Antonio Aradillas

Santuarios-bancos

La Iglesia, y la Iglesia de los pobres

Santuarios-bancos
Antonio Aradillas, columnista

Religión sin piedad, sin misericordia y sin la ayuda integral necesaria facilitada por el resto de la comunidad, jamás revalidará tal título

(Antonio Aradillas).- Más que si se tratara de una incógnita y un insondable secreto, les resulta a muchos averiguar, desvelar y revelar si la Iglesia es, o no, rica. Para la mayoría, cristianos o no, sus riquezas son todo un misterio -«cosa inaccesible a la razón»-, término y concepto que en el resto de las acepciones académicas explican definiciones tales como «cosa secreta e incomprensible», «negocio muy reservado», «ceremonia de culto de algunas divinidades» y, sorprendentemente, «cada uno de los «pasos» de la vida, pasión y muerte de Jesucristo, considerados por separado», junto con la representación teatral medieval de los mismos».

Son tantas las expresiones y versiones de las que son legítimas, y aún legales, poseedoras las «riquezas», y más las consideradas «eclesiásticas», que su valoración real sobrepasa los misterios más inexplicables que configuran la religión cristiana, con inclusión preferente de su condición «católica, apostólica y romana».

No obstante, el hecho ciertamente constatado es que, con documentos o sin ellos, y «matriculados» o en vías de serlo algún día sus bienes, la Iglesia como institución, y quienes la representan jerárquicamente, se inscribe entre los estamentos más ricos, hacendados, opulentos e influyentes del organigrama cívico- social actual, identificado en gran parte con el mundo occidental más culto y desarrollado. La fama de «Iglesia, igual a riqueza», sobrepasa en número y en «calidad» de opiniones y apreciaciones, a la de la «Iglesia de los pobres», por definición evangélica, recordada y re-evangelizada hoy por el Papa Francisco en determinados y singulares gestos, ademanes y aspectos.

. Y es que, entre otras cosas, y como exteriorización y presentación de la misma piedad, la ofrenda y donación de bienes de fortuna a imágenes y advocaciones de Cristo, Vírgenes, santos y santas por parte del pueblo, fue y sigue siendo, favorecida como únicos, o fundamentales, signos de religiosidad, de fe y creencia. Tal teología y concepción de la Iglesia llegó en multitud de casos a convertir santuarios, altares, catedrales, ermitas, templos, oratorios y capillas en otros tantos joyeles en los que coronas, anillos, diademas, aderezos..., alhajan lugares tan santos, hasta superar en valor material el de los más ricos museos, con la diferencia «misteriosa» de que estos -los civiles- son considerados y estimados como del pueblo, mientras que los de la Iglesia lo son de la Iglesia, con posibilidades muy reducidas -nulas- de su enajenación, aún en tiempos colectivamente muy «recios».

. La desorientación de la verdadera piedad en temas relacionados con riquezas- religión sorprende no solo a incautos, inocentes e ingenuos, sino a previsores cultos y prudentes, por la sencilla y comprensible razón de que lo religioso tiene mucho de «tabú», inviolable y sagrado, resultando su reconversión tarea y misión más lenta y, por ahora, hasta impensable. Es largo el camino a recorrer hasta llegar a la conclusión de que lo religioso, para serlo de verdad, y para que sea aceptado y reconocido por Dios y sus instituciones con tal condición y categoría, habrá de haber beneficiado a la humanidad en sus esferas y círculos más necesitados y pobres. Religión sin piedad, sin misericordia y sin la ayuda integral necesaria facilitada por el resto de la comunidad, jamás revalidará tal título, y menos, este podrá servir de esquema y organigrama considerado como cristiano.

. La sugerencia es así de simple y de evangélica: todo santuario, lugar y referencia de fe, catalogados entre los representativamente cristianos y piadosos, habrán de poner a disposición de los pobres las riquezas de las que en su día fueron depositarios, gracias a desviadas orientaciones «espirituales», no pocas de ellas al dictado de intereses «sagrados» fundacionales de sus respectivos responsables y posteriores administradores. La inoperatividad de tales riquezas, y la pagana exhibición de las mismas como objetos de religiosidad y de culto, las profanan y desdoran.

. Por aquello de «doctores» -en este caso, laicos- tiene la Iglesia….», habrían de ser expertos en la materia quienes descubran y activen las fórmulas convenientes para que, sobre tales y tantas riquezas, se creen organismos e instituciones con las requeridas garantías para redimir laboral y profesionalmente a personas, colectivos, comarcas y territorios de la demarcación en la que se ubican tales joyeros- santuarios, sin prescindir de otras ayudas como las estatales, sobre bases lógicas de la exigente preparación y capacitación anterior de los individuos, con total transparencia en procedimientos y ulterior administración.

. Soluciones técnicas existen, con rentabilidad y éxito comprobados, aún en los más inclementes periodos y situaciones de crisis. Las riquezas, censadas, y por censar, de la Iglesia, habrán de estar, y ponerse, por encima de todo, al servicio del prójimo, sin exclusión o privilegio de ninguna clase, y menos por motivos de sexo o de religión. La gracia de Dios, el atrevimiento y buenas dosis de audacia, son -serán- garantías de acierto.

Autor

Jesús Bastante

Escritor, periodista y maratoniano. Es subdirector de Religión Digital.

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