Antonio Aradillas

Los miedos del Papa Francisco

"No le tiene miedo a nada ni a nadie. Ni siquiera se tiene miedo a sí mismo"

Los miedos del Papa Francisco
Antonio Aradillas, columnista

Al Papa lo queremos de verdad y estamos evangélicamente de acuerdo con su forma de pensar, de ser y de actuar

(Antonio Aradillas, sacerdote).- Hoy por hoy, el Papa Francisco no le tiene miedo a nada ni a nadie. Ni siquiera se tiene miedo a sí mismo. Por algo eligió apellidarse y distinguirse con el sobrenombre de «Francisco». Al de Asís, » le costó Dios y ayuda» regular canónicamente su Congregación- unión entre compañeros y amigos, ante las dificultades curiales que le imponía el Papa, de que habría de mantenerse con las rentas de sus propiedades, al estilo de las opulentas y acaudaladas abadías, no queriendo acceder a ello «el Pobrecito», alegando que tales bienes habían de contar con defensas para impedir su usurpación, o robo y, por tanto, hacerse partidario de ejercer la violencia, y menos «en el nombre de Dios»

El Papa Francisco no posee nada, ni a su nombre ni al de sociedades pantallas o intermedias, por lo que le es esencial la carencia de temores, con sus correspondientes turbaciones, acoquinamientos, cobardías y pusilanimidades, en la pluralidad de conceptos y expresiones empleadas por el uso popular o el científico-legal. A la muerte, Francisco no le tiene miedo, por cristiano, y menos, por Papa. Ella es -será- un episodio en su vida, con plena conciencia de que por la fe, con-vive y con-muere, por oficio y por ministerio, en Cristo Jesús, a quien intenta encarnar como su «vicario» – obispo de Roma-. Tal contingencia la asumió con veracidad y humildad, lo que a los responsables directos de su seguridad personal le está suponiendo intensos dolores de cabeza. Él lo sabe, y así lo comenta entre sus amigos, con petición de disculpas por sus «atrevimientos».

Quienes por la gracia de Dios, no somos «Papas» ni tampoco «Franciscos», lo queremos de verdad y estamos evangélicamente de acuerdo con su forma de pensar, de ser y de actuar y, por lo que respecta a «los miedos del Papa», y a la proyección de los mismos en el pueblo de Dios y en el mundo en general, en cuyos «rankings», catálogos e índices de valoraciones ocupa los puestos primeros, nos hacemos, entre otras, estas reflexiones:

. Son muchas, y «ponderadas», las personas e instituciones «católicas, apostólicas y romanas» a las que el Papa Francisco descalifica y «anatematiza» de alguna manera en la práctica, como anticristianas, o a-cristianas, clamando por su desaparición o remoción de quienes están al frente de las mismas, sustituyéndolas por otras , animadas por criterios, ideas y procedimientos pastorales y evangélicos «más de su estilo».

. Apuntar concretamente a la Curia Romana, a sus devotos y continuadores de su espíritu y talante burocráticos en las diocesanas, y en tantos otros organismos, cámaras y camarillas clericales, por muy jerárquicas que sean, como fuentes y manaderos de imposibles miedos «franciscanos», no es atrevimiento o temeridad. Es pensar generalizado.

. El feroz e indómito convencimiento de algunos de que el Papa -este Papa- está equivocado, es hereje, sobrepasa, o está ya a punto de sobrepasar, los linderos de la firme ortodoxia, es infiel a las «sagradas tradiciones», al Código, al «Nos», a los turíbulos, a los palacios, al «sábado» al poder, a los capisayos y a las rentas en
esta vida y en la otra, justifica multitud de miedos. Solamente al claror de convencimientos carentes de fe, de teología y de Iglesia son comprensibles determinadas reacciones en contra del Papa, unas ya conocidas con detalles y documentos, y otras todavía misteriosas y veladas, pareciendo de todo punto imposible e inimaginable que personas e instituciones que se intitulen «eclesiásticas» o «religiosas», sigan empeñadas en el rezo ferviente del «ilumínalo o elimínalo», con referencias expresas para el nuevo morador de la residencia de Santa Marta, auto- expulsado de los imponderables Palacios Vaticanos.

. Tan solo compasivos diagnósticos médicos, al margen de la eclesiología, de los cánones y de las obras de misericordia, podrán aportar explicaciones lejanamente aplicables a empedernidas -petrificadas- reacciones que se registran en episcopologios, estamentos jerárquicos, grupos y movimientos «religiosos», empedernidos en la defensa de sus posiciones «para mayor gloria de Dios» y como obra única, o predilecta, en la Iglesia.

. Tendría características propias de insondable misterio avizorar en el horizonte de la historia real la quimérica contingencia de que los miedos de un Papa, y más si se llama Francisco, pudieran alcanzar alguna explicación dentro, o en los anejos, de Casas Profesas, cenobios, claustros , dicasterios, curias, cancillerías o cualquier otro lugar, o institución, con connotaciones y apellidos «sagrados». Si la explicación a estos miedos se asentaran en embajadas, mezquitas, sinagogas, logias o en cenáculos mafiosos, resultaría más asumible.

. Apuntar hacia «sectores radicales conservadores de la Iglesia», con intensiva cita a nombres y apellidos, con directa relación a comportamientos del Papa respecto a evitar la marginación de la mujer dentro de la institución, negativa a los ritualismos, y actitudes palaciegas, respeto, admiración y reconocimiento de los valores humanos sobre los mismos cristianos, diálogo con el Islam y con el judaísmo, blanqueo de fondos bancarios vaticanos, silencios cómplices, y algo más con la pederastia, concepción pastoral y tantas otras actividades «franciscanas» en la administración y presentación de la llamada «Iglesia de los pobres», en muchos otros no «Franciscos» levantarían torrenteras de miedos y preocupaciones al comprobar tan graves dificultades como surgen en la tarea sacrosanta de la urgente y profunda re-fundación que precisa la Iglesia.

Autor

José Manuel Vidal

Periodista y teólogo, es conocido por su labor de información sobre la Iglesia Católica. Dirige Religión Digital.

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