Antonio Aradillas

Los obispos no piden perdón

"Lo hacen conmayor asiduidad los laicos"

Los obispos no piden perdón
Antonio Aradillas, columnista

El gesto de abrir o cerrar las manos, señalándose el corazón, es ceremonia que estremece, si responde a la realidad

(Antonio Aradillas).- Forzados por circunstancias sobre todo electoralistas, dirigentes políticos españoles se dedicaron con intensidad algún tiempo a «pedirles perdón» a sus potenciales clientes y adeptos. Han gobernado, y gobiernan, con tantas corazas de protección legal, e ilegal, que la corrupción más vil se descubre con facilidad bochornosa, y hasta «enaltecedora». Pero, por fin, y unánimemente, han pedido perdón, siempre con la esperanza, falaz en la interpretación de muchos, de que lo del «propósito de enmienda y devolución de lo robado», es -será- otro capítulo.

Desde este contexto sociológico de doliente actualidad es indispensable acceder a las sugerencias siguientes:

. Todos somos pecadores. Somos humanos -gracias a serlo, somos cristianos-, y la condición de humanos conlleva multitud de tentaciones, deslices, faltas, yerros caídas y culpas, a las que la Teología Moral y la Real Academia Española llaman «pecados», catalogando unos como «graves» y otros -la mayoría- como «leves». Centrando con exactitud y evangelio el tema, la humana condición de «pecadores» provocó, y sigue haciendo efectiva, la venida de Cristo Jesús a la tierra, encarnándose y humanizándose, con el fin de redimirnos… ¡Oh, gloriosa culpa…¡, reconoce y canta la liturgia.

. Y, como todos somos pecadores, al iniciarse la celebración de la Eucaristía – santa misa-, celebrantes y participantes nos reconocemos como tales.. Con las fórmulas del «Yo, pecador…» y los «Kyries» expresamos el dolor y arrepentimiento, con la seguridad de ser perdonados, desde la presunción objetiva del «dolor de corazón y propósito de enmienda». Acompañar las respectivas palabras «por mi culpa, por mi culpa, por mi gravísima culpa…» con el gesto de abrir o cerrar las manos, señalándose el corazón, es ceremonia que estremece, si responde a la realidad, pero que provoca hilaridad cuando se tiene la convicción de que es tal solo un rito más de la ceremonia completa. Invocar la seriedad, respeto, sinceridad y lealtad consigo mismo y con los demás, es supuesto obligadamente religioso, justificación y principio de toda celebración, y más si esta es, o se dice, religiosa.

. El Papa, los cardenales, arzobispos, obispos, sacerdotes y acólitos, con idéntico fervor al que expresan los miembros del clero regular y los laicos, se someten reverentemente a la ceremonia que, para que sea de verdad «celebración- concelebración» del sacrificio de Cristo Jesús por la comunión, habrá de estar avalada por la proyección que ella tenga en la vida personal y colectiva de quienes rezan, o entonan, el «mea culpa». Si la misa no es misa -es decir, «envío» y «misión»- , y la comunión no es «común-unión», la vida no es vida, o tiene poco, o nada, de cristiana, por lo que su participación en la misma no pasaría de ser meramente ritual, o profundamente hipócrita.

. En las misas solemnes oficiadas por las «autoridades» supremas de la Iglesia, el momento de «pedir perdón a Dios Todopoderoso, a los ángeles, a los santos y a nuestros hermanos los hombres», resulta de un patetismo emocionante y conmovedor. Los super-ornamentos sagrados contribuyen a acrecentarlo de manera inviolable. Desde la profundidad de su definición académica, «mueve y agita el ánimo, infundiéndole afectos vehementes y con particularidad, dolor, tristeza y melancolía»

. Pero eso no es todo. No basta con la recitación litúrgica en conformidad y absoluto respeto exigido al ceremonial, incluida la exteriorización del triple gesto -«golpes de pecho»-, que escolta los «mea culpa». A la religión, y mucho más a las misas, no las definen las palabras. A estas las educan, forman y conforman la realidad actual, inspiradas por el ministerio de la siempre necesaria, reforma de la vida de quienes se profesan cristianos en las diversas esferas de sus círculos, jerárquicos o no.

. De poco -muy poco-, servirá en la vida cristiana – jerárquica o no-, que con tantos, o tan pocos, ornamentos, nos limitemos a pedirle perdón «a Dios Todopoderoso» etc. etc.» y no se lo pidamos en la realidad de la vida «a nuestros hermanos los hombres». No pedírselo por estar convencidos de que se hicieron bien -perfectamente bien- las cosas, en conformidad con la doctrina y ejemplos de Cristo, es -sería- artificio, cuento, falsedad y mentira. No pedírselo porque no se tiene conciencia de limitaciones, deficiencias, carencias o vicios personales, equivaldría a forzarse a «vivir en el mejor de los mundos» y «caiga quien caiga».

. Como dato curioso, es imprescindible advertir que las «peticiones de perdón», con propósito de enmienda, se registran con mayor asiduidad en los círculos más subordinados – subalternos- de la Iglesia, por ejemplo, en los laicos, que en los superiores o «eminentísimos». Raramente de estos -Papas y obispos- tiene conciencia el Pueblo de Dios de haberse emocionado y «ejemplarizado» al escuchar, o leer, peticiones de perdón, reconociendo culpas pontificales o curiales, con expresa, humilde y reparadora formulación para el «propósito de enmienda» y reparación.

. Quede constancia además de que los pecados por los que en cristiano es imprescindible pedir perdón en la Iglesia, no tienen por qué identificarse en exclusiva, ni fundamentalmente, con los relativos a las «sexualerías», por graves -gravísimos-, que sean. Los de la justicia superan con creces el número y la importancia.

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Autor

José Manuel Vidal

Periodista y teólogo, es conocido por su labor de información sobre la Iglesia Católica. Dirige Religión Digital.

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