Ramón Baltar

Ya iba siendo hora

El palo santo no es la madera de los humanos

Ya iba siendo hora
Ramón Baltar

La indisolubilidad del vínculo matrimonial que recomienda el Evangelio señala un horizonte de perfección al que sus seguidores deben aspirar

(Ramón Baltar).- El papa Francisco está decidido a modificar la norma eclesiástica que prohíbe comulgar a los católicos divorciados y vueltos a casar «por lo criminal». Una medida inaplazable: en los tiempos que corren tal situación no puede seguir siendo tratada como mancebía, y la prohibición cojea de las dos piernas.

Bastante de la jurídica porque, reconozca o no el Estado efectos civiles al matrimonio canónico, lo coherente sería que la Iglesia aceptara de grado la validez de los divorcios civiles en los supuestos en que los tribunales eclesiásticos declararían la nulidad sin ningún escrúpulo de conciencia. Teniendo en común los dos tipos de matrimonio el ser contrato entre partes, no se entiende por qué las sentencias de éstos son moralmente irreprochables y las de aquéllos todo lo contrario.

Y mucho más de la teológica, si no se da por buena la mentalidad farisaica que pone la ley y la disciplina por encima de la Vida. Sabemos que lo que más tarde se llamó misa, en los principios del cristianismo era una reunión de hermanos para celebrar con una comida la memoria del Divino Maestro y cumplir su mandato de compartir el pan. Por decirlo de una manera suave, no parece muy elegante que digamos admitir al banquete a los susodichos a condición de que se abstengan de catar el manjar que recrea el espíritu.

La indisolubilidad del vínculo matrimonial que recomienda el Evangelio señala un horizonte de perfección al que sus seguidores deben aspirar. La Iglesia está obligada a proponerla a sus miembros, pero no a mostrarse inmisericorde con sus hijos que por dificultades invencibles fracasaron en el empeño y quieren volver a intentarlo. El Dios de Jesús de Nazaret no se cansa de disculpar ni de dar nuevas oportunidades.

Vana ilusión esperar que todos los matrimonios merezcan el elogio que el desengañado Tácito tributó a sus suegros: «vivieron en admirable concordia, en amor mutuo y cediendo el uno al otro la primacía» (Vida de Agrícola, 6). El palo santo no es la madera de los humanos.

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Autor

José Manuel Vidal

Periodista y teólogo, es conocido por su labor de información sobre la Iglesia Católica. Dirige Religión Digital.

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