"Robar la palabra es exiliar en la propia tierra"

¡Está muy malito! ¡No puede hablar! ¡Ya no habla!

"A pesar de los 'quemalibros' tenemos muchos libros"

¡Está muy malito! ¡No puede hablar! ¡Ya no habla!
Letras galegas

¿Habrá algo más serio que la palabra?

(Xaquín Campo Freire).- ¡Cuánto me impresionó leer en estos días la maravillosa fiesta que hicieron en el pueblo de Dios al recuperar comunitariamente una copia del libro de la Palabra que por las persecuciones habían perdido en el exilio! (Neh 8, 2-10). Y he de confesar que sentí envidia. Hoy estamos viviendo un verdadero drama a escala mundial. Los pobres, todos los pobres, perdemos la palabra. Nos robaron la palabra.

Aquellos israelitas piadosos habían perdido en Babilonia el uso comunitario del Libro de la Palabra. Y eso ya es un drama. Pero personal y familiarmente conservaron la Palabra. No puedo olvidar a D. Jesús Vázquez, consejero de educación y cultura en Galicia, cuando mandó quemar cientos de miles de libros de texto en lengua gallega. Se trataba de robarnos la palabra comunitaria. Exiliados en la propia tierra. ¡Debe estar bien orgulloso del éxito de tal batalla!

Pero con ser eso grave, lo peor no es la quema de los libros, la pérdida de los libros. «Os libros arden mal», escribió nuestro Manolo Rivas. Aquellos israelitas seguían siendo fieles a la Palabra. Por eso fueron capaces de hacer fiesta grande con llantos de emoción incluidos. Porque no habían perdido la Palabra. Ni al Dios que los quería con habla «de suyo» y con palabra libre en un país de libertad.

Hoy a pesar de los «quemalibros» tenemos muchos libros. Pero estamos en riesgo de perder la Palabra y el sentido de la Palabra. Hoy, como nunca, se dice que las palabras las lleva el viento. ¿Y llevará también el viento a los hombres y mujeres de palabra y con palabra? «Los periódicos aguantan de lo que se les pone», dice el antiguo refrán popular. Por eso no tienen palabra de fiar. ¿Los «profesionales de la palabra», políticos, docentes, escritores, economistas, banqueros, clérigos de todas las religiones, periodistas, radios, TV, jueces y abogados, personal del mundo sanitario, padres y madres, etc. somos gente de fiar en nuestros discursos? ¿Habrá algo más serio que la palabra? ¿Y en las nuevas redes sociales: Facebook, twitter, YouTube, etc., qué valor ético tiene el auténtico valor de la palabra? La Palabra, si cumple las condiciones de verdadera, justa, auténtica, sincera, humilde, etc., se emite, se da y se compromete para ser cumplida:

«Su palabra vale más que un documento», escuché muchas veces en mi pueblo natal a mis mayores. ¡Qué decepcionante es la mentira, el engaño, el bochorno, el insulto, el acoso, la trampa, la calumnia, el embrollo, la falsedad, la corrupción, el abuso, el ninguneo, el menosprecio, el arrastramiento, la adulación, el «hacer la pelota» o el ir de testigo falso, etc.! Si la palabra no genera confianza, la vida se vuelve un infierno. Los labradores y los pescadores de esta tierra gallega, los de los astilleros de Ferrol, los jóvenes con tres licenciaturas, los precisados de las ayudas sociales, etc., ya no se fían de las palabras.

Los bancos, con la maldita letra menuda y otras engañifas, también queman la confianza. No tienen palabra. Estamos perdiendo comunitariamente el poder significativo de la Palabra. Pero a pesar de eso, surgen clamores por todas partes para recuperar el habla, las hablas, la palabra y las palabras.

No se puede ahogar la palabra de nadie. A las mujeres muertas y abusadas lo primero que se les roba es la palabra. Se las enmudece. Y a los pueblos sometidos también. Y a los niños, y a los discapacitados, y a los sin techo, y a los parados, y a nuestros ancianos, y a los presos, y a los violados, y a los enfermos y a los trashumantes, etc. Incluso al funcionariado les «tapamos la boca». Los obligamos a mentir y a disimular tantas veces: » Mire, D. Fulano hoy no vino». Y le estamos viendo por su ventana o tenía obligación de venir y estar.

Somos pueblo gracias al habla. ¡Qué razón tenía el profeta civil de nuestra tierra, Manuel María, Letras Gallegas 2016: «Seríamos, sen fala, uns ninguén, unhas cantas galiñas desprumadas. Os nosos inimigos saben ben que as palabras vencen ás espadas»! Y esto vale para todo mundo. Tenemos que recuperar la Palabra, el habla y las hablas. Respetar la palabra y respetarnos a nosotros mismo en nuestra palabra y en nuestras palabras. Recuperar la emoción de la Palabra. De lo contrario seremos unos alienados. Seremos «de los otros», unos ajenos en nosotros mismos.

Tener palabra propia, de nosotros, «pueblo común». Recuperar la Palabra y la emoción de la palabra, como aquel pueblo de Dios de antaño. Y este es el sentido primitivo y primigenio del domingo: descansar para dedicarlo a la Palabra y al cultivo de la palabra. Reparar los destrozos de las palabras malditas y mal dichas.

Porque la palabra maltratada está clamando por su justicia restaurativa y por el perdón pedido, dado y recibido. «Y la Palabra acampó entre nosotros y en nosotros. Vino a los suyos pero los suyos no la reconocieron. No la recibieron». Y esto es un drama. Volvamos a ser fieles a la Palabra y a la palabra. Que bien se entiende cuando decimos: «¡Qué malito está! ¡Ya no habla! ¡No nos puede hablar!». Es ya una persona sin palabra. ¡Se acabó!

Autor

José Manuel Vidal

Periodista y teólogo, es conocido por su labor de información sobre la Iglesia Católica. Dirige Religión Digital.

Recibe nuestras noticias en tu correo

Lo más leído