César Luis Caro

Remontar Nochebuena

"Me acuerdo de quienes se ven obligados a las lágrimas"

Remontar Nochebuena
César Caro, columnista

Mis melancolías larvadas se envalentonan y las espinas de todas las desgracias compartidas duelen en su silenciosa fiereza

(César Luis Caro).- Hoy toca una historia entrañable, de esas que te reconcilian con la vida y te animan a confiar más en la bondad del ser humano y a creer que hay un Dios. No es tampoco nada excepcional, pero me hace mucho bien en un día como éste, en el que siempre mis melancolías larvadas se envalentonan y las espinas de todas las desgracias compartidas duelen en su silenciosa fiereza.

Porque en nochebuena, desde hace años, no sé por qué, me acuerdo de quienes se ven obligados a las lágrimas porque han perdido hace poco a un ser querido o han soportado un gran dolor. Y envío unas flores, o una maceta, o paso por una casa un poco de puntillas, titubeando por no saber si mi presencia es un incordio más o alivia un poco el aguacero emocional.

Y así me ha agarrado el whatsapp de mi gran amiga Luisa, compañera de carrera en mis años de Sevilla; química experta en tratamiento de aguas y análisis de calidad de alimentos; y sobre todo persona adornada de una rara sabiduría que la rodea con un aura allí donde va, y se transmuta en calma y sensatez. Su conversación me ha abierto a la Navidad, sin postizos ni espumillón, la Navidad simple en su ternura. Ahí va:

«Tengo que darte una triste noticia. El jueves por la noche falleció mi madre. La leucemia se ha acelerado mucho en los últimos dos meses. Solo una semana de hospital. Campeona hasta el final.

He vivido con ella una semana intensa, día y noche, todo el proceso de su muerte. Una semana de muchos recuerdos compartidos, hemos visto fotos, nos hemos dado mil besos y abrazos y nos hemos dado las gracias mutuamente. Dentro del dolor ha sido sereno y hermoso.

Nos deja un mensaje claro con sus ganas de vivir hasta el final, ha padecido mucho dolor, pero por encima estaba la vida. El dolor no tiene la última palabra, ella se negó a que la tuviera.

El domingo echamos a volar sus cenizas desde el monumento del corazón de Jesús en San Juan de Aznalfarache; desde ese lugar lleno de paz hay unas vistas preciosas de Sevilla, la ciudad que tanto amó.

«César, ella ya vuela sin dolor, libre, hacía un poco de aire, con sus cenizas nos dio su último abrazo. Ya le tenía su regalo de reyes apartado para su nieta y sus hijas. Gracias infinitas a mi madre, que me ha enseñado muchas cosas con su vida y con su muerte. Mi mamá Fali».

Ahora sé de dónde le viene a Luisa su genio prudente: de su mamá, una persona pequeña con un alma infinita y hermosa. Gracias Fali, por estar aquí este día luminoso y terrible, y ayudarme a despegar. En el mismo nombre de tu nieta, la hija de Luisa, está ya tu impronta: Sofía.

Feliz Navidad.

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Autor

José Manuel Vidal

Periodista y teólogo, es conocido por su labor de información sobre la Iglesia Católica. Dirige Religión Digital.

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