Votar, una ocasión para hacer el bien

Elecciones municipales y autonómicas, ¡que sean para bien!

Un acto éticamente correcto y meritorio

Elecciones municipales y autonómicas, ¡que sean para bien!
Un grupo de monjas acude a votar. EFE

Unas décadas -del siglo XX- en las que, en este país que se llama España, no se votaba mientras, ya votaban por ahí fuera, en países que se habían estrenado y llevaban viviendo -unos más largamente y mejor que otros- en democracia

(José Luis González Balado).- Dentro de pocos días -¡24.05.2015!-, estamos todos convocados, salvo los que no hayan alcanzado la mayoría de edad- a elecciones municipales para ayuntamientos y comunidades autónomas.

Tras arranque tan obvio y prosaico, cabe el interrogante que uno se plantea antes de que se lo plantee el lector: ¿qué encaje tendrá, en una cabecera de… digitalidad religiosa un tema profano y tirando a político?

Uno se expuso conscientemente a que quienes dirigen tal digital cabecera arrojasen al cesto de los papeles un trozo no expresamente solicitado. Constatado que no lo han hecho, tampoco sé ni pretendo que quienes me vayan a leer tangan que estar de acuerdo con lo que uno, convencido, ha logrado «colar» sobre un tema de apariencia más política que religiosa.

En todo caso, por respeto -¡y aprovechamiento!- del espacio disponible, me dejaré de preámbulos inútiles puesto que las elecciones ya están encima. Y a esperar, con justa curiosidad, los resultados, sin duda más deseados por unos que por otros, pero determinados por la conducta «electora» de unos y otros antes aún del momento y acto en que otros y unos -en total, millones- depositaremos la papeleta en las silentes urnas.

La votación que estamos a punto de realizar es un acto tanto o más de apariencia que -pero también- de realidad política. Uno vivió ya algunas décadas «españolas» del siglo pasado, aparte de las que ya van de éste. Unas décadas -del siglo XX- en las que, en este país que se llama España, no se votaba mientras, ya votaban por ahí fuera, en países que se habían estrenado y llevaban viviendo -unos más largamente y mejor que otros- en democracia.

Obvio: en ellos la política se vivía y hasta disfrutaba más que en este país nuestro donde se trataba de hacernos creer -había quienes creían o fingían creer- que lo nuestro era mejor que lo de ellos.

Fuera de aquí, votaban. Nosotros no teníamos ocasión ni permiso de hacerlo. Y no faltaban quienes, desde arriba y hasta desde al lado, lo despreciaban con más fingida que sincera convicción.

Uno recuerda por ejemplo que, en Italia, donde tras cursar estudios de orientación religioso-clerical hacía prácticas de periodismo en un semanario político-religioso denominado Orizzonti, al tiempo que cubría una especie de corresponsalía hacia algún medio de su lengua materna, era testigo, con más bien disimulada envidia, de votaciones que en la España de entonces no sólo no se daban sino que hasta había quienes las despreciaban o más bien fingían hacerlo.

Aquí, e incluso allí, había colegas que disimulaban su añoranza/envidia de que, de vez en cuando, allí hubiese y aquí no votaciones libres y concurridas, afirmando ellos no… «ser políticos».

Pretendían insinuar ser despreciable política lo que coetáneos italianos y de otras etnias, mayores de edad como ya éramos también nosotros, ejercían acudiendo a votar de vez en cuando.

Uno recuerda asimismo que lo de votar, en los comienzos de aquella Italia democrática con casi-residuos de una dictadura mussoliniana, había empezado sufriendo algo parecido a una disimulada sobrevigilancia eclesiástico-vaticana orientada a evitar todo mínimo residuo de tinte más o menos nenniano o togliattiano. (Pietro Nenni y Palmiro Togliatti eran, o habían sido, en Italia, símbolos y exponentes prototípicos de los partidos Socialista y Comunista).

Inicialmente, la especie de sobrevigilancia eclesiástico-vaticana, en tiempos de una rigidez que sólo desaparecería con la llegada de Papas que se llamaron Juan XXIII y Pablo VI, la ejercía sobre todo un eclesiástico motejado de carabiniere que por su probable buena fe es de suponer esté ya desde largo en el cielo: el inolvidado famoso Cardenal Alfredo Ottaviani.

Cuando vinieron Juan XXIII y Pablo VI las cosas cambiaron. Allí, y en parte también aquí. En Italia se dijo desde arriba, con relación a hombres que se llamaron Alcide De Gasperi, Aldo Moro, Amintore Fanfani y otros, que di certe cose se ne intendono più di noi (de algunas cosas sabían más que ellos). Y que era pues el caso de lasciarli fare! (no ponerles tropiezos). Y desde luego se abstuvieron de ponerles obstáculos cuando ellos y otros consideraron llegado el momento de dejar paso a lo que, en un italiano comprensible, se denominó apertura a sinistra.

Llegados aquí se podría seguir por otros derroteros, como también se puede dar por interrumpido tal complejo discurso. Aunque no si el lector tiene todavía un poco de paciencia y uno cree -¡que sí!- poder añadir algo más, relativamente pertinente.
Traídos a colación dos Papas que fueron Juan XXIII y Pablo VI, sin por supuesto descuidar a alguno aún más reciente como el Papa Francisco -llegado de tan lejos como… «el fin del mundo»-, no es el caso de «despedirlos» sin un poco de muy cordial consideración. Aunque para no alargarnos en exceso ahora que ya el sol despierta pereza, nos limitaremos al sufridísimo, por incomprendido pero culto como pocos Papa Montini. El cual, en fecha 14 de mayo de 1971, conmemorando el 80 aniversario de la encíclica Rerum novarum de León XXIII, publicó una «carta apostólica» titulada Octogesima adveniens de la que se desprenden orientaciones y juicios sin duda novedosos sobre un concepto tan en apariencia remoto como la política. (¡Una política que nos parece tener algo o bastante que ver con las elecciones municipales y autonómicas que están al caer!).

En su carta apostólica, el agudo y profundo Pablo VI deslizó expresiones que así suenan: «Tomar en serio la política en sus diversos niveles -local, regional, nacional y mundial- es afirmar el deber de cada persona, de toda persona, de conocer cuál es el contenido y valor de la opción que se le presenta y según la cual se busca realizar, colectivamente, el bien de la ciudad, de la nación, de la humanidad. La política ofrece el camino serio y difícil, aun sin que sea el único, para cumplir el deber grave que los cristianos tienen de servir a los demás. Sin que pueda resolver ciertamente todos los problemas, el político se esfuerza por aportar soluciones a las relaciones de las personas entre sí…»

Y dice también Pablo VI en el mismo documento: «Ciertamente el término política suscita muchas confusiones que deben ser esclarecidas. No obstante, es cosa de todos sabida que, en los campos social y económico, tanto nacional como internacional, la decisión última corresponde al poder político, que constituye el vínculo natural y necesario para asegurar la cohesión del cuerpo social, cuya finalidad es la realización del bien común…»

Llegado a este punto, uno es consciente -¡y lo confiesa!- que le ha costado entrelazar un razonamiento tan enrevesado como sincero. Y que ha llegado a la conclusión, bien intencionada, de que acudir a votar el próximo día 24 no deja de ser un acto no sólo cívico y político sino también éticamente correcto y meritorio. Siempre, obviamente, que uno otorgue su voto responsablemente a opciones sobre las que tenga la razonable previsión de que harán uso de él en beneficio de la ciudadanía. Votar, dígannos o háyannos dicho quienes aquí mandaron, puede y debe ser una ocasión de hacer bien. Es sólo cuestión de hacer uso de la inteligencia y buen voluntad de las que, como seres humanos, se nos ha dotado.

Autor

Jesús Bastante

Escritor, periodista y maratoniano. Es subdirector de Religión Digital.

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