Gran hombre, teólogo y profeta

A tres años de la Pascua de José Comblin

Conversatorio organizado por Reflexión y Liberación y el Centro Ecuménico Diego de Medellín

Cuánta libertad, cuánta pasión, cuánta convicción en este hombre, cuyo espíritu sigue vivo en la historia, calando conciencias intrépidas, infiltradas osmóticamente por anhelos de justicia y de verdad, de amor adulto a esta Iglesia

(Marco Antonio Velásquez, en RyL).- El verdadero talante del profeta aflora con la propia muerte. Es que el grano de trigo debe morir para dar fruto abundante.

Junto al recuerdo de anécdotas, lugares, luchas y servicios que muchos pueden relatar con más propiedad, porque tuvieron el privilegio de la cercanía y amistad de José Comblin, quiero compartir la experiencia de encontrarme en el recóndito lugar de la vida interior con este gran hombre, teólogo y profeta. Es el encuentro en el terreno mismo donde él puso la semilla del Evangelio, de cuyas fatigas y desvelos surgen abundantes frutos.

Mi encuentro con José Comblín comienza con un libro maravilloso: El Pueblo de Dios.

Recuerdo que comencé la lectura de este libro en un momento de crisis personal, era también la crisis de mi Iglesia. Los escándalos de todo tipo se multiplicaban y opté por detener dos décadas de frenético servicio pastoral, sabiendo que esta crisis era una gran oportunidad para agudizar la mirada, para juzgar y actuar. Necesitaba refundarme desde un renovado Encuentro Personal con Jesucristo. Me tomé de la mano del Señor, y me dejé acompañar de dos hombres de la historia, de quienes me hice amigo; me acompañé de Yves Congar y José Comblin. El Evangelio, el Diario de un Teólogo y El Pueblo de Dios fueron mi alimento y mi refugio.

En la lectura de Comblin ocurrió algo singular: se me hizo vicio. Recuerdo una navidad en que, como un niño, me propuse regalar a una multiplicidad de amigos y amigas la dirección electrónica donde encontrar El Pueblo de Dios de Comblín. No recuerdo que alguien agradeciera; lo que me dejó la certeza que esto era una experiencia muy personal. Surgió una suerte de complicidad y clandestinidad entre Comblín y yo.

Ante la indiferencia de mis amigos, tomé el camino largo de llevar a Comblin conmigo por la vida. Surgió una estrategia: compartir con inteligencia mis hallazgos y ayudar a abrir la conciencia de tanto cristiano y cristiana distraídos. Al calor de una comunidad nutritiva fui revelando paulatinamente el tesoro de la teología de Comblin, particularmente mi gran hito refundacional que significaba El Pueblo de Dios.

Recuerdo otra ocasión curiosa en que invité a mi casa a un grupo de personas muy variadas; había la intensión de construir algo. Llegaron dos vírgenes consagradas, dos ex sacerdotes, un jesuita y unos laicos y laicas de a pie. Hubo entusiasmo, ganas de continuidad, pero no volvimos a encontrarnos. Estoy seguro que el miedo paralizó aquella aventura.

Entonces opté por apropiarme de estas nuevas certezas, donde descubrí que el proceso de transformación comenzaba a operar interiormente. Con humildad reconozco que fui tomando conciencia de ir viviendo un progresivo proceso de conversión pastoral. El miedo que tantas veces me había paralizado, esta vez comenzaba a disiparse. Hoy puedo afirmar que, antes que la teología de Comblin, lo más incisivo que me ha ocurrido al entrabar esta amistad ha sido perder el miedo, recuperar mi libertad. Así de simple y así de hondo.

Siempre me cautivó esta dimensión del profeta Comblin. Cuánta libertad, cuánta pasión, cuánta convicción en este hombre, cuyo espíritu sigue vivo en la historia, calando conciencias intrépidas, infiltradas osmóticamente por anhelos de justicia y de verdad, de amor adulto a esta Iglesia – Pueblo de Dios. Así ocurre con la lectura de Comblin, desinstala las propias y arraigadas certezas personales.

De esta manera redescubrí mi lugar en la Iglesia. Ya no al servicio del clero, sino al servicio del Evangelio, del Evangelio liberador de múltiples esclavitudes humanas: sociales, económicas, políticas y eclesiales. Para ello, ha habido que reconocer que el primer cautivo es uno mismo. Preso de comodidades, prejuicios y apegos. Comblin, junto a otros compañeros y compañeras, me ha cambiado la vida, porque «dime con quién andas y te diré quién eres».

Antes de balbucear estas líneas, tomé la precaución de releer este testamento espiritual de Comblín que es El Pueblo de Dios. Y como palabra profética -que hace del verbo una revelación permanente- descubrí que luego de aquella primera lectura de hace algunos años, hoy adquiere una hondura sólida nueva. Me quedo con la certeza que la Historia de la Salvación relatada por Comblín en El Pueblo de Dios ha recuperado el cauce del Espíritu, gracias a esta nueva primavera eclesial que traído de vuelta el hermano papa Francisco. Sí, porque esa Iglesia liberadora, de la que José Comblín fue un insobornable luchador, empieza a mostrar signos de madurez y de realización, porque Dios ha escuchado el clamor de liberación de su Pueblo, y porque la semilla que esparcieron tantos hombres y mujeres, entre ellos José Comblín, comienza a dar frutos de liberación.

Hoy, más que nunca, es oportuno proclamar en este Conversatorio -organizado por nuestra revista Reflexión y Liberación y el Centro Ecuménico Diego de Medellín- que la gran profecía de José Comblin es la tarea de reconstruir El Pueblo de Dios, no la Iglesia, sino el Pueblo de Dios.

 

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Autor

Jesús Bastante

Escritor, periodista y maratoniano. Es subdirector de Religión Digital.

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