Sobre la obra de José Manuel Gamero Gil

«Anhelo: Horizonte, búsqueda y eternidad»

"El espíritu es el que sostiene a la persona y le da asiento"

"Anhelo: Horizonte, búsqueda y eternidad"
Cartel de la muestra "Anhelo"

Anhelar es abrirse a la búsqueda de un horizonte para caminar, de una inquietud para vivir, de un cimiento para apoyarse, de un lugar para identificarse, de mares para navegar

(José Moreno Losada)- A modo de carta de presentación, lo primero que quiero resaltar es que he sido honorificado con la generosidad de José Manuel Gamero Gil, quien me ha considerado digno para este ministerio de poner palabras a su obra expuesta. Obra que sólo puede entenderse como lo que es, como obra del espíritu, tal y como lo confirma él cuando confiesa que «la creación artística guarda bastante de esta profundización interna, ya que el artista busca en lo más profundo de su ser ese yo que es el que saca a través de su propia obra.

Es por esto que la obra de arte guarda ese sentido de representación espiritual y no solo mental y física…» Si yo tuviera que definir la obra de este autor, que tan bellamente se manifiesta y se presenta en la exposición y su catálogo, lo haría con la gracia que me ha dado el conocer al autor antes que a su factura creativa y artística; o, más bien, de conocerlo integralmente, sabiendo de su persona a la vez que ha ido obrando. Normalmente, conocemos la obra y, desde ahí, nace la inquietud y el deseo de conocer al autor. Pero, desde mi horizonte, la búsqueda del paisaje me ha llevado a encontrarme con una persona que, con cada escenario que dibuja, me acerca un retazo de eternidad.

EL AUTOR

Mi experiencia viene de encontrarme con el autor en el camino de la búsqueda del espíritu y de conocerlo compartiendo camino, al mismo tiempo que iba expresando y diciendo su soñar e ilusión en su quehacer artístico, en su obra creada. José Manuel ha sido -y es- en su vida, anhelo constante, buscador incansable del sentido en una permanente huida programada para poder, despojándose de sí, adentrarse en el absoluto, en la verdad y en la luz. Enemigo de la seguridad que aquieta y adormece, su anhelo le hace buscar lo humano y, lienzo a lienzo, desea reencontrarse con lo profundo del hombre, de la historia y de la naturaleza. Para ello, busca los límites y las posibilidades, la plataforma desde donde, siendo criatura, aspira a lo infinito y se muestra deseoso de horizontes que no tienen mesura, sino desbordamiento sobre la propia realidad, hecha atalaya del ser.

Su trascendencia la encuentra en los jirones de la realidad, en la construcción de la familia y sus cimientos; en la fe diaria de los que sostienen y construyen lo anónimo del mundo haciendo la historia de la vida, en aquellos que piensan, sueñan y saben hacer lírica de lo cotidiano iluminado. Sin salirse del guión, busca en el dolor, la frustración, el desencanto y la agonía de un mundo que quiere ser, por amor a sí mismo, otro mundo, otra vida. De este modo, Gamero -en su obra- se hace místico, profeta, pregonero, pregunta, atisbo, ternura… y, sobre todo, humano y esperanza, grito convertido en himno al espíritu, a quien busca para unificar la obra de la creación que nunca debió romperse ni desgajarse de su unidad, belleza y bondad.

Entrar en esta exposición requiere, si queremos estar a tono con su creador, hacernos criaturas y abrirnos a la contemplación, dejando que sea el espíritu, con la mística y el ritmo que él quiera, quien se nos dé en cada trazo, color, figura, línea, palabra, gesto y rostro; para que, aun siendo figurado y simbólico, en cada uno de nosotros, los visitantes -hermanos en la búsqueda y en la sed del espíritu-, se haga real y podamos sentirnos parte de este mundo de ideas, entre luces y sombras, con sentimientos de vidas que están haciéndose y que no quieren aquietarse porque somos hijos vivos de la inquietud .

LA EXPOSICIÓN

Claves transversales para contemplar la exposición en su totalidad y cada obra en particular:

La obra de Gamero Gil se ha centrado en la propia persona, en su búsqueda interior, representado por su propio cuerpo en actitud de meditación, y en la mayoría de los casos rodeado de la propia naturaleza: una naturaleza o espacio que puede ser real o idílico, pero que nos ayuda a centrar a la persona con los pies en la tierra, sobre algo físico.

En algunas de las representaciones, la persona está colocada sobre un volumen que será la forma física que concibe para presentar su propio espíritu, el cual saca de su interior para hacerlo tangible. Este espíritu es el que sostiene a la persona, el que le da asiento y le coloca sobre el suelo. Pero lejos de ser siempre equilibrado, puede que se nos presente como caótico y desequilibrado, ya que procura representar diferentes representaciones del mismo.
El anhelo de lo espiritual también lo ha representado en algunas de las obras, al igual que la búsqueda del camino o la desorientación en la propia búsqueda, llegando a presentarse momentos de desorientación, caos o desequilibrio.
Presenta al hombre en su pequeñez ante el mundo interior, haciendo así más evidente lo grandioso de esa parte que está ahí y que, en la mayoría de los casos, desconocemos.

Todo este discernimiento en su obra, según él mismo confiesa, viene marcado por las ideas platónicas de la representación del mundo interior por el mito de la caverna, y donde él también intentaba dar forma a esa vida interior por medio de algo físico.

EL ESPÍRITU Y LA MÍSTICA

Y, ahora, ante la petición del autor, llega el momento de desvelarme y de confesar, con pobres y sentidas palabras -¡cuánto me gustaría que fueran bellas y profundas para estar a tono con el artista!-, lo que sugiere en mí esta obra expuesta.

En la obra de este hermano, amigo y artista veo el espíritu de una humanidad que, heurísticamente, se despierta y ya no resiste, ni aguanta, la quietud de lo viejo que impide el nacimiento de lo nuevo, lo libre y lo creativo. Siento el espíritu que grita -a veces, en medio del desierto- que algo nuevo está brotando, y que nos lanza la pregunta, profética e ilusionante, ante ciegos que van a ver… ¿no lo notáis?

Dios es un sueño de los hombres y los hombres un sueño de Dios. ¿Por qué no? En el sueño somos gestados y en el sueño nos despedimos para ser siempre lo que fuimos en la esfera de un futuro esperanzado; futuro que se abre rompiéndose en el horizonte del absoluto. Nada queda agarrado en la historia de lo humano y, sin embargo, todo puede ser vivido en el anhelo de la vida, el deseo y el espíritu de la eternidad.

Anhelar es abrirse a la búsqueda de un horizonte para caminar, de una inquietud para vivir, de un cimiento para apoyarse, de un lugar para identificarse, de mares para navegar, de un camino para ir, de una vejez para arribar a la otra orilla. Permanecer es morir; pero salir, andar, caminar en búsqueda inquieta de quien quiere ser y hacerse, eso es vivir. El proceso es imparable, y la humanidad, cansada de permanecer, se siente agonizante. Así, en cada uno de sus suspiros, anhela volver a la fuente del agua de la vida, al espíritu, a la creación inquietante de un amanecer que anuncia las albricias de lo verdaderamente humano y que escapa de la institucionalización de lo normado en el mercado del tiempo, porque abre espacios de libertad creativa y creadora, porque todo está por hacer en el camino de la eternidad. No debemos, no podemos renunciar al anhelo del absoluto, porque solo en él podremos descansar con este corazón inquieto que nos golpea y empuja al nuevo día, al apocalíptico octavo, donde todo se hará nuevo, porque el primer mundo ha pasado y el mar ya no existe.
El camino es infinito, pero la huella es cercana y hogareña. Desde esta perspectiva, nos acogen en la vida con sentido y el amor se nos hace horizonte cálido y cimiento único. Nosotros hemos sido amados y nadie nos podrá arrebatar el principio y fundamento de lo que somos en el amado y en el amante. Todo es amor, y lo que no lo es no es de ningún modo, queda en pura apariencia y tiene sus días contados en el regreso sin futuro ni esperanza; y aunque hoy se lleve los aplausos de un éxito carnavalesco que no tiene verdad ni fondo, porque cae como la casa sin cimientos cuando el viento, que sopla en la mañana de la vida, sólo quiere acariciarla, sin maldad alguna, sólo para que se haga más grande, cercana y hogareña en la dificultad.

Son y se hacen camino los amantes de lo humano, los que fueron para los otros y, en la trascendencia, nos abrieron el rostro de lo totalmente otro, de lo inabarcable, de aquél horizonte cuyo camino no tiene límites, sino luz y señales hacia el infinito, en líneas que no pueden acabar porque la ternura y la compasión no tienen fin ni acabamiento, siempre crean. Pasará la fe, incluso la esperanza, pero nunca lo harán el amor, la ternura, la compasión, la caricia…
Inquietud viva, horizonte abierto… ¡sin ti no soy nada! Como el sarmiento arrojado de la vid, como el trillo en la era abandonado, como la noria que acabó fija sin dar vueltas, como la no amada… Inquietud, sin ti no somos nada. Pero eres un sin vivir, no podemos abarcarte, necesitamos dejarnos abrazar por ti y nos da miedo, aun cuando la muerte nos amenaza si tú te vas. Los jóvenes gritan en las plazas que otro mundo es posible y, en su fondo, estás tú despertando, llamándonos al centro del pueblo, a lo más alto de la tierra y del horizonte, para que reivindiquemos la fuente de la vida, la que de modo inquieto nunca deja de manar. Sí, allí estás tú, inquieta, inmortal, imperecedera, aunque nosotros hayamos perdido, entre los matorrales de lo falso y de las prisas, la vereda que llevaba a la fuente de los que nos dieron la vida, la vereda de la verdad que se encuentra caminando, aun en la vejez, sin perder las raíces y abriéndose en la altura de un cielo y en la inmensidad de los mares. En la vereda y en el camino se esconde la respuesta; éstas, con luz, nos guían al paraíso de lo auténtico y de lo original y, del mismo modo, nos iluminan a lo singular de lo divino en lo humano y de lo humano en lo divino.

Entremos en el disfrute del místico iluminado y dejemos que la luz, la idea y las buenas noticias de lo humano y de la esperanza, del verdadero anhelo del absoluto, nos contagien y nos seduzcan en la obra y el espíritu de quién se dejó hacer creador, siendo criatura.

Autor

José Manuel Vidal

Periodista y teólogo, es conocido por su labor de información sobre la Iglesia Católica. Dirige Religión Digital.

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