Manuel Mandianes

Anatomía de un accidente

"Hemos vivido juntos unos segundos que valen por una eternidad"

Anatomía de un accidente
Mandianes

A veces 10 segundos no son nada, a veces duran una eternidad, y a veces acaban con lo que pudo haber sido y no será jamás pero sellarán definitivamente y para siempre lo que ha sido

(Manuel Mandianes, antropólogo del CSIC).- Impacto, alaridos, maletas por el suelo, gente caída, griterío infernal. Se para el autobús. Se abre una puerta. ¿Qué pasó? Se ha atravesado un tractor. El tractor esta hecho pedazos repartidos a lo largo de 200 metros por la carretera. El autobús barrió las vallas laterales a lo lago de 150 metros.

Ambulancias se llevan a ocho contusionados, la guardia civil identifica a todos los pasajeros, los bomberos tardan más de una hora en liberar al conductor del bus. Todo el mundo admirado, maravillado y da gracias a Dios. Necesitábamos sentir una mejilla rozar nuestra mejilla, nos abrazamos todos y seguimos abrazando a los que seguían temblando con ataques de pánico; necesitábamos que alguien respirara en nuestro oído, sentir un corazón latir contra nuestro corazón.

Nos conocemos sólo de estar ahí, de vivir 10 segundos con la certeza incierta de no llegar a ninguna parte, 10 segundos en los que revivimos todo lo vivido y lo que nos quedaba por vivir, 10 segundos en los que no sabes a que agarrarte ni piensas que a lo que te agarres es lo que te va a segar la vida porque estás en las entrañas de lo que se lanza a manotazos y a ciegas hacia la muerte, tu haces parte del peligro.

Tal vez pudimos pensar que nunca llegaríamos a dar el abrazo soñado y que la despedida en la estación había sido el adiós definitivo de todo. Tal vez alguien pudo pensar que las posibilidades de su vida estaban encerradas en aquel bus que se estrellaba, se deshacía. O seguramente todos han pensado solamente que había llegado el final de todo. Un tsunami de impotencia lo agarra todo y agarrota nuestras mentes.

La guardia civil lleva a los pasajeros a una cafetería al pueblo más cercano. «Es un milagro que estemos aquí sentados tomando un café. Podríamos haber estado en un tanatorio llenando ataúdes», y celebran el Santo de Yago, un niño que nos llena los ojos y el alma de inocencia.

Suben al nuevo autobús, cada uno señala su maleta a los guardias que hacen el traslado. «A veces somos malos pero a veces también somos buenos», dicen los guardias cuando los pasajeros les dan las gracias. Los contusionados llevados a hospitales ya están aquí. El autobús arranca. Los jóvenes cuentan chistes, se ríen, cantan. Necesitamos descargar la tensión, desahogarnos. Los viajeros se quedan dormidos durante decenas de kilómetros. Se despiertan, vuelven a charlar todos con todos. Nadie se explica lo que les ha pasado. «Nadie nos va a creer lo que le digamos».

«No era nuestro día». «Era nuestro día, hemos vuelto a nacer». «Nacemos con las cartas marcadas». «No debíamos morir aquí». «Cada uno nace con un destino y solo se va a morir cuando le toque». Necesitamos verbalizarlo y racionalizarlo todo. Cada uno que llegaba a su destino se despedía del resto como si se hubieran tratado durante toda la vida. Hemos vivido juntos unos segundos que valen por una eternidad.

Y cada uno se fue a donde quería ir ayer, pero muchos estarán viviendo el hoy de manera bien distinta a como pensaban vivirlo ayer. Dos días después me preguntó qué harán los que estuvieron a punto de dar allí el último suspiro. ¿Qué recordarán de lo que les pasó por la cabeza? ¿Cómo habrá explicado cada uno a los suyos que estuvieron a punto de no darles el abrazo que ahora mismo les están dando?

También me peguntó ¿qué pensará el señor del tractor quien, como pudo, salió de la cabina de su tractor y por su pie llegó hasta nosotros y preguntó: ¿cómo están, cuantos muertos hay?

Me encantaría verlos a todos, celebrar la vida con ellos aunque, a trompicones, ya lo hicimos allí mismo delante de lo que pudo ser nuestro ataúd. ¿Qué estará haciendo aquel joven que no se bajó del autobús, que se quedó dando calor, cariño, haciéndole caricias al chofer atrapado como un conejo en una trampa? ¿Ya volverá a conducir un autobús y haciendo la misma línea el chofer que guardó todo la serenidad del mundo, que no salvó la vida a todos?

Aunque sabemos los peligros que pueden acechar en la carretera, en tren o en avión, salimos de casa convencidos de que mañana, dentro de tres, cuatro, un día podremos abrazar a los nuestros que nos esperan y podremos telefonear a los que hemos despedido hace unos instantes. A veces 10 segundos no son nada, a veces duran una eternidad, y a veces acaban con lo que pudo haber sido y no será jamás pero sellarán definitivamente y para siempre lo que ha sido.

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Autor

José Manuel Vidal

Periodista y teólogo, es conocido por su labor de información sobre la Iglesia Católica. Dirige Religión Digital.

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