El teólogo es autor de "El capital contra el trabajo" (Ediciones Hoac)

José Luis Segovia: «El desafío que hoy tiene la Iglesia es levantar la esperanza de los trabajadores parados»

"El 'efecto Francisco' significa nada menos que colocar el sur en el corazón del norte"

Esta sociedad se divide entre los que andamos súper ocupados y no podemos casi ni respirar y los que tienen todo el tiempo del mundo porque no tienen nada que hacer. Y esta dualización social es terrible

(Jesús Bastante).- José Luis Segovia es el director del Instituto Superior de Pastoral. Viene a presentarnos su último ensayo, publicado por Ediciones HOAC y titulado «El capital contra el trabajo«, en el que defiende que no se puede salir de la actual crisis «si por salir de la crisis entendemos volver al modelo de crecimiento anterior al año 2006». Un modelo de crecimiento tras el que se esconde una concepción del ser humano como un «individuo racional, egoísta e interesado«.

Segovia afirma que el paro, los ERE y los desahucios son «cuestiones teologales, cuestiones en las que está comprometido Dios», y asegura que «el desafío que hoy tiene la Iglesia es levantar la esperanza de los trabajadores parados».
Pero él también se siente responsable de hacer posible el cambio: «Nosotros estamos para apuntar por dónde pasa el sueño de Dios y qué es lo que genera sus pesadillas», concluye.

Un libro muy actual, teniendo en cuenta la situación económica y laboral que atravesamos…

Sí, actual pero a la vez antiguo, porque los problemas vinculados al trabajo vienen de muy atrás. Lo que el libro pretende es poner en valor algo que tenemos bastante olvidado, que es la enseñanza social de la Iglesia sobre el tema del trabajo.
El libro hace un recorrido muy bonito por aportaciones de los tres últimos papas. Juan Pablo II decía que la cuestión social esencial de la Iglesia era el mundo del trabajo. El referente para medir el valor social de una sociedad es cómo se trata el trabajo y cómo se trata a los trabajadores. Porque el nivel de precarización de los trabajadores tiene cantidad de consecuencias para la sociedad. Benedicto XVI, por su parte, aportó un sesgo muy interesante, y fue decir que la cuestión social también es una cuestión antropológica. El libro va en esa dirección.
Y es que lo que nos vuelve máquinas de producción es una cultura sin corazón y sin alma. Lamentablemente, la concepción del ser humano que hay detrás de todos los libros de micro y macroeconomía es que el ser humano es un individuo racional, egoísta, interesado, susceptible de formular elecciones diversas. Éste ha sido el presupuesto de todo el modelo económico desde Adam Smith hasta ahora. La definición latente (y en algunos casos, explícita) del ser humano es ésa: que el ser humano es un individuo (en vez de una persona).

¿Es una definición peligrosa?

Sí. Y es la que ha estado detrás de toda la evolución y el desarrollo del capitalismo. La crisis, antes que una crisis económica, técnica, de desajustes… e incluso antes que ética, es una crisis antropológica. Por eso es muy importante lo que decía Benedicto XVI.
El actual Papa lo ha dicho claramente en su exhortación: la economía mata.
Si nos fijamos, las tres afirmaciones (de los tres pontífices) siguen una línea de continuidad que revela que, efectivamente, el trabajo lo hemos convertido en una mercancía obviando el principio de la Doctrina Social de la Iglesia de la primacía del trabajo sobre el capital. Un principio básico de la enseñanza social de la Iglesia, que en este momento es urgente visibilizar.
Aristóteles distinguía entre la economía y la crematística: la economía es la ciencia que trata de administrar recursos escasos para atender necesidades humanas. La crematística, en cambio, convierte el dinero y el lucro en un fin en sí mismos.
El dinero en sí mismo no es ni bueno ni malo. Es un instrumento de cambio y de valor que cumple distintas funcionalidades. El problema es qué se hace con él, y si se convierte en un fin en sí mismo.
El Papa Francisco ha hablado en su documento del mercado como idolatría. Esta crisis no es nada más que lo que viene encubándose desde una concepción antropológica que reduce al ser humano a ese individuo racional e interesado, que está pensada desde el norte y desde una concepción de supermercado (porque alguien que está viviendo en un campo de refugiados, un sin hogar, una persona parada o alguien que acaba de sufrir un Expediente de Regulación de Empleo, no pueden hacer «elecciones diversas», como continúa la definición). Y lo de que somos racionales tampoco es cierto del todo, porque los seres humanos tomamos las grandes decisiones de nuestra vida desde las emociones. Por eso me gusta mucho la expresión del Papa Francisco cuando habla de la revolución de la ternura y el cariño.

¿El ser humano se define por su vocación en vez de por su trabajo?

Es que el hacer es sólo una forma de desarrollar el ser. Y es muy duro que el hacer se convierta en objeto de explotación, o incluso en un sobrante (porque lo terrible del modelo actual es que ya hay población sobrante, que sobra incluso para ser explotada). Y esto tiene que ver también con la visión que tenemos en cuanto al desarrollo.
El mundo económico es el ámbito en el cual se producen más dogmas y más cegueras. Se habla mucho de los dogmas de la Iglesia, pero la economía no se queda atrás. Un ejemplo es el dogma de que el crecimiento equivale al desarrollo. Esto lleva a pensar que para tener más desarrollo lo que hay que hacer es crecer.
El sexto informe FOESSA de Cáritas española revela que desde el año 2006 ha habido un crecimiento espectacular de las macromagnitudes económicas en el caso español. Sin embargo, comparado con el Índice Gini, que mide la desigualdad, hemos crecido espectacularmente en desigualdad. Es decir, que el crecimiento económico no supone mayores tasas de igualdad, y por lo tanto, que aumente el PIB no necesariamente supone creación de empleo, ni muchísimo menos una redistribución de rentas.

¿La crisis es una oportunidad no sólo para «arreglarla» sino para replantearse conceptos y mecanismos establecidos?

De esta crisis ni se puede ni se debe salir. No se puede salir de la crisis si por «salir de la crisis» entendemos volver al modelo de crecimiento anterior al año 2006. Porque para que nuestros modelo económico sea humano debe ser universalizable y sostenible. Y este modelo de crecimiento en el que estaban asentados sobre todo el mundo occidental y el mundo del norte ni es sostenible (porque no hay recursos suficientes en la Tierra), ni es universalizable (porque está basado en la exclusión o en la explotación de una buena parte del planeta). Por eso no se puede salir. Y no se debe salir por razones morales. Tenemos que caminar hacia otro modelo de desarrollo, a escala humana.
Pablo VI lo dijo en la Populorum Progressio, y nadie le hizo caso: «Desarrollo humano integral». Es decir, que de las consecuencias de esta crisis ya veníamos advertidos por Pablo VI, y en el ámbito laico, por el Club de Roma. Ambos nos avisaron de que estábamos creando un monstruo que acabaría devorándonos.
Cuando a eso se añade la pérdida absoluta de toda noción ética, tienes esta grandísima explosión, que es la suma de un modelo que a largo plazo no es viable con la pérdida de los valores morales. Por eso digo que de esta crisis no se puede ni se debe salir, si por tal entendemos volver a lo que había antes. No es verdad. Tenemos que ir hacia algo diferente.
No podemos salir de la crisis si no es cambiando los presupuestos: el ser humano no es un individuo racional sino una persona relacional, abierta a la comunión y abierta a la trascendencia. Al igual que el trabajo debe ser un elemento que permita que la persona se despliegue, se desarrolle y participe de la obra de Dios humanizando la tierra, respetando la naturaleza y poniéndola al servicio de las necesidades humanas.

¿Francisco ha cambiado la óptica a este respecto?

Para mí el «efecto Francisco», más allá de sus aciertos o errores, significa nada menos que colocar el sur en el corazón del norte. Lo que estábamos viendo a nivel social en nuestras calles (que tenemos al Tercer Mundo en el norte, y por cierto, lo tratamos de aquella manera: poniendo cuchillas y sin comunicarle sus derechos), a nivel eclesial ha acontecido con el nombramiento de Francisco y de Maradiaga como «primer ministro» del equipo de gobierno de la curia. Esto supone poner el sur en el corazón del norte. Y sólo esto ya es significativo y expresivo de algo novedoso, que indudablemente es un hálito del Espíritu que nos va orientando. Como pasa con todo, cuando lo vemos con las luces largas de la historia y no con las luces cortas de la coyuntura.

Pero a este Papa del sur lo eligió una mayoría de cardenales europeos. ¿Fue una especie de forma inconsciente de hacerse el harakiri?

Sin duda fue una opción valiente, audaz, y yo creo que también muy realista. Se dieron cuenta de que la Iglesia europea está más dormida, más acomodada, y que donde está surgiendo la vida y el frescor es en las iglesias del Tercer Mundo. En ese sentido, el norte tiene que acoger cordialmente al sur.

¿Es posible cambiar el sistema cambiando el funcionamiento del Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, las Naciones Unidas, etc.?

Bueno, de las Naciones Unidas depende el PNUD (Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo), y el cambio que estamos pidiendo no chirría en absoluto con esta entidad. Si chirriaría con las que tú has mencionado, pero es que por eso mismo es necesario reconvertirlas. Pasa lo mismo con la Organización Mundial del Comercio: hay que reorientarlas en una dirección antropológica.
El concepto de necesidad es un concepto fundamental. Los seres humanos podemos ser muy distintos, tener ideas diferentes, credos religiosos completamente dispares… pero somos todos seres de necesidades. Todos tenemos un anhelo de felicidad, y lo que nos horripila totalmente es el sufrimiento y el dolor. Y lo ético es aquello que elimina sufrimiento y dolor. Por tanto, esta crisis es profundamente inmoral, porque está generando un sufrimiento atroz.

¿Qué clase de libro es «El capital contra el trabajo»?

Es un libro coral, que ha sido elaborado con las voces de muchos actores distintos. Aunque ponga mi nombre, es un libro hecho por muchas personas. Y hecho desde una perspectiva creyente. Porque el paro, los ERE y los desahucios son primordialmente una cuestión teologal. Yo me pongo muy nervioso cuando escucho decir en ciertos ámbitos que «ésta es una cuestión técnica», y que «la Iglesia no debe meterse en cuestiones técnicas». Lo que la Iglesia no tiene es recetas para dar soluciones al tema de la inmigración, al tema del paro o al tema de la crisis. Pero el paro, la crisis y los desahucios son, desde una lectura creyente, cuestiones teologales. Es decir, cuestiones en las que está comprometido Dios. Como dice González Faus: «De Dios se supo por un conflicto laboral«. Porque escuchó a un pueblo que estaba explotado. Y hoy, en este momento en que vivimos tan secularizadamente y en que hay tanta opacidad en torno al misterio de Dios, estamos perdiendo la oportunidad de decir que el hecho de que se desahucie a una familia, de que haya bancos ladrones que engañen a los abuelos del barrio convirtiendo sus depósitos bancarios en preferentes y por tanto propietarios de un banco que está en ruina… clama al cielo. Pero no como una expresión popular, sino en un sentido profundísimamente religioso. Eso es un sin Dios. ¿Vamos a perder la oportunidad de visibilizar a Dios en lo que está comprometido, que es en que la suerte de los débiles mejore, en que la Iglesia sea expresión del cariño de Dios, que está cercano siempre a los vulnerables? Decir que todo esto son cuestiones técnicas es «mundanizar» una experiencia religiosa, como dice el Papa Francisco.
Debemos decir que no hay derecho a las condiciones en las que están muchas personas en este momento.

¿La Iglesia está apoyando, denunciando y sosteniendo, junto a la gente que está en esas condiciones: los parados, los desahuciados, etc.?

Ahí está, y no por un compromiso ético, sino sobre todo por un compromiso teologal. Porque lo que está en juego no es tan siquiera la Iglesia como institución, su credibilidad o la de Cáritas, sino la credibilidad de Dios mismo. La cuestión es si contribuimos a su opacidad o contribuimos a visibilizarlo haciendo una lectura creyente De este mundo. Por supuesto que hay que utilizar las ciencias sociales (la economía, la sociología, la ciencia política…), pero la apuesta del libro es hacer una lectura creyente de todo esto. Es decir, descubrir los desafíos que nos presenta como Iglesia una presencia de Dios que es incluso previa a la nuestra. Nosotros no vamos a llevar a Dios como si Dios no estuviera antes. Dios estaba antes de que nosotros fuéramos, así que lo único que podemos hacer es visibilizar esa presencia, balbucear su nombre. Y su nombre hoy se balbucea con mucha más facilidad cuando se habla de justicia. Y cuando se trata de aliviar el sufrimiento de los seres humanos. Creo que el desafío que hoy tiene la Iglesia es levantar la esperanza de los trabajadores parados. Esto no es un compromiso ético, sino religioso. Un problema profundamente religioso. Clama verdaderamente al cielo que haya personas en esta situación de injusticia, que haya niños en la calle desatendidos, ancianos a los que no les llegan las pensiones, y las desigualdades abismales que vemos entre unos y otros. Esto es un problema profundamente teológico. Nosotros estamos para apuntar por dónde pasa el sueño de Dios y qué es lo que genera sus pesadillas. La lectura creyente consiste en eso: descubrir dónde apunta la utopía de Dios para la humanidad. Es lo que nos toca. Y si no lo hacemos, de alguna manera nos secularizamos, nos mundanizamos espiritualmente.
Si no detectamos sus huellas por donde transita la expectativa de lo mejor de lo humano, nos volveremos profundamente materialistas.

«El capital contra el trabajo»… ¿también el capital contra Dios?

Sí. El modelo de crematística que tenemos, el tardo capitalismo (a partir del cambio de milenio) ha supuesto un cambio cualitativo en el modelo capitalista. No es que el anterior fuera el Reino de Dios, pero se ha cristalizado un cambio muy profundo del que no podemos responsabilizar solamente a las macroentidades financieras: hemos caído todos. Por ejemplo, respecto a la vivienda. La vivienda ha sido siempre un satisfactor de necesidades. Los derechos son la forma institucional de satisfacer las necesidades. Pero cuando los derechos sucumben a los intereses, hay un salto cualitativo: En España tenemos una cultura propietarista de que la vivienda tiene que ser una propiedad, pero hemos pasado de desear una vivienda para vivir en ella, a utilizar una vivienda para inversión. Como una forma de rentabilizar los ahorros. Es decir, hemos convertido en una perversión algo que es un satisfactor. De una necesidad hemos hecho un negocio. Y si esto ha pasado en el nivel micro (gente de barrio con unos pocos ahorros que decide comprar una segunda vivienda), imagínate en el nivel de los macrointereses. Hemos hecho del derecho ajeno a tener un techo, un objeto de nuestras inversiones. Por eso han explotado los precios y los alquileres se han disparado. Este modelo ha desgajado la economía de las necesidades. Ha roto el nexo que debe haber entre la ética y el resto de disciplinas.
Y cuando la economía se separa de la ética y de la satisfacción de las necesidades humanas, cuando convierte al trabajo en una herramienta productiva, entonces se da otro cambio que las palabras expresan (porque la nomenclatura, como decía Wittgenstein, no es neutral): Antes el jefe de personal era el jefe de personal (es decir, de personas), peor ahora a las personas las llamamos recursos humanos (equiparados a los recursos financieros). Es decir, que el ser humano es un recurso. Lo utilizo cuando me conviene y cuando no me conviene, lo tiro como un clínex.
Antes alguien empezaba a trabajar en una empresa, y tenía la convicción de que se jubilaría en esa misma empresa. Ha desaparecido del horizonte en poquísimos años la perspectiva de un trabajo estable para toda la vida. Uno se sentía implicado en su empresa, hablaba en primera persona del plural, había una vinculación humanizadora en el trabajo. Peor ahora los pobres muchachos están tres meses de cajeros en grandes superficies, dos meses en la calle, un mes paseando perros a cambio de un par de euros, un mes más de repartidores o reponedores… Y eso cuando tienen la suerte de poder estar trabajando.
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Autor

Jesús Bastante

Escritor, periodista y maratoniano. Es subdirector de Religión Digital.

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