Gregorio Delgado del Río

Las razones de una reforma

"Estamos ante una cuestión de conciencia del fiel, no del juez"

Las razones de una reforma
Gregorio Delgado

En el logro de tan antievangélico objetivo, se pusieron a contribución toda clase de esfuerzos

(Gregorio Delgado).- Si con alguna cosa se había ‘obsesionado’ la Iglesia, era con la indisolubilidad del matrimonio y, en consecuencia, con todo lo que rodeaba las llamadas ‘causas de nulidad’. En su tratamiento -por muchos matices que se realicen- se advertía para quien quisiera verlo una constante contradicción o un poner a prueba la esencia misma del mensaje evangélico. Se diga lo que se diga, lo cierto era que la Iglesia, a través de la actividad de muchos Jueces y Defensores del vínculo, no se acercaba o aparecía, ante el hombre que sufría y esperaba, con el rostro de madre que escucha, comprende y apoya. Aparecía, por desgracia, con la cara de juez inflexible y condenador, que retrae y aleja. ¿Qué estaba ocurriendo?

Algo muy sencillo, a mi entender. La patológica obsesión a favor del ‘sacrosanto valor del matrimonio’ llevó a muchos -en todos los niveles del gobierno eclesiástico- a una auténtica cruzada para defender, en el fondo, una cierta apariencia o mentira institucional, que ocultaba una realidad y una verdad, que no se quería aceptar, pero que estaba ahí y era ineludible. Se daba, de este modo, por buena una patente contradicción con lo que se decía era la naturaleza del proceso: un instrumento pensado para la búsqueda de la verdad del matrimonio concreto, objeto del mismo.

Para otorgar el protagonismo pensado a tal mentira institucional (pura ideología), se construyó todo un mito justificador («el divorcio católico»), absolutamente falso, que se utilizó a tope para amparar una reacción desmedida y desproporcionada frente y contra la declaración de nulidad del matrimonio. En el logro de tan antievangélico objetivo, se puso a contribución toda clase de esfuerzos, muy bien orquestados, coordinados y dirigidos. No cejaron en su empeño, buscaron introducirse en muchos Tribunales, redactaron interminables sentencias para sentar la que ellos estimaban doctrina verdadera, aplicaron criterios muy restrictivos a la hora de interpretar y valorar los hechos que pudieran favorecer la nulidad, pusieron demasiadas trabas a un desarrollo fluido del proceso, aparecieron ante los esposos como hombres lejanos y desconfiados, etc. etcétera. Incluso -aunque les pueda molestar a muchos- llegaron a reforzar conceptos, concepciones, modos de entender, valoraciones y estimaciones sobre capacidad, maduración, validez -siempre discutibles- con la autoridad que supuestamente emanaba de un discurso papal. Todo ello se hizo a costa de las personas, de los fieles, de los esposos, de los auténticos protagonistas de la realidad matrimonial.

Se olvidó -no se quiso ver lo evidente- un principio esencial, muy querido por el papa Francisco, que «la realidad es superior a la idea». La realidad personal de cada uno de los contrayentes era la que era en el caso concreto y no otra. El proyecto de vida en común se configura de un modo concreto y determinado por los propios contrayentes, quienes, en el fondo, son los únicos que saben y conocen su grado de compromiso con el mismo. Esta realidad ha de imponerse y ser superior a cualquier ideologización del matrimonio en abstracto. Lo que está en juego no es el matrimonio como institución. Lo que está en juego son las personas que, con sus irrepetibles circunstancias personales, con sus aptitudes y con su compromiso, un día decidieron caminar juntos por la vida y ahora, con dolor y pesar, verifican que ya no es posible. ¿Cómo escucharlos?

La realidad -que nunca debe ignorarse- tiene que ver con el modo cómo, en cada momento del tiempo, muchos se acercan al altar y contraen matrimonio canónico. Tal realidad -aunque no sea la que guste a muchos- es innegable: son muchos los esposos, que han pasado por el altar, pero no necesariamente por ello participan, ni aceptan, ni hacen suya la concepción católica del matrimonio, ni se comprometen en un proyecto futuro de por vida, ni acreditan la madurez personal mínima exigible. Así es la vida. ¿Qué sentido tiene, entonces, negar la realidad y defender -casi a ultranza- una mera apariencia?

Cuando uno es consciente del complejo mundo que hemos insinuado con anterioridad, celebra y aplaude la reforma papal. Ya, en 1994, era consciente de toda esta problemática y la expresé de este modo: «Estamos ante una cuestión de conciencia del fiel y, en consecuencia, debería resolverse como tal. En concreto, bastaría que el creyente se acercara a la Iglesia a exponer su problema y ésta resolvería sin mayores trámites. Para ello, es básico partir de la confianza total en la verdad del fiel. Siempre he admirado un viejo argumento, que históricamente ha servido para dulcificar multitud de instituciones jurídicas del derecho romano, la ‘ratio peccati’. Quien miente, peca, y quien peca, se condena. Que el fiel exponga llana y sencillamente su estado de conciencia en torno a su problema y que la Iglesia lo escuche en la seguridad de que dice la verdad y posteriormente juzgue».

Para emitir tal juicio, creo, sinceramente, que no es necesario ningún complejo proceso jurídico ni acudir a diferentes instancias jerárquicas. Las cosas me parecen mucho más sencillas. Es, en el fondo, un problema de fe, de amor a la verdad y a la justicia. Personalmente, me acojo a las palabras de Mateo: «Misericordia quiero y no sacrificios» (12,7).

Autor

José Manuel Vidal

Periodista y teólogo, es conocido por su labor de información sobre la Iglesia Católica. Dirige Religión Digital.

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