Hoy, Marlon trabaja ayudando a otros niños, aportando su grano de arena, tal y como él fue cuidado. Porque él, como tantos otros, son uno de esos niños que construyen el corazón de la Iglesia
(Jesús Bastante).- Un corazón que va siendo construido por niños, que representa el mundo sostenido por la infancia. La Infancia Misionera, cuya jornada se celebra este 25 de enero, y que este año lleva por lema «Yo soy uno de ellos».
«Tenemos el objeto de conseguir que los niños se familiaricen con Jesús«, señaló en rueda de prensa el director de OMP, Anastasio Gil, quien apuntó en que «todos somos iguales, hijos de Dios, dentro de la diversidad, sin distinción de razas o religiones».
En la presentación, Anastasio Gil denunció «la utilización de los pequeños para el mal», en referencia a distintos atentados ocasionados por Boko Haram en Nigeria, y agradeció la reapertura del hospital San Juan de Dios de Lunsar (Sierra Leona).
A lo largo del año pasado, la Infancia Misionera invirtió 16 millones de euros en 2.868 proyectos pastorales, educativos y de salud en todo el mundo. «Infancia Misionera se distingue de otras obras de OMP porque atendemos estos proyectos sociales», apostilló Gil.
España es el tercer país en donaciones, tras Alemania y Australia, con dos millones de euros, que sirvieron para apoyar 348 proyectos de los que se beneficiaron 218.975 menores en India, Ruanda, Ecuador, Tailandia, Antillas, Liberia, Centroáfrica, Bolivia, Líbano o Madagascar.

Alberto Cisneros es un sacerdote de Soria que desde hace años trabaja con niños en Nicaragua, dentro de un proyecto llamado Fundación Casa Hogar Nuestros Pequeños Hermanos, dedicada al cuidado de huérfanos, abandonados, en situación de riesgo o de extrema pobreza. Junto a él, también participó en la rueda de prensa, Marlon Eduardo González, de 23 años, que creció en el hogar y hoy ofrece sus talentos a los niños que le sustituyeron en el hogar.
Cisneros hizo una breve pincelada de su vocación misionera, que arrancó a finales de los años 80 en los Combonianos de Madrid. «Descubrí un Cristo que se hacía realidad entre los jóvenes, y que no era un Cristo teórico«, informó, señalando cómo «ellos -los chicos- me han dado la alegría de la vida».
Hace cinco años, tras el terremoto de Haití, Alberto consiguió ser enviado como misionero, esta vez a Nicaragua. «Descubrí que la misión era el lugar que Dios había puesto en mi vida«. Desde la Casa Hogar atienden a chicos desprotegidos, sin familia ni oportunidades, «para que nuestros niños y jóvenes puedan tener las mismas oportunidades que cualquiera».
Por los hogares de Nuestros Pequeños Hermanos en todo el mundo han pasado más de 18.000 niños. «El más pequeño ahora mismo tiene cuatro años, y mayores como Marlon, jóvenes que superan la veintena y ahora están en la universidad».

«Yo que soy célibe por el sacerdocio me convierto en padre de 300 hijos. Es una experiencia realmente hermosa ayudar a estos hijos que Dios nos ha prestado para que podamos sacarlos adelante», añadió, incidiendo en que «nuestra casa es una casa sagrada», con «niños que ha sufrido mucho».
«Si nosotros hubiéramos pasado por sus situaciones –niños huérfanos, abusados, maltratados, que han trabajado explotados en los mercados… tan duras-, no sé cómo hubiéramos podido salir adelante. Frente a sus problemas, nosotros relativizamos los nuestros. Ellos son capaces de perdonar las heridas que han sufrido y seguir adelante. Son agentes de misericordia, de bondad. Eso es algo que nos empuja a seguir queriendo trabajar», confesó Alberto Cisneros.
«Nosotros podemos trabajar porque se nos ayuda desde fuera. Nos ayudan, nos ayudáis, es la Providencia la que nos cuida«. 60 años cuidando de miles de niños ininterrumpidamente «es mucha Providencia», bromeó.

Por su parte, Marlon Eduardo González señaló que «yo soy el fruto de estas Obras Misionales». Sus padres se divorciaron y él pasó a vivir con su abuela. Cuando su madre murió de cáncer y su padre se volvió a casar, Marlon fue enviado a la Fundación Nuestros Pequeños Hermanos.
«Desde ese momento me preparé para la vida. Terminé la Secundaria, me han dado la oportunidad de estudiar en una Universidad (ahora termina sus estudios de Ingeniería Informátia)», recordó.
«Ellos son mi familia, la que siempre quise tener», recalcó. «Mis hermanos -son tres- pudieron vivir con ellos también. Hoy estamos muy unidos, somos inseparables». En cuanto a su padre, que tuvo problemas con el alcohol durante décadas, la comunicación no es la más completa.
«En Nuestros Pequeños Hermanos tenemos cuatro pilares: estudio, trabajo, respeto y amor incondicional a Dios», los que el fundador, el padre Watson, dejó a la fundación. «Somos una familia, y yo soy el fruto de esto». Hoy, Marlon trabaja ayudando a otros niños, aportando su grano de arena, tal y como él fue cuidado. Porque él, como tantos otros, son uno de esos niños que construyen el corazón de la Iglesia.




