(Miguel A. Bouzas).- Esta vez no bajaron corriendo, sino lentamente, con velas, linternas y todo lo que pudiera iluminar una noche tan oscura, sin luna. Una procesión en silencio, desde los montes hasta la playa del Tarajal. La playa de la muerte. De nuevo cientos de inmigrantes convocados para tener un recuerdo, una oración, un deseo de que una tragedia de este tipo no se vuelva a repetir.
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