Antonio Aradillas

Santos topónimos santos

"Advocaciones de Vírgenes y Cristos en montes y ríos son muchedumbre"

Santos topónimos santos
Antonio Aradillas, columnista

Las hipotéticas soluciones serán difíciles y penosas y su encuadre traspasará los linderos geográficos

(Antonio Aradillas).- Así las cosas, por lógica y por otras razones y sin-razones más, es casi seguro que, cumplimentada convenientemente la llamada «Ley de la Memoria Histórica«, los políticos de turno consensuarán otras de idéntico o similar contenido. No ha de tardar mucho tiempo en registrarse, por ejemplo, y a consecuencia del «laicismo imperante», otra novedosa ley con la denominación de «Corrección – correctivo de los topónimos con los que se diferencian y distinguen los lugares, los pueblos y las ciudades». Las siguientes sugerencias ayudarán a centrar y valorar el tema.

. Tal y como se están poniendo las cosas, el tema reviste singular importancia, de no despejarse pronto, y seriedad el panorama, las hipotéticas soluciones serán difíciles y penosas y su encuadre traspasará los linderos de lo puramente geográfico y administrativo y afectará a otros ámbitos en los que el conflicto acecha con graves y múltiples consecuencias. Con la religión no se juega.

. Se trata del afán desbordante, arrebatado e irreflexivo de algunos instalados circunstancialmente en las altas esferas de la política partidista, por desreligiosizar, laicizar o paganizar la vida en todas sus esferas. Aquí y ahora, a nosotros nos compete apuntar hacia la geografía administrativa de España a enunciar algunos topónimos con «denominación sagrada» , que apadrinan pueblos y lugares, que exigirían ser «desbautizados» en cualquier proceso de «aseo liberador» de suspicacias piadosas que llegara a consumarse algún día.

. La tarea resultaría extraordinariamente arriesgada. Pueblos y ciudades con nombres de santos o santas, de advocaciones de Vírgenes y de Cristo, así como montes, montañas, cuevas, ríos y rías y otros lugares, son muchedumbre, haciendo constar que en su distribución administrativa por provincias y Comunidades Autónomas de tan «santos» topónimos, es ciertamente equitativa, al margen de si ellos existieron, están o no en los cielos y haya o no constancia oficial de sus nombres en los calendarios litúrgicos y «Años Cristianos».

. A título de ejemplo, aduzco el caso de las islas mediterráneas de Ibiza y de Formentera. Con una superficie la primera de 569,6 km2, y la segunda de 83,25, y una población de 134,2oo habitantes, los nombres de sus principales núcleos de población son así de piadosos: Sant Vicent, Sant Joan de Labritja, Sant Carles, Sant Miquel de Balansart, Sant Llorenc de Balafia, Santa Gertrudis, Sant Mateu, Sant Antoni de Pormany, Santa Agnes de Corona, Sant Rafael, Ntra. Sra. De Jesús, Sant Agustí des Vedrá, Sant Josep de sa Talaia, Sant Jordi de ses Salines, Sant Francésc de ses Salines, Santa Eulária dess Rius, Cova Santa, Sanr Ferrán de ses Roques, Es Caló de Sant Agustí, Sant Francésc de Formentera, Punta Santa Creus… y así hasta completar, con los nombres de otras islas y tierras firmes hispanas, largas y polícromas letanías.

. ¿Cual habría de ser la reacción de la mayoría de los habitantes de estos lugares que se vieran obligados «por ley» a cambiar sus nombres por otros, aunque tan solo se tuviera en cuenta la historia o la geografía?

. ¿Cómo reaccionarían si además descubrieran que tal historia habría de ser interpretada a la luz de algún acontecimiento o circunstancia de tipo religioso, que explicara su fundación, su desarrollo y alguna porción de su biografía, fuera esta dudosa, veraz o mentira?

. ¿Cuál sería la reacción natural de los comprometidos de siempre con el nombre de sus pueblos y ciudades, cuando valoran el cambio al calor de recuerdos familiares cuyos protagonistas fueran sus padres o antecesores?

. Aún habiendo deliberadamente elegido unas referencias mediterráneas como Ibiza y Formentera, oficiosamente multiculturales y hasta para algunos un tanto paganizadas a consecuencia de incidencias turísticas con connotaciones no del todo ortodoxas, ¿contribuiría tal circunstancia a aminorar la gravedad del alcance que tendría el hipotético «desbautizo» masivo?

. ¿Es justificado en el planteamiento elemental de la política, también administrativa, de denominaciones, apelativos o apellidos, contribuir a crear desasosiegos y conturbaciones, además de las que la vida, de por sí, se encarga de suscitar y encender en multitud de ocasiones?

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Autor

José Manuel Vidal

Periodista y teólogo, es conocido por su labor de información sobre la Iglesia Católica. Dirige Religión Digital.

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