Las respuestas valen en la medida en que suscitan nuevas preguntas

Neuroteología: ¿creemos según nuesto cerebro?

Alguna neurona complicada provoca en nosotros esa necesidad de ser únicos en el mundo: es nuestro problema

Es más que probable que en la Tierra, dentro de muchos millones de años, vivan seres no humanos mucho más inteligentes o “espirituales” que nosotros (y que Buda o Jesús de Nazaret…)

(José Arregi).- Leo que científicos británicos han creado un «androide», un robot capaz de pensar, y me quedo pensativo, imaginando con cierta confusión una máquina preguntándose a sí misma: «¿Yo qué soy?». Inmediatamente, la pregunta rebota y me la dirijo a mí mismo con la misma confusión: «¿Y yo? ¿Qué soy yo?».

Las ciencias modernas estimulan a la teología con nuevos interrogantes y búsquedas. Las neurociencias -junto con las diversas ramas de la biogenética- se llevan en ello la palma. Sus investigaciones, todavía incipientes, nos abren a descubrimientos insospechables que cambiarán nuestro mundo. Todos los campos del saber y de la vida se están ya resituando: no solo se habla de neuropsiquiatría y de neurolingüistica, sino también de neuroeconomía, neuropolítica, neurocultura, neuroderecho, neuroética. Y también de neuroteología. Con razón.

El conocimiento de las neuronas y de su funcionamiento es tan provocador e incitante para la teología como lo fue el descubrimiento de que la tierra gira en torno al sol o de que la vida aparece y de desarrolla por la evolución. O mucho más. Vemos, oímos, olemos, saboreamos gracias y de acuerdo a las neuronas, esas células físicas especializadas en enviar, recibir, almacenar, procesar señales de información; gracias y de acuerdo a ellas y a sus innumerables conexiones o sinapsis, que se cuentan por billones, trillones o cuatrillones, somos «un cuerpo orgánico» y un «yo espiritual».

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Autor

Jesús Bastante

Escritor, periodista y maratoniano. Es subdirector de Religión Digital.

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