Francisco eleva a los altares a los Pontífices del Concilio Vaticano II

Juan XXIII, maestro de Papas; Pablo VI, alumno aventajado

González Balado publica "Beato Pablo VI" (SP) y "San Juan XXIII, modelo de pastor" (Khaf)

Francisco manifestó tener una duda con miras a la ceremonia de beatificación de Pablo VI: si vestir la casulla roja o blanca, aludiendo al hecho de que lo considera mártir por todo lo que tal Pontífice tuvo que sufrir

(José Luis González-Balado/Janet Nora Playfoot Paige).- Los que fuimos testigos oculares y también emocionales de la santidad de San Juan XXIII, arrastramos ya el peso de los años. Un decir, en gran parte sincero. De alguna suerte hemos sido -¡somos!- también testigos de que todos los Papas que le han seguido -unos más que otros- han dado apariencia y muestra de parecérsele como herederos suyos.

Casi más que ninguno se le parece, incluso físicamente, el Papa Francisco, a pesar de ser el cronológicamente más distante. Por más que el cronológico no es el criterio exclusivo que se quiere seguir. Después de él, Papa número 261 en la lista de sucesores de Pedro, vamos ya por el 266, número de orden que le corresponde al actual Papa Francisco.

Juan Bautista Montini, sucesor de Juan XXIII con el nombre de Pablo VI, fue el 262º. El 263º fue Juan Pablo I (denominado Papa Luciani el Breve, también conocido como El Papa de los 33 días, que fueron los que sobrevivió a su elección. Del Papa Luciani se dijo y dice en un italiano que él supo cultivar como escritor popular ser il Sorriso di Dio. También, con una ligera variante, il Papa del Sorriso, traducidos ambos a un castellano muy parecido y casi tierno: La Sonrisa de Dios, y El Papa de la Sonrisa.

Sirvió también su paso fugaz por el sumo pontificado para decir de tal año -1979- haber sido El Año de los tres Papas. Y habiendo sido el mes de setiembre, ni siquiera completo, en que Juan Pablo I reinó, acogido con filial cariño por todo el mundo, el semanario norteamericano Time encontró razón para un título original: The September Pope (El Papa de Septiembre).

Pese a una vida tan breve, Juan Pablo I dejó un recuerdo entrañable por haber sido el primero que, por devoción a sus inmediatos predecesores, reunió en el suyo los nombres de Juan XXIII y de Pablo VI.

Juan XXIII lo había nombrado y consagrado obispo de Belluno, diócesis sufragánea de la de Venecia. Unos años después, Pablo VI lo promovió a arzobispo-cardenal de la archidiócesis patriarcal de Venecia, de la que lo había sido unos años Cardenal-Patriarca Angelo Giuseppe Roncalli (15.01.1953-28.10.1958). (Incluso, con una broma «profética», en ocasión de una visita pastoral a Venecia, Pablo VI se había despojado de la túnica papal y se la había colocado sobre los hombros a un Albino Luciani que enrojeció de pudor). Y aquí es el caso de añadir algo importante: hay noticias fiables de que la causa de beatificación del Papa Luciani va muy adelantada.

Con relación al cónclave en el que Albino Luciani fue elegido papa, cabe aclarar que duró 26 horas, repartidas en siete votaciones, más bien pocas comparadas con los dos días y medio, con cuatro votaciones por día, que se prolongó el cónclave que había dado lugar, en octubre de 1958, a la elección de Angelo Giuseppe Roncalli como Juan XXIII. En total habían sido once votaciones, seguidas de siete fumatas, seis negras y una blanca.

 

O mejor: uno, que vivió de cerca el acontecimiento culminado en la elección del Papa más querido de la Historia, no ha olvidado que las fumatas fueron, en total, siete. La primera de ellas había sido (¡pareció ser!) blanca, pero acabó siendo negra: ocurrió cuando el «fogonero» de la Capilla Sixtina se dio cuenta por los aplausos que llegaban del exterior de que había equivocado la mezcla escasa de agua con fuego, lo que provocaba una fogata casi blanca que salía en humo muy escaso saliendo por la chimenea de la Capilla. Al invertir la mezcla, la fumata se convirtió en negra y cesaron los aplausos a supuesta elección rapidísima. Nunca, al parecer, en toda la historia de los cónclaves había ocurrido nada parecido. ¡Ni, desde luego, ha vuelto a ocurrir lo de aquella mañana de domingo de 26 de octubre de 1958!

Aquel fue un cónclave en el que, de todos los que han tenido lugar después, contó con menor número de cardenales: nada más que 51. Era con 55 con los que contaba el Colegio cardenalicio cuando falleció el Papa Pío XII el nueve de octubre de 1958. Unos días después murió el cardenal italiano Celso Costantini. El día mismo en que se inauguró el cónclave que debía elegir al sucesor del Papa difunto, falleció el cardenal norteamericano Edward Mooney, arzobispo de Detroit, que había llegado a Roma unos días antes para participar en el cónclave. A la hora en que los cardenales electores escuchaban el Extra omnes! para que quedase vacío el recinto que iba a albergar el cónclave, salía por el portone di bronzo vaticano un furgón fúnebre que llevaba al aeropuerto de Fiumicino el cadáver del arzobispo norteamericano que había acudido a Roma para elegir al sucesor del Papa difunto. Dos cardenales más, el húngaro Joszef Mindszenty y el yugoslavo Alojsije Stepinac, no habían podido acudir para cumplir con su tarea por estar encarcelados en sus países, situados entonces de la otra parte del Telón de Acero.

Ninguno de los cónclaves que elegirían después a Pablo VI, a Juan Pablo I, a Juan Pablo II, a Benedicto XVI y al Papa Francisco contó con menos, sino con más de un centenar de cardenales electores. Eso a pesar de que Pablo VI dictó una norma que excluía la participación como electores de los cardenales de más de 80 años. De haber existido tal condición para el cónclave de octubre de 1958 los electores de Juan XXIII se hubieran reducido a menos de 40, lo cual -¡gracias al cielo!- no restó ni hubiera restado validez a su elección.

El número de cardenales electores se dobló y casi triplicó a partir del cónclave de junio de 1963. Para ello resultó determinante una más de las reformas que, no por ansia de novedad sino por espíritu de servicio a la Iglesia, introdujo Juan XXIII. Hasta entonces había permanecido en vigor la disposición de un remoto predecesor suyo -Sixto V, papa número 227º (1585-1590)-, que había fijado el número máximo de cardenales en 70, tope que todos sus sucesores se guardaron no ya de superar sino también de alcanzar.
Por parte de papas tan posteriores a él como Pío XII (1939-1958) fue tal el cuidado de ni siquiera acercarse a dicho tope que él mismo se mostró agradecido a sus cercanos colaboradores Giovanni Battista Montini y Domenico Tardini cuando, para evitar que ni siquiera alcanzase el número tabú de cardenales, le rogaron que se abstuviese de nombrar cardenales a ellos dos, dejando así espacio para ser sustituidos por otros.
Lo dicho: fue el sucesor del Papa Pacelli, Juan XXIII quien, nada más ser elegido, dio por anacrónica la disposición de su remoto predecesor. Como se sabe -o por lo menos vale la pena recordar- uno de los primeros gestos de Papa Giovanni, nada más ser elegido, fue nombrar cardenales a algunos que, si hubiera sido por él, ya hacía tiempo que hubieran merecido, para un mejor servicio de la Iglesia y como expresión de su universalidad, el cardenalato, empezando por el Arzobispo de la Archidiócesis de Milán, su admirado amigo Juan Bautista Montini, y siguiendo por su secretario de Estado, Domenico Tardini, a los que sumó un cierto número de arzobispos y obispos de consistente relevancia dentro de la Iglesia.

Ocurrió incluso, para «llenar» algo que a él se le presentaba como vacío urgente de ser cubierto, Juan XXIII se había sentado a dictar a su secretario una extensa lista de 23 nuevos cardenales. El dato aparece registrado con palabras de propio Papa: «Lista de nuevos cardenales: yo dicto los nombres, empezando por el de Monseñor Giovanni Battista Montini, Arzobispo de Milán, y por Monseñor Domenico Tardini, Secretario de Estado. Al llegar al número setenta entre viejos y nuevos cardenales, nos detenemos un momento, pero luego, al darnos cuenta de que, en tiempos de Sixto V la Iglesia católica apenas ocupaba una tercera parte de los países actuales, seguimos y alcanzamos el número de veintitrés cardenales de nuevo nombramiento».

En opinión de un excepcional biógrafo de Juan XXIII, su resobrino amigo nuestro, el escritor y periodista Marco Roncalli, «se trató de la reforma, realizada a menos de 48 horas de su elección, de una norma vigente desde hacía cuatro siglos».

El sucesor del Papa Luciani, Juan Pablo II, ocupó el número 264º. Siendo polaco, fue el primer Papa no italiano después de siglos en que el último no italiano había sido Adriano VI, de los Países Bajos, papa número 216, cronológicamente tan efímero que ni siquiera sobrevivió dos años a su elección: 9.01.1522-14.09.1523.

El de Juan Pablo II fue uno de los pontificados más largos de la historia: 22.10.1978-2.04.2005. Superó a todos los papas de la historia, individualmente y en conjunto, en el número de beatificaciones (1.338) y de canonizaciones (482), frente a un total, por los demás Papas juntos, de 300 entre beatificados y canonizados.
Benedicto XVI, su sucesor como Papa número 265, fue el primero y único que presentó una dimisión inicialmente incomprendida pero pronto admirada y aceptada por el sentido de humilde responsabilidad que la había motivado. A dicha admiración contribuyó mucho la espontánea sencillez con que la aceptó su sucesor Papa Francisco, agradeciendo con generosa colaboración en algunos casos.

El actual Papa Francisco, felizmente reinante sobre todo en los corazones, ha alcanzado el número de orden 266. Es el papa que se presentó el 13 de marzo de 2013, tras resultar elegido en la quinta votación, como «venido del fin del mundo». Confesaría haber estado a punto de optar por llamarse Juan XXIV, pero no acertó menos eligiendo llamarse, él que fuera con fidelidad un buen jesuita, Papa Francisco, como el de Asís. Un Papa Francisco que se parece, para muchos, a Juan XXIII.

Se le aplaude tanto como se aplaudió a su quinto predecesor. Algún día, la veneración que se le tiene será parecida a la que se tuvo al que él, ratificando el sentir unánime de la humanidad, reconoció el 27 de abril de 2014, de manera canónica e incuestionable, como San Juan XXIII. El Papa Francisco que decidió también declarar Beato -paso inmediato a reconocerlo como santo, a Pablo VI. (Por cierto, hay constancia felizmente indiscreta, de que «en una conversación con un reducido grupo de Obispos italianos, el Papa Francisco manifestó tener una duda con miras a la ceremonia de beatificación de Pablo VI: si vestir la casulla roja o blanca, aludiendo al hecho de que lo considera mártir por todo lo que tal Pontífice tuvo que sufrir por amor de la Iglesia durante su pontificado»).

Reconocemos estarnos alargando un poco. Sólo que ¡es tal y tanta la acumulación de tema! Reconozcamos -uno, el primero – que los papas entre Juan XXIII y Papa Francisco, ellos dos incluidos, han sido todos grandes. Cada uno con una identidad específica.

Pablo VI, el sucesor inmediato de Juan XXIII, tan profundo y recto, por desgracia no fue el más comprendido y respetado en algún país que había pasado, y casi sigue pasando, por ejemplarmente católico. ¡Un Pablo VI Montini tan admirado -y a la recíproca- por un Juan XXIII Roncalli! Cuando ninguno de ellos dos era aún papa, y sí ambos arzobispos, uno de Venecia y otro de Milán, el de Venecia se había dejado escapar, con la sinceridad sencilla que lo caracterizaba, que apenas llegase el caso de elegir a un sucesor de Pío XII, él no tenía la menor duda de que lo «iría a buscar» a Milán, al sucesor de San Ambrosio, de San Carlos Borromeo, y de dos muy destacados cardenales-arzobispos más recientes, Carlo Andrea Ferrari e Ildefonso Schuster.

¿Que cuando la chance se produjo él no mantuvo la palabra? Somos muchos los que conjeturamos otra hipótesis como más probable. En aquel momento Giovanni Battista Montini, Arzobispo de la Archidiócesis más importante de la Iglesia, una diócesis rigurosamente cardenalicia, aún no era cardenal: lo nombró tal su amigo Giovanni XXIII, que es probable empezase votándolo, pero que dejase de hacerlo cuando, en el cónclave que le elegiría a él, se percató de que votar a un no cardenal que estaba ausente era «perder» el voto.

Ocurriría luego, aparte de que nada más ser papa él encabezó la lista de 23 nuevos cardenales con el nombre de Giovanni Battista Montini, que en el Arzobispo de Milán contó con el más convencido colaborador, y que los cardenales que quedaban a la muerte de San Juan XXIII lo eligieron sucesor suyo en el cónclave más breve desde entonces.

Sí, el cónclave que eligió a Pablo VI fue rapidísimo. Alguien llegó a insinuar que pudo haber sido aún más rápido. Que, aunque la noticia de su elección se hizo pública la mañana del 21 de junio de 1963, su nombre ya habría alcanzado la mayoría necesaria de votos la víspera por la tarde. Sólo que, en lugar de dar eco a la gozosa fiesta de dejarse proclamar papa de inmediato, el cardenal Giovanni Battista Montini, abrumado por una responsabilidad -¡honor, para otros!- de la que él se consideraba indigno, habría suplicado a sus electores que aprovechasen la noche para reflexionar mejor en espera de rectificar en una nueva votación al día siguiente. Sólo que, a la mañana siguiente, los votos que habría recibido fueron -habrían sido, en conclusión de la hipótesis- los del total de los electores, menos el suyo.

A este punto, como remate, hay una confirmación muy real, de la que uno tuvo constancia, y también algunos más. Se basa en el testimonio de Loris F. Capovilla, secretario del Papa Angelo Giuseppe Roncalli y -no se olvide- Cardenal centenario (en años) del Papa Francisco. La misma mañana en que aceptó la elección definitiva como Papa, Pablo VI lo llamó por teléfono para decirle que la razón por la que había aceptado el nombramiento papal era para proseguir la obra de Juan XXIII.

Como se sabe, la más ingente, apenas iniciada, era el Concilio Vaticano II. De sus cuatro sesiones, apenas se había llevado a cabo la primera, con titubeos de algunos y oposición de más o menos abierta de otros. Pablo VI, de quien dícese que no lo hubiera convocado pero que desde el primer día respaldó su convocatoria por Juan XXIII, asumió convencido su dirección y lo sacó adelante. Incluso su nada fácil aplicación.
Puede no haber sido la única, pero posiblemente fuera una de las razones por las que el gran Papa Francisco, que sumó coraje a convicción para canonizar a su en tantos aspectos parecido Juan XXIII, decidió en seguida declarar Beato a Pablo VI. ¡Grandes Papas los italiano-lombardos Juan XXIII y Pablo VI, Roncalli uno y Montini otro! ¡Y grande también, ya lo va muy siendo y lleva camino de pronto a serlo más, el argentino-latinoamericano «llegado del fin del mundo» jesuita ejemplar Papa Francisco!
Hay una oración oficial que así suena en latín: Dominus conservet eum, et vivificet eum, et beatum faciat eum in terra. Et non tradat eum in manibus inimicorum ejus. En castellano: Que el Señor lo mantenga, le dé vida y lo haga feliz en la tierra. Y que no lo deje caer en manos de sus enemigos. Hasta los buenos y santos Papas tienen enemigos, remotos y hasta, paradójicamente, en su entorno. ¡Que Dios libre de ellos al buen Papa Francisco. Y que no se vea empujado a dimitir, como su predecesor el Papa Ratzinger…

 

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Autor

Jesús Bastante

Escritor, periodista y maratoniano. Es subdirector de Religión Digital.

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