Antonio Aradillas

Sí, las misas se cobran

"En los alrededores de las misas, falta mucha teología"

Sí, las misas se cobran
Antonio Aradillas, columnista

La Iglesia es servicio, y todo cuanto el incienso enmarcare esta vocación -"bocación", la tornará irreligiosa

(Antonio Aradillas).- Con fórmulas arancelarias, o no, y algunas de ellas con apariencias y títulos «limosneros» -«a favor del culto y clero»-, las misas se siguen cobrando. La terminología empleada, como pagar, encargar, saldar, abonar, tasas, satisfacer una deuda sagrada, y gestos y exigencias administrativas – «fábrica parroquial»-, así lo confirman sin ningún miramiento y con toda legitimidad canónica. Aseverar que las misas y sus «intenciones», no se cobran hoy, no responde a la realidad, sino que absurda y «piadosamente», lo que se pretende es, a lo más, enclaustrar una parte de la irregularidad y rechazo del pueblo de Dios, en vergonzosa relación «simoníaca» con los sacramentos.

En la Iglesia se cobran los bautizos, las comuniones -sobre todo las llamadas «Primeras»-, los matrimonios, los funerales, los sermones en su variedad de triduos, quinarios, novenarios y el de la fiesta principal… Y si estos cobros han sido justificados y aceptados hasta el presente sin inconveniente por la mayoría de los fieles cristianos, en la actualidad, el resto, y aún estos mismos, se cuestiona ya el tema, sorprendidos de que tales actos de religión y de culto, estén expuestos a discriminaciones «capitalismos» en las que los ricos, por ricos, se beneficien «religiosamente» en mayor proporción que los pobres.

(No obstante, en tan afligido y escandaloso panorama, llega a extrañar que del mercadeo del dinero en el entorno del altar, el sacramento de la penitencia – confesión y perdón de los pecados- , haya quedado exento, al menos por ahora).

Hubo tiempos en la historia de la Iglesia, definidos por el obscurantismo, la falta de ilustración, las tradiciones y los mitos feudales, en los que a los sacerdotes se les llegó a permitir el cobro de la celebración de no más que cuatro misas diarias, para que, con los estipendios de las mismas, pudieran mantener la situación socio- eclesiástica que les correspondía como «ministros del Señor». En la clerecía se inventó entonces la formula de las «missae siccae» – «misas secas»-, de las que se eliminaban los ritos, gestos y momentos de la Consagración y de la Comunión, con lo que, a la exigencia canónica limitada por el número cuatro, les fueron abiertas puertas de tolerancia. Los dichos de «curas de misa y olla», y «no saben de la misa la media», siguen teniendo todavía popular vigencia litúrgica y pastoral dentro de la Iglesia.

Una de sus manifestaciones pudiera ser la acumulación de «intenciones» en determinadas misas, con cita personal para los nombres de los difuntos en sufragio de cuyas almas, previo el correspondiente «encargo», ellas se aplican, o de acciones de gracia por los beneficios recibidos. Conozco casos en los que la letanía de nombres sobrepasó la decena, reclamando urgente y profunda reforma el sistema, con IVA o sin IVA.

¿Pero es o no esta, una profesión de la que viven los sacerdotes o curas, con su cenital coronación en las mitras episcopales? Repetida, y hasta obsesivamente, el Papa Francisco manifiesta su preocupación por el «carrerismo» eclesiástico, que domina en la Iglesia, con explícitas, documentadas y estremecedoras condenas por su parte. La Iglesia es servicio, y todo cuanto el incienso enmarcare esta vocación -«bocación», la tornará irreligiosa. A la profesión «cura y sus misas», tal y como hasta el presente es prioritariamente para algunos esquema de vida sacerdotal, le quedan pocas témporas o tiempos litúrgicos.

Es cierto que el «precio» de las misas, con sus tasas y la actualización anual de las mismas, percibido a título personal por el celebrante, también con la fórmula menos inelegante de «la voluntad», es donado en calidad de limosna para los pobres de la parroquia. Pero es cierto también que tal precio- estipendio puede serlo, y lo es, para satisfacer gustos personales, como la adquisición de un coche deportivo, con comprensiva conmiseración y disculpa por parte de algunos de los feligreses, «honrados» con que su señor cura párroco pudiera permitirse este capricho. Como no es mi costumbre novelar hechos pastorales, y menos, litúrgicos, la matrícula y número de chasis y motor de algunos de estos vehículos estarían en su día a disposición de lectores tan amablemente recalcitrantes.

En los alrededores de las misas, del color de sus ornamentos, de sus «intenciones» y «precios», y de su homologación con la Santa Cena, falta mucha teología. Esta será cuestión perentoria de las reformas prometidas por el Papa Francisco. La posibilidad de fraudes en tan sacrosantos misterios, es tentación grave y constante.

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Autor

José Manuel Vidal

Periodista y teólogo, es conocido por su labor de información sobre la Iglesia Católica. Dirige Religión Digital.

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