Josep Miquel Bausset

50 años de «Volem bisbes catalans»

"Es conveniente que un obispo sintonice con la tierra y lengua a la que sirve"

50 años de "Volem bisbes catalans"
Josep Miquel Bausset

La nación tiene un derecho fundamental a la existencia y a la soberanía espiritual

(Josep Miquel Bausset).- La campaña «Volem bisbes catalans» (Queremos obispos catalanes) surgió en Cataluña en febrero de 1966, ahora hace cincuenta años por medio de diversas pintadas, en señal de protesta por el nombramiento del obispo de Astorga, Marcelo González Martín, como arzobispo-coadjutor de Barcelona.

La campaña fue, al mismo tiempo, una protesta hacia el régimen franquista que, gracias al Concordato de 1953, permitía a Franco el privilegio de presentar al Vaticano una terna de nombres (un derecho al cual nunca renunció el dictador, a pesar de las peticiones de Pablo VI) para que el papa nombrara obispo uno de los tres que le eran propuestos.

El 22 de febrero de 1966, hoy hace 50 años, Radio Vaticana anunció el nombramiento del obispo de Astorga, Marcelo González Martín como nuevo arzobispo-coadjutor del obispo Gregorio Modrego, titular de la diócesis de Barcelona desde 1943.

Antes de la dictadura franquista, y durante el siglo XX, los obispos de Barcelona fueron catalanes, mallorquines o valencianos, con excepción del obispo navarro Manuel Irurita (1930-1936). Así, de 1899 a 1901, Barcelona tuvo como obispo al catalán Josep Morgades; de 1901 a 1908, el también catalán Salvador Casañas; de 1909 a 1913, el valenciano Joan Laguarda; de 1914 a 1920, el también valenciano Enric Reig; de 1920 a 1926, el catalán de Olot, Ramon Guillamet; de 1926 a 1930 el mallorquín Josep Miralles i de 1930 a 1936, como he dicho antes, el navarro Manuel Irurita.

Fue después de la guerra civil, y con Franco en el poder, que el primer obispo de Barcelona del nacional-catolicismo fue Miguel de los Santos Díaz de Gómara (1939-1942), seguido del aragonés Gregorio Modrego (1942-1967).

La campaña «Volem bisbes catalans», impulsada por Josep Benet y por Jordi Pujol, con la participación de cristianos progresistas catalanes, nació en un contexto sociopolítico y eclesial muy concreto, marcado por el nacional-catolicismo. Marcelo González era el primer obispo de Cataluña nombrado después del Vaticano II, y por eso los cristianos catalanes progresistas esperaban una elección diferente. De aquí que, inmediatamente comenzó una ofensiva en múltiples frentes, para intentar evitar un hecho consumado.

El 4 de marzo, el intelectual Josep Benet hizo unas declaraciones al periódico Le Monde, donde lamentaba que en Cataluña no se reconociese un derecho «que se reconoce a las Iglesias afro-asiáticas». Benet decía que la gente no entendía cómo se rechazaba a los catalanes un derecho aceptado y seguido en otros lugares. Además, añadía que este nombramiento había «destruido las grandes esperanzas que los catalanes habían puesto en el Concilio».

Unos días antes, el 27 de febrero, veintitres intelectuales católicos firmaron una carta pidiendo la renuncia del arzobispo-coadjutor González Martín, con el argumento que «un obispo que desconoce la historia, la lengua y la cultura de esta tierra», no podía servir como era de esperar, la diócesis de Barcelona. Además, esta carta recordaba la necesidad de defender les minorías nacionales, una idea presente en la encíclica Pacem in Terris del papa Juan XXIII. A pesar de estos intentos, con las pintadas famosas de «Volem bisbes catalans», el nombramiento fue firme y no hubo la renuncia del obispo González Martín.

Parece ser que después que Pablo VI enviara al obispo Marcelo González a Barcelona, el papa Montini hizo caso del consejo que le dio el Abad de Montserrat, Gabriel Mª Brasó, que hizo ver al papa la conveniencia que un obispo sintonice con la tierra que lo acoge, para que haga suya la lengua y la cultura del pueblo que ha de servir. Por eso, Pablo VI en 1971 nombró nuevo obispo de Barcelona, a Narcís Jubany (1971-1990), que era obispo de Girona. Posteriormente, y también en Barcelona, el papa Juan Pablo II nombró el obispo valenciano Ricard Mª Carles (1990- 2004) y después el catalán Lluís Martínez Sistach (2004-2015), sucedido ahora por el aragonés catalanoparlante, Joan Josep Omella, plenamente acogido y aceptado en la diócesis de Barcelona, a pesar de no ser catalán, ya que por su cercanía y sencillez, se ha adaptado totalmente a la diócesis de Barcelona.

En el fondo, la campaña «Volem bisbes catalans», más que pedir obispos nacidos en Cataluña, lo que pedía era pastores incardinados en la tierra que los acogía. Pastores que no fuesen extraños a la cultura del pueblo que habían de servir, sino obispos que hiciesen suya la lengua del pueblo que les agogía. Una anomalía que todavía se da en las diócesis del País Valenciano, con obispos (a excepción del de Tortosa) que no utilizan la lengua de los valencianos, que los acogen y a los cuales han de servir.

Recientemente, el papa Francisco, en su viaje apostólico a Chiapas, ha reconocido la marginación de las culturas indígenas, y por eso ha pedido a los obispos que «tengan una singular delicadeza con los pueblos indígenas y con sus fascinantes, y no pocas veces, culturas masacradas». En Chiapas el papa denunció a aquellos que han considerado las culturas indígenas inferiores, y por eso en la Eucaristía se utilizaron diversas lenguas indígenas, tanto en las lecturas como en los cantos. El papa incluso pidió perdón a los indígenas por «el maltrato a sus culturas».

La campaña «Volem bisbes catalans» se ha visto confirmada con las palabras del papa, el 23 de septiembre del año pasado, en la canonización de San Junípero Serra, cuando Francisco elogió el santo mallorquín de ésta manera: «Supo dejar su tierra y salir al encuentro de los otros, aprendiendo a respetar sus costumbres y peculiaridades» y a «defender la dignidad de la comunidad nativa».

Cabe recordar, en el mismo sentido de la campaña «Volem bisbes catalans», que el papa Francisco, en su mensaje con motivo del Domund del año pasado, dijo: «Hoy la misión se enfrenta al reto de respetar a todos los pueblos, a partir de las propias raíces y a salvaguardar los valores de las respectivas culturas». También el papa Juan Pablo II, en su discurso a la ONU el 5 de octubre de 1995, afirmaba: «La nación tiene un derecho fundamental a la existencia; a la propia lengua y cultura mediante las cuales un pueblo se expresa y promueve su soberanía espiritual». Y aún, el papa Francisco, en su viaje a Bolivia el verano pasado, decía en Santa Cruz de la Sierra: «Los pueblos quieren que su cultura, su idioma, sus procesos sociales y tradiciones sean respetados».

Pedir, en aquella campaña de hace cincuenta años, obispos catalanes, era pedir pastores que utilizasen la lengua del pueblo y que fuesen sensibles a las culturas de los pueblos que han de servir. Y esto que a algunos les puede resultar extraño, seguro que levantaría protestas también, si fuera destinado un obispo a Málaga o a Burgos, y no utilizase en la liturgia y en el contacto con la gente, el castellano.

Autor

José Manuel Vidal

Periodista y teólogo, es conocido por su labor de información sobre la Iglesia Católica. Dirige Religión Digital.

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