No negarás a nadie mi Cuerpo y mi Sangre
(M.A.Velásquez).- Entre los días 5 y 19 de octubre próximos se realizará en Roma la Asamblea General Extraordinaria del Sínodo de los Obispos para la Familia convocado por el papa Francisco.
Las expectativas del Pueblo de Dios se encumbraron con el llamado Cuestionario del Papa que, conocido en noviembre de 2013, sorprendió por la audacia evangélica de entrar en las profundidades de la vida familiar. Revelaba así la intención veraz de la Iglesia por compartir «los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres y mujeres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren» GS 1.
Luego, las respuestas, analizadas en el Instrumentum Laboris (publicado el 26 de junio de 2014), dejaron al descubierto lo que todos intuían: la enorme brecha entre las enseñanzas morales de la Iglesia y la vida de los fieles; en síntesis, la consabida diferencia entre la ortodoxia y la ortopraxis.
En el lapso transcurrido entre la convocatoria del sínodo y el comienzo del mismo han sucedido una serie de hechos significativos, que han puesto en relieve la existencia de un grave conflicto al interior de la Iglesia, referido al llamado problema de «la comunión de los separados y divorciados vueltos a casar». El conflicto actualiza las diferencias entre quienes defienden las cuestiones dogmáticas y los pastoralistas. Se trata de despejar teológicamente el ámbito de la Ley y el de la misericordia. Se replica así la misma pugna con la que el Hijo de Dios era confrontado reiteradamente por los maestros de la Ley.
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