Antonio Aradillas

«Por los siglos de los siglos…»

Canonizaciones presurosas de la jerarquía católica

"Por los siglos de los siglos..."
Antonio Aradillas, columnista

Destaco el hecho de la abdicación del rey, con la correspondiente y respetuosa alusión a la eternización "por los siglos de los siglos" del Cardenal de Madrid... ("Dos Papas, dos reyes y un solo Cardenal")

Con piedad y el sentido de la actualidad que muchos viven en España en estos días, con ocasión de la abdicación de Juan Carlos I, como rey, pueden tener pleno acomodo cristiano, sugerencias como estas:

. Canonizaciones presurosas como las apuntadas en las declaraciones «oficiales» de la jerarquía eclesiástica -Conferencia Episcopal Española- en relación con el reconocimiento a la tarea concreta de la vigilancia de la institución monárquica encarnada en el rey, podrían y deberían ser más cuidadosamente administradas. Las canonizaciones «ante», y aún las «post mortem», se prestan a «lapsus» y equivocaciones frecuentemente falaces.

. A algunos les sorprenden las valoraciones que la Iglesia, por su jerarquía, efectúa en los ámbitos de la «democracia», achacando sus imprecisiones posiblemente a la nula aplicación práctica del sistema que la caracteriza, y del que prescinde, de por sí, pese a las recomendaciones que a veces les formula a Estados e instituciones ajenas, hoy por hoy, como el «menos malo» de regímenes, administraciones y gobiernos. Magnificar hasta el reconocimiento público y oficial la ejemplaridad de vivencias democráticas, y prescindir -y aún condenarlas- dentro de la propia casa y funcionamiento de sus principales organismos, no es ni constructivo ni coherente, y menos, fiable.

. Idénticos procedimientos y oficialidad se rechazan al subrayar la jerarquía la función, tarea y cumplimiento de las normas favorecedoras del sistema democrático, identificadas en este caso con las encarnadas por el rey de España, que pudo y debió la misma jerarquía haber ejercido, por ejemplo, a la hora de descalificar y exigirle un comportamiento personal más ejemplar al frente de la institución, del que él mismo tuvo gallardía y valor de pedir públicamente perdón a su pueblo…

. Insisto en la necesidad de una más correcta y exigente administración de las «canonizaciones» políticas y administrativas. Al autor de estas líneas le encargó en su día una editorial la redacción de un libro titulado «La Iglesia en el cambio», cuyo subtítulo fue, y es el de «piedra de escándalo». Me limité a transcribir parte de los discursos y alocuciones de los obispos de España, a propósito de la muerte de Franco. Con excepción de tres, todos los demás lo «canonizaron». Los Boletines Oficiales de diócesis y archidiócesis así lo certifican. Pasado el tiempo, sabemos bien lo que aconteció, y todavía acontece, en la interpretación de la historia del llamado «nacional- catolicismo».

. Aprovechando que las aguas de los riachuelos gallegos que transcurren `por el territorio lucense de Villalba, van todas al Miño, – al igual que las del Manzanares lo hacen al Tajo, y las de «Valladolid al Duero»-, destaco el hecho de la abdicación del rey, con la correspondiente y respetuosa alusión a la eternización «por los siglos de los siglos» del Cardenal de Madrid… («Dos Papas, dos reyes y un solo Cardenal»).

. La razón formulada por el monarca de que «hay que dar paso a las nuevas generaciones», es realmente contundente, lógica y precisa. Los problemas son otros. Cambian todos de signo. Los cansancios son más acuciantes. Las palabras no son las mismas, por lo que es imposible el diálogo, pese a la buena intención por una parte y por otra. Se vive -se perdura- en mundos distintos y, a veces, hasta opuestos.

. La Iglesia, administradora de la gracia de Dios, reclama, y reclamará, la colaboración consciente, alegre y providencial de sus hijos a la hora de su generación- regeneración permanente. El argumento de la experiencia no vale. Encubre intereses propios o ajenos. El que «todavía se es útil -imprescindible- al ministerio y oficio», encubre una pereza infinita, cuando no una ilimitada, inconsciente y odiosa soberbia. Instalar en el paro, y en la ineficiencia pastoral, a posibles obispos arzobispos, Cardenales y demás «dignatarios eclesiásticos» jóvenes, aleja a la Iglesia de las anchas y luminosas perspectivas de presente y futuro que, por definición, y por voluntad de Cristo Jesús, la distingue, la señala y la vocaciona.

. ¡Ánimo, Sr. Cardenal¡, con la confianza , sapiencia y satisfacción que confiere la contemplación ejemplar de la figura del emérito Papa Benedicto XVI quien, precisamente con su renuncia, escribió uno de los capítulos más importantes y transcendentales de la historia eclesiástica de todos los tiempos.

 

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Autor

José Manuel Vidal

Periodista y teólogo, es conocido por su labor de información sobre la Iglesia Católica. Dirige Religión Digital.

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