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    Veinticuatro horas compartiendo con los monjes del Monasterio de Leyre

    Entre celdas

    No tienen Twitter ni etiquetan fotos en Facebook. Ganan en paz, sosiego y reflexión

    José María Albalad 
    21 May 2014 - 18:13 CET
    Archivado en: Benedicto XVI | Facebook | Religión

    Descubrimos los quehaceres de cada monje, desde el más joven, de unos 30 años, al de mayor edad, que cuenta 84

    (José María Albalad).- Prescindir del teléfono móvil y olvidarse de internet parece una condena de difícil cumplimiento en la vida moderna. Un calvario que, para quienes centran su existencia en la soledad, el silencio y la oración, se convierte en el mejor aliado.

    Los veinte monjes del Monasterio de Leyre, comunidad de clausura benedictina ubicada a unos 50 kilómetros de Pamplona, no cuentan sus avatares diarios en 140 caracteres ni etiquetan fotos en Facebook. Ganan en paz, sosiego y reflexión. Veinticuatro horas con ellos dan para ver que lo suyo es la contemplación, sin olvidar las necesidades del mundo y sus gentes.

    La ventana de madera no cerraba bien y el frío de la noche había acabado con la confortable temperatura de la celda en que habitaba. Solo la necesidad de sumar una manta a la que ya me tapaba fue capaz de interrumpir un descanso agonizante, listo para ceder sus acogedores compases a la rítmica campana del cenobio, que a las cinco y media de la madrugada marca sin excepción el inicio del día monástico.

    Es noche cerrada y el claustro, en absoluta penumbra, se hace eco de los pasos de unos monjes que comienzan la jornada como terminó la anterior: rezando en el templo.

    Del primero al último. Todos siguen el mismo ritual, con un respeto que transmite devoción ante un silencio sepulcral. Se santiguan con agua bendita y se acomodan en sus respectivos sitiales. Allí dan, en cuestión de segundos, con los textos a recitar, una localización que, si no estás familiarizado, resulta imposible sin hoja de instrucciones. El reloj marca la seis y, con una puntualidad prusiana, comienzan los Maitines. Salmos, himnos, cánticos y la lectura del evangelio se dan cita a lo largo de los 50 minutos que dura esta alabanza nocturna, en la que se expresa y aviva la espera del Señor.

    Sin duda, un arranque rompedor. Los atascos con el coche o las carreras en el metro dejan paso a un ambiente de serena armonía, potenciado por el canto gregoriano y las dulces notas del órgano que resuenan sin distorsión en la nave de la iglesia. Un ambiente propicio para el cultivo de la interioridad que, para quien está acostumbrado al ritmo frenético de una gran ciudad, resulta extraño e incómodo.

    Todo lo contrario que a los veinte monjes del Monasterio de Leyre, que a las siete y media, antes de desayunar, afrontan el segundo rezo conjunto en las poco menos de dos horas que llevan despiertos. Se trata de los Laudes, una plegaria de unos treinta minutos que consagra la actividad del día que comienza.

    El inicial Dios mío ven en mi auxilio concluye con una procesión que lleva a la primera ingesta calórica del día. El clima de sosiego, que impulsa a paladear cada minuto como si no hubiera siguiente, se mantiene intacto. Nada lo altera. Mientras los primeros rayos de luz penetran tímidamente en el frío claustro, la comunidad se dirige -ordenada en dos filas y en procesión- al refectorio, un comedor rectangular con las mesas distribuidas en forma de «U» que preside la máxima autoridad: el abad, fácilmente reconocible por la cruz que deja caer a la altura del pecho.

    Silencio sepulcral
    «El desayuno es libre -explica el padre Óscar, encargado de acoger a los huéspedes-. Acabas, recoges y te vas». Si quiera se cruza una conversación. El más estricto de los silencios ensalza el ruido de la cubertería y el masticar de los hombres, al tiempo que la mirada se pierde a través de la ventana en las profundidades de un horizonte inmenso. El tazón de leche o café, junto con un puñado de galletas y un par de rebanadas de pan con mantequilla y mermelada deben ser suficientes para pasar la mañana, que prosigue sin interrupción con la santa misa a las nueve.

    La eucaristía, en la que se realiza la actualización suprema del misterio pascual -la muerte y resurrección de Cristo-, supone el momento central del día. La cuidada liturgia lo demuestra, que es mimada y guiada hacia la perfección por el maestro de ceremonias como si fuese a someterse a la atenta mirada de miles de fieles. Asisten la totalidad de los hermanos, al igual que al resto de los oficios litúrgicos, y concelebran trece sacerdotes -todos los que, además de monjes, son padres-. La celebración, cantada casi en su totalidad, discurre en perfecta armonía. Los gestos y movimientos, por leves que sean, tienen su razón de ser. También las palabras, cuyo orden es inalterable. Mientras, el incienso facilita el éxtasis, y deja un suave aroma de fondo que inspira por horas.

    Son las diez de la mañana y el claustro comienza a calentarse. Atrás queda la penumbra de la noche, que en un edificio románico con tanta historia, duele y amedrenta. Salvo a quienes, por vocación, descansan en las manos de Dios tras desprenderse de todas sus posesiones. A un paso de ello está el ingeniero guipuzcoano que, finalizada la misa y antes de volver a su celda, cierra la puerta que comunica el templo con la clausura. Rebasa los 40 años, viste el mismo hábito negro que el resto y se encuentra en la etapa de Profeso temporal -votos temporales- antes de dar el sí definitivo. Ha cumplido los dos años mínimos de postulado y noviciado sabiendo que, una vez hecha la profesión solemne -los votos perpetuos-, no habrá marcha atrás.

    Una decisión vital que conlleva acogerse, de manera implacable, a los tres votos de San Benito: obediencia (al abad como si del mismo Cristo se tratase), estabilidad (monje para siempre en la misma comunidad) y conversión de costumbres, entre las que se encuentran la castidad y la pobreza.

    La primera parte de la jornada ha estado marcada por la intensa actividad litúrgica. A pesar de amanecer a las 5:30, justo ha venido para hacerse la cama, adecentar la celda y detenerse en el corcho de la primera planta del cenobio para conocer la predicción del tiempo, que hoy marca nueve grados de máxima y uno bajo cero de mínima, junto al habitual refrán que uno de los monjes actualiza a diario: «Caliente diciembre, caliente enero, frío seguro para febrero».

    Además de la temperatura, se recuerda la distribución semanal de tareas mediante una hoja de ruta que explica por qué todo discurre en plena armonía sin indicaciones ni palabras, gritos ni aspavientos. El cantar, el leer, el fregar, el servir… Todo está especificado de antemano. Ver y cumplir. No hace falta más para lograr la perfecta e impactante sincronización.

    Trabajo y estudio
    Llegado este momento, entre las diez y la una del mediodía, el trabajo y el estudio centran la atención. «No será por ocupaciones», apunta el padre Óscar, que rompe la norma del silencio por su condición de padre hospedero: «Una de mis ocupaciones es esta. Preparar la llegada de los huéspedes y acogerlos. Podríamos decir que es mi trabajo, por lo que para desempeñarlo correctamente tengo que hablar».

    Lo hace, eso sí, en voz baja, sin generar barullo, pidiéndome un tono de menor intensidad. Y es que el monasterio funciona a un ritmo opuesto al de la cultura moderna, que exige adaptar hasta lo que fuera sería visto como un lento caminar. Pasar del más asfixiante verano a un invierno especialmente gélido, de golpe, sin transiciones, no sería un abismo mayor al de entrar a la clausura. «Por algo viene la gente. Es un marco adecuado para encontrarse con uno mismo y con Dios», apunta sonriente este monje, quien precisa que «se vive sin internet, radio ni televisión«.

    Mientras el padre Óscar marcha a dar la bienvenida a una nueva reserva, que ocupará la sexta de las ocho celdas disponibles para la gente que acude en busca de sosiego, descubrimos los quehaceres de cada monje, desde el más joven, de unos 30 años, al de mayor edad, que cuenta 84. Todos tienen asignada una labor, que tratan de cumplir «con responsabilidad y en bien de todos». Porque, como ordena la Regla de San Benito, vigente desde que fuera escrita en la primera mitad del siglo VI, «el trabajo monástico es el que más contribuye al equilibrio de la vida benedictina». Hacerla efectiva es una misión común, ya se trabaje en el servicio de biblioteca, en el taller de imprenta y encuadernación, en la enfermería, en el gallinero, en la cocina, en la lavandería, en la portería o se ejerza de mayordomo al frente de la economía de la «casa».

    Junto a estas ocupaciones, el estudio ocupa un lugar destacado. Las celdas -habitaciones sencillas e íntimas- juegan un papel esencial en el trabajo intelectual. Es en ellas donde los monjes leen y escriben, donde luchan por incrementar y generar conocimientos. Sus humildes escritorios dan aposento a numerosas obras formativas, entre las que no falta la Biblia y otros libros que guían la oración, piedra angular de su vida. La Sierra de Errando, sobre la que descansa este convento benedictino, convierte a las ventanas de cada aposento en un grandioso mirador particular. Las montañas de Sos o el pantano de Yesa ofrecen una mirada que oxigena frente a un paisaje sin fin. Una inmensidad que revitaliza y contrasta con el tamaño de las habitaciones, completadas con una cama, un baño, una cruz y un icono de la Virgen.

    Lo místico de un lugar casi divino, lleno de maravillas y misterios, genera una sensación de parálisis temporal. Pero las agujas del reloj, tan tenaces como en cualquier otro lugar, corren sin respiro. Despacito pero sin pausa, al igual que la veintena de monjes que, tras el correspondiente toque de campana, va llegando al templo instantes antes de las 13:20. Cumplidas, cuando faltan diez minutos para comer, se procura la santificación de la jornada en la oración conocida como Sexta. Ya en el refectorio, al que se ha accedido en la habitual procesión iniciada junto al altar, uno confirma que se encuentra en una escuela de vida contemplativa.

    Alimentación física y espiritual
    El bullicio sigue ausente. El jolgorio no llega, ni las interminables conversaciones que toda mesa suele albergar con el mantel como testigo. A cambio, doble ración de alimentos. Ingesta física y espiritual. Tras la imprescindible acción de gracias, cantada al unísono de pie, sigue la lectura de un fragmento de la Sagrada Escritura antes de que se habra la puerta de la cocina. La llegada de la comida coincide con el inicio de la lectura del libro de turno desde el púlpito, a cargo de uno de los hermanos que, en algunas ocasiones, destaca periódico en mano las noticias más relevantes relacionadas con la Iglesia y la Santa Sede. Así, a la par que los monjes acaban con su ración de espaguetis, se sucede la lectura correspondiente, que desde hace un par de semanas se centra en La infancia de Jesús, de Benedicto XVI.

    La imponente voz del monje lector, favorecida por la resonancia de la sala, deja en un segundo plano los inevitables ruidos de las fuentes y cubiertos. Mientras llega la trucha que compone el segundo plato, varios monjes ganan tiempo pelando la naranja que, junto a un fino trozo de turrón, hará de postre. Aún no he llegado al ecuador de la comida cuando el abad hace sonar la campanilla que tiene a su  derecha sobre la mesa. La refección ha terminado. La lectura se detiene y, en pie, se pide por las necesidades corporales y espirituales. A pesar del vertiginoso ritmo, soy el único con comida en el plato. Desde la distancia, un amable gesto del padre hospedero me da tranquilidad: puedo seguir comiendo, una vez que la comunidad ha abandonado el refectorio. Y lo hago junto a los hermanos que han estado de servicio, uno en el púlpito y dos sirviendo los alimentos.

    Dejado impoluto el refectorio, un intervalo nocturno se hace presente en pleno día. Justo antes de iniciar la tarde, rigen las normas de la noche. Más sigilo que de costumbre para respetar el descanso ajeno. Toca recuperar fuerzas para afrontar con energías renovadas lo que resta de jornada. A las 15:30 se recupera la actividad con el rezo de Nona, que recuerda los acontecimientos de la Pasión del Señor y la primera propagación del Evangelio. No más de diez minutos. Breve pero solemne, como todo acto litúrgico que acoge el cenobio navarro.

    El trabajo o estudio vespertino, homólogo al de la mañana, reclama la atención de unos monjes que dan por concluida la quinta de las siete oraciones comunitarias del día. Sin embargo, por ser jueves, la rutina se altera. Es el único día en que está permitido romper el aislamiento. Pisar la calle, salir al mundo. Un espejismo que dura poco más de tres horas. Hasta las 18:55, cuando un nuevo toque de campana recuerda que, en cinco minutos, comienzan las Vísperas. Y, con ellas, una plegaria de acción de gracias por los dones recibidos durante el día y por todo cuanto se haya logrado realizar con acierto.

    Para entonces, el frondoso bosque sobre el que se asienta el Monasterio de Leire ha quedado marcado por unas huellas especiales. Las de esos caminantes que, a pesar de vivir en plena montaña, solo pueden pisarla un día a la semana. Gran aliciente para quien acostumbra a saborear con la vista. Tanto que los más osados comienzan el rezo previo a la cena, penúltimo de la jornada, con una veintena de kilómetros en sus piernas: veinte mil metros de libertad. Otros, en cambio, prefieren desconectar sin salir del histórico conjunto que alberga su existencia. A sus 83 años, el padre Javier se ha decantado por esta última opción, que le ha permitido ofrecer un rosario por los más necesitados bajo el precioso anochecer que ofrece un paraje sin rival.

    Rígido horario
    Vivencias de una tarde diferente que ya forman parte del recuerdo, porque la liturgia no entiende de excepciones. Ni optar por un largo paseo es sinónimo de concesión. Y ellos, que a las 19:00 reposan en sus respectivos sitiales del coro, lo saben. «Todo gira en torno a la oración, por lo que no tiene sentido alterarla por nada«, susurra el padre Óscar al salir de Vísperas ante la pregunta de uno de los huéspedes, un joven abogado madrileño que intenta cumplir por unos días el férreo horario benedictino «para romper con la agobiante rutina».

    El claustro amenaza con sus tinieblas. Faltan treinta minutos para las 20:00 -hora de la cena- y la portería, ya cerrada, no atiende a los pocos forasteros que visitan la zona casi a oscuras. En que amanezca, abrirá con su mejor cara, dado el peso que tiene el turismo en el aspecto económico.

    Se acercan las ocho y el caminar de los benedictinos se escucha por las escaleras que conducen al refectorio. Cuando las campanas marcan la hora, todos están en su sitial. Esperan de pie la llegada del abad, que se encuentra dando la bienvenida a los dos huéspedes entrantes. Cerrada la puerta, se aproxima lo que parece una extensión de la comida: la cena. Oración inicial, ingesta rápida de alimentos y acción de gracias final. Se mantiene el más estricto de los silencios y el elemento espiritual. Llegan, en cambio, tres novedades desde el púlpito: la lectura de uno de los puntos de la regla de San Benito, que da para completarse tres veces al año; la lectura del martirologio del día siguiente y un recuerdo en honor a los monjes ya fallecidos. Y es que, con motivo del aniversario de alguno de ellos, la noche anterior a la fecha se indica nombre, fecha defunción y trayectoria del ausente. De este modo, se pretende que, por más años que pasen, sigan vivos los miembros difuntos, enterrados en un cementerio propio ubicado en el recinto monástico.

    Finalizada la cena, hacen acto de presencia los minutos más socializadores del día. No más de treinta, que llegan gracias a la recreación, un momento en el que los monjes se reúnen en un salón contiguo al refectorio para debatir e intercambiar impresiones sobre cualquier tema -salvo de materia política, que se evita para no generar tensiones ni conflictos-. Entre conversaciones y sosegados diálogos, la jornada da sus últimos coletazos. Sólo queda rezar por última vez. De camino al templo, a las 21:00, la armoniosa procesión -formada por última vez hasta la mañana siguiente- se detiene al paso por la sala capitular, en la que se escuchan las exhortaciones, comentarios y avisos del abad, tan concreto como siempre. Una precisión que permite estar en el coro cuando apenas pasan diez minutos de las nueve.

    El órgano empieza a sonar. Con él, las Completas, séptima y conclusiva oración comunitaria del día que permite realizar, antes del descanso nocturno, el breve examen de conciencia del acto penitencial. Un ensayo del propio fallecimiento, recoge un folleto explicativo: «En efecto, es la hora del sueño, y el sueño es imagen de la muerte. El que duerme se queda inerte, como sin vida, y si el sueño nocturno da fin a la vigilia del día, así la muerte dará fin a esta vida temporal». Las luces dejan de alumbrar. Se apagan todas, con determinación. Así lo refleja uno de los salmos recitados: «Durmiendo acompañamos a Cristo en el sepulcro y, despertando, participamos de su resurrección». El canto gregoriano y su esperanzador mensaje contrarrestan la triste oscuridad: «Señor, danos una vida saludable, aviva nuestro amor, vuelve diáfana, con tu luz, la oscuridad de la noche».

    Oración universal
    Tras la bendición del abad, el silencioso y privado rezo del Ángelus -acompañado del sonido de las campanas- concluye con el traslado a las celdas de sus fieles inquilinos. Son las 21:30 y el rígido programa marca el inicio del descanso nocturno, un imprescindible reposo que algunos de los monjes reducen libremente en pos de un mayor recogimiento. La capilla, el claustro… Cualquier sitio es bueno para ofrecer, en silencio y soledad, una oración universal antes de dormir.

    Con la melodía del intenso viento como fondo, el día se apaga a las diez, hasta que las infatigables campanas suenan de nuevo a las 5:30. Y así, día tras día, sin egoísmos ni titubeos, conscientes de que «la oración es importante para la vida y la salud del mundo». Una fe llevada al extremo que obliga a santificar el tiempo en Dios. Con fidelidad absoluta, en un constante despertar espiritual. Una vida sencilla y armónica que, sin una firme vocación, sería alienante, insoportable. Lo opuesto a lo que sienten los veinte monjes de este monasterio benedictino, que ofrece paz y serenidad. Un equilibrio que exige renuncias, pero que, en palabras del padre Óscar, facilita «una vida plena, esclarecida y gratificante». A la vista está.

    * La estancia monástica para la elaboración de esta crónica tuvo lugar a comienzos de 2013. Los datos del texto corresponden a ese momento.

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    Jesús Bastante

    Escritor, periodista y maratoniano. Es subdirector de Religión Digital.

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