de apertura a la acogida de la iniciativa divina. Pero la segunda parte, que tiene forma de petición, está ya determinada por esta atmósfera de dejarlo todo en manos de Dios. Por otra parte, la primera y más típica «petición», la del pan, es objeto expreso de una llamada del mismo Jesús, que indica que lo importante no es pedir, sino confiar: «No andéis preocupados por vuestra vida, qué comeréis… ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso» (Mt 6, 25-34; Lc 12,22-31). En cuanto a la petición de perdón, ya queda indicado cómo también ahí lo primero es el perdón de Dios -«cuando todavía éramos pecadores…»- y lo nuestro es acogerlo. Hasta el punto de que ofrecer el perdón como don, previo a la misma conversión, constituye un rasgo específico y «escandaloso» del anuncio de Jesús, que provocó «una tormenta de indignación», ya que «contradecía todas las reglas de piedad de aquella época» (J. Jeremias).

Con la visión así alertada, una vuelta a los textos permite verlos a una nueva luz, haciéndolos mucho más vivientes y expresivos. La llamada a la oración por parte de Jesús es en los diversos contextos siempre y fundamentalmente llamada a la confianza.

En Mateo, con redacción dirigida a la comunidad creyente, se insiste en evitar la «palabrería», «como los gentiles, pues creen que por su locuacidad serán escuchados» (Mt 6,7). La conclusión va en la dirección contraria y, en el fondo, mina las bases de cualquier petición tomada en sentido literal: «No os asemejéis a ellos, pues sabe vuestro Padre de qué tenéis necesidad antes de pedirle vosotros» (6,8). En este contexto siguen el padrenuestro, la exhortación a no preocuparse por la comida ni el vestido (6,25-34) y el «pedid y se os dará» (7,7-11). Esta última perícopa, que culmina todo, se concentra ya expresa y exclusivamente en la confianza, con toda la energía del contraste: «Si, pues vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que le pidan» (7,11).

En Lucas, que se dirige a los que vienen de fuera, el énfasis es idéntico. Empieza con el padrenuestro, para continuarlo, como ilustración evidente, con la parábola del amigo importuno (11,5-8). Se trata de uno de los lugares clásicos que se aducen siempre para justificar la petición. Se da por supuesto que esta parábola, junto con la del juez inicuo (18,1-8), constituye una exhortación de Jesús a pedir con insistencia.

Hoy se admite casi de modo unánime que no es esa la intención original, dirigida una vez más a la confianza. Como ha demostrado J. Jeremias, el sentido dado por Jesús mismo a estas parábolas no es el de exhortar «a la petición perseverante» (énfasis secundario, introducido por Lucas). Se trata, en uno y otro caso, de parábolas «de contraste», en las que lo decisivo es la confianza cierta en que somos escuchados, basada justamente en el inaudito «mucho más» de la bondad y el amor de Dios frente a todo lo pensable e imaginable: si resulta inconcebible que un amigo falte de ese modo a la hospitalidad y si incluso un juez inicuo acaba haciendo caso, «¡cuánto más Dios!».

En Marcos el tema no está tan ampliamente tratado. Sin embargo, aporta una frase que en su atormentada gramática es todo un síntoma de la peculiar tensión del lenguaje de Jesús en este punto: «Por eso os digo: todo cuanto oréis y pidáis, creed que lo habéis recibido y os sucederá» (Mc 11,24). En todo caso, soportando la tensión entre futuro y pasado, no cabe duda de que aquí se exhorta a «una confianza sin límites» (G. Lohfink), la cual aparece una vez más como lo fundamental en la intención de Jesús.

No se está diciendo que Jesús no haya hablado de «petición». Se trata de hacer ver algo más importante: que la punta no está ahí, que lo que últimamente le interesa es la llamada a la confianza plena en Dios, en el Abbá. Eso es lo que importa mantener a toda costa. Y para mantenerlo no es precisa la petición. Más todavía: cuando se renuncia a ella, no sólo es posible conservar todos los valores que tradicionalmente sus fórmulas han vehiculado, sino que, por una parte, se los libera de peligrosas connotaciones objetivas (que actúan más allá y aun a pesar de la intención subjetiva del orante) y, por otra, se abre un nuevo y fecundo horizonte.

LA PETICIÓN TRASCENDIDA Y ASUMIDA

Cuando se ha entrado en el nuevo paradigma, el panorama se clarifica. Se comprende en seguida que la mayor parte de los razonamientos están subtendidos por un resto, ni siquiera consciente, de «positivismo de la revelación»: como «está escrito», hay que defenderlo a toda costa, aun al precio del artificio lógico y de la inconsecuencia íntima.

Una nueva coherencia

Un ejemplo claro es el de H. Urs von Balthasar en su Theodramatik. Empieza con un apartado magnífico, donde muestra cómo nuestro ser es todo él un «agradecido recibirse de Dios», con la conclusión de que «nuestro agradecido recibirnos debe transformarse en la tendencia a configurar nuestra vida como una palabra de acción de gracias».

Leída a esta luz, la Escritura no pierde nada de su coherencia profunda, y además deja ver la infinita riqueza de sus matices y la inacabable sugerencia de las experiencias en ella reflejadas. Superada la barrera del positivismo, toda esa riqueza puede ser aprovechada sin necesidad de artificios interpretativos y con la libertad del que va a lo esencial.

Y creo que puede afirmarse la realidad de un fenómeno importante: este nuevo estilo está ya en el ambiente. La idea encuentra eco inmediato en cuanto es presentada con sensibilidad, porque muchas personas ven reflejada en ella su experiencia más íntima o captan que alguien está expresando una intuición que ellas percibían ya oscuramente.

En segundo lugar, cambia la actitud frente a la reflexión filosófica sobre este problema. El haber hecho consciente la diferencia teológica del propio planteamiento, apoyado en lo específico de la experiencia cristiana, permite acoger las críticas sin temor a falsear la imagen de Dios; pero también purificar las falsas representaciones y aprovechar la aportación positiva. Cabe así, por ejemplo, leer la famosa «Observación general» de Kant sin asumir su concepción abstracta de Dios ni su falta de carácter auténticamente dialógico; pero también sin renunciar a aprender de su respeto por la autonomía humana, de su compromiso ético y de su fina observación acerca del «espíritu de oración», de claro abolengo paulino. O cabe recoger la sugerencia de H. Bergson, cuando habla de la experiencia religiosa más dinámica y genuina como de un identificarse con «el amor de Dios hacia su obra». O la de E. Husserl, que habla de Dios como «entelequia» última que lo dinamiza todo hacia su realización plena en el bien. O la de F. Schleiermacher: uno puede dejarse llevar por la fuerza de su planteamiento, que ve la oración como la disposición radical a identificarse con la actitud de Jesús, con la conciencia de la Iglesia y con el dinamismo expansivo del Reino de Dios hasta irnos acercando a hacer que nuestra oración sea verdaderamente «en nombre de Cristo».

En tercer lugar, enriquece y clarifica la oración en sí misma. Este debiera ser ahora el objeto de un desarrollo detallado, con sus consecuencias y su modelo concreto. No puede ser desarrollado aquí, y acaso sea bueno así, pues el planteamiento, respondiendo a una nueva sensibilidad, debe hacer todavía su camino y sus experimentos. Contentémonos con unas indicaciones.

Empecemos por la coherencia misma de la conciencia cristiana actual. A pesar de las defensas teóricas, es claro que no sólo la experiencia individual (que tiende a ir dejando la oración de petición para sustituirla por la alabanza, la acogida o la acción de gracias), sino también la colectiva están avanzando por nuevos caminos. Hoy es muy raro y chocante hacer rogativas por la lluvia; y son muchos los que no piden siquiera por una curación, no digamos por un determinado éxito material. Con todo, en el típico proceso de abandonar lentamente las posiciones acogiéndose a pequeños refugios intermedios, la petición todavía pervive en situaciones menos controlables: como, con ironía sutil dice J.P. Jossua: «ya no se rezará por la lluvia, sino por la paz». O, más sutilmente todavía, la petición acudirá al último recurso: «pedir a Dios que seamos capaces de…», «que dé fuerzas para…». Líbreme Dios de ironizar sobre este punto, pues esas frases suponen un recurso pedagógico profundo, que a todos nos ha ayudado. Ahora bien, la secuencia de los recursos -cada vez más sutiles, pero estructuralmente idénticos- indica por sí misma que un paradigma se está rompiendo y que lo mejor es reconocerlo y avanzar decididos hacia la nueva situación.

Una nueva riqueza

Porque el hacerlo no sólo acerca un poco más la oración a la verdad integral de la «existencia cristiana», sino que logra algo más importante: libera para el reconocimiento de su riqueza y para el ejercicio de todas sus formas, así como para el aprovechamiento de su enorme potencialidad educativa.

Educativa acerca de la verdad de Dios, en primer lugar. No tanto porque dejamos de usarlo como instrumento para nuestros huecos, cuanto porque nos ponemos en mejor disposición de creer en su amor «increíble».

Cuando cortamos el flujo de la petición, nos obligamos a ser conscientes de que nuestro ser está ya siempre acompañado por Dios, dinamizado, liberado para la tarea propiamente humana: no se trata de «pedirle» que nos ayude, sino de creer en su ayuda ya real, pese a toda posible oscuridad, y de abrirnos a su impulso en la responsabilidad adulta del que sabe que ya todo está entregado a su libertad (que, sin embargo, no está sola…). Es una nueva versión del etsi Deus non daretur (como si no hubiera Dios); pero añadiría que no únicamente «sin Dios y ante Dios» (D. Bonhoeffer), sino también «desde Dios», conjuntando el «esfuerzo de la ética» y el «consuelo de la religión» (P. Ricoeur).

La oración es también educativa respecto de nuestro propio ser. Éste es remitido a su esencia más radical: no un humanismo prometeico, sino ese modo de ser que es «más que un humanismo», en cuanto que piensa al hombre en la cercanía de Dios, como su «casa» y su «pastor»: como su «imagen», su «re-presentante» y «encarnación» viva, para decirlo bíblicamente.

Concretando un poco más, acaso ayuden dos observaciones. La primera es que el lenguaje del deseo puede operar de «convertidor» excelente. Casi todo lo que se lleva ante Dios como petición es en realidad deseo: como indigencia propia o como ansia de que la salud y fraternidad de su Reino se extiendan de verdad en el mundo. Pues bien, en lugar de «desear pidiendo», «deseemos deseando», expresando de modo concreto el deseo, pero ahora orientándolo en su justa dirección. Lo cual significa, por un lado, dirigir la mirada hacia el Dios que está trabajando ya en esa dirección, suscitando nuestro mismo deseo; y, por otro, encauzar nuestro psiquismo hacia la fe confiada en esa presencia activa, tratando de bendecirla, acogerla y transformarla en compromiso liberador.

La segunda observación es más bien una aplicación concreta. Supongo que, como yo, muchos han sufrido con los chistes burdos y las ironías fáciles y superficiales a propósito de Dios en la Guerra del Golfo: ¿»Dios» o «Alá»? ¿Pedir que ganen los «cristianos» o los «musulmanes»? Pongamos más seriamente la cuestión, extremándola para hacerla más realista: ¿podían rezar de verdad al mismo tiempo Sadam Hussein y George Bush? La cuestión no es ociosa, porque no sólo ha sido (o ha podido ser) dolorosamente real, sino que de siempre ha constituido un lugar clásico para plantear el problema de la oración de petición: ¿tiene sentido que los dos bandos opuestos pidan la victoria al mismo Dios?

El absurdo y lo grotesco están aquí a la vuelta de la esquina. Y mientras no se abandone la petición, no veo muy bien cómo puedan ser esquivados. Pero sería muy grave que en la ambigüedad trágica de esa situación límite el hombre no pudiese dirigirse a Dios. El problema empieza a aclararse si en vez de petición hablamos de oración. Entonces sí, dos personas verdaderamente religiosas -abandonemos ahora los personajes reales al misterio de su conciencia personal- pueden orar a (su) Dios desde el fondo del corazón.

Porque entonces ya no le «pedirán» a él, sino que «se dejarán pedir» por él. Es decir, reconocerán que la situación es ya contraria al amor de Dios, a sus planes y a su acción en el corazón de todos por instaurar la paz entre los hombres; que él, no nosotros, es el primero en querer la mejor solución y que son las circunstancias y sobre todo nuestro egoísmo los que se le oponen; reconocerán que también ellos están incursos en esa oposición y tratarán de dejarse aleccionar, acallando el egoísmo, los deseos de venganza, la prepotencia…; tomarán conciencia de que, a pesar de todo, Dios está con ellos «empujándoles» hacia la mejor solución, tratando de iluminarles, ayudándolos cuanto puede; intentarán descubrir por donde va ese camino de Dios, recurriendo a la Escritura, escuchando el corazón, examinando la situación, dialogando con expertos…; finalmente, sin estar nunca seguros de poder decir que su decisión es la de Dios, aunque tratando de que coincida con ella y confiando en que, a pesar de todo, Dios está acompañándoles, asumirán su responsabilidad: que puede ser el acuerdo, el aplazamiento o la tragedia del conflicto…

El ejemplo es escabroso y no sé en qué medida las indicaciones son mínimamente acertadas. Sólo tratan de hacer ver de alguna manera que una postura religiosa auténtica, aun hecha desde credos distintos, permitiría a Bush y a Saddam -al Bush y al Saddam «ideales»- orar de verdad, respetando la trascendencia de Dios y confesando su amor, al tiempo que educarían ellos su propio interior para obrar del mejor modo posible.

Una apuesta abierta

En todo caso, el ejemplo visualiza una vez más que no es fácil orar así. Exige una reconversión que puede resultar penosa, y a veces el precio inicial parece muy fuerte: desconcierto en la oración, necesidad de recomponer el propio mundo interior desde raíces muy íntimas y muy queridas. Puede producir la impresión de entrar en una marejada donde todo anda revuelto y las fórmulas están por encontrar, hasta llegar al vértigo de sentir la amenaza de «quedarse sin Dios». Conozco gente, teólogos incluidos, que iniciado el camino, lo han abandonado. Y he experimentado una resistencia muy extendida a estas ideas.

Con todo, creo que no sólo es necesario afrontar directamente el problema, sino que hoy estamos ya en condiciones de hacerlo. De hecho, también hay gente que ha dado el paso, y, superado el desconcierto inicial, reconoce agradecida y aun entusiasmada el nuevo espacio que se abre así al espíritu -al Espíritu-, espacio que se traduce en la disolución real de las sospechas sobre la oración, en una vivencia más personalizada (rota la rutina de las mil frases hechas de que está poblada nuestra mente) y sobre todo más atenta a la originalidad de Dios en nuestra vida y a la increíble gratuidad de su amor.

En todo caso, estas ideas son un ofrecimiento al diálogo y una búsqueda de intercambio de experiencias. Desde luego, este trabajo sólo tiene sentido como intento de comunicar algo que creo que puede ayudar a una vida de oración más crítica, rica y actualizada.

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Autor

José Manuel Vidal

Periodista y teólogo, es conocido por su labor de información sobre la Iglesia Católica. Dirige Religión Digital.

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