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    Xabier Pikaza

    Por una Iglesia desacralizada: al principio no fue así, ni Jesús fue sacerdote

    "No se trata de suprimir ministerios, sino de darles más fuerza misionera y evangélica"

    Redacción 
    26 Ago 2016 - 12:14 CET
    Por una Iglesia desacralizada: al principio no fue así, ni Jesús fue sacerdote
    Pikaza, columnista
    Archivado en: Religión

    Jesús fue laico, no sacerdote. No quiso reformar las instituciones sacrales antiguas, ni crear unas nuevas, sino potenciar los valores de la vida, partiendo de los excluidos, en línea de gratuidad, siendo asesinado por ello

    (Xabier Pikaza).-El último número de Iglesia Viva se titula Por una Iglesia Desclericalizada, y viene presidido por tres trabajos de fondo: Uno de Javier Elzo, otro de un servidor, y el tercero de C. García de Andión.

    Conforme a mi estudio, Jesús fue laico, no sacerdote. No quiso reformar las instituciones sacrales antiguas, ni crear unas nuevas, sino potenciar los valores de la vida, partiendo de los excluidos, en línea de gratuidad, siendo asesinado por ello. Sus seguidores creyeron en él y fundaron comunidades para mantener su memoria, centrada en el mensaje de Reino, el perdón y el pan compartido, creando así diversos ministerios (profetas, maestros y servidores, ancianos e inspectores) que surgieron de la misma entraña secular y mesiánica del evangelio.

    Más tarde, por exigencia cultural y presión del entorno, los cristianos convirtieron esos ministerios en instituciones patriarcales de tipo jerárquico/clerical. Pero el tiempo de ese dominio clerical está acabando y desde la raíz del evangelio han de surgir, en las mismas comunidades, creyentes liberados para el ministerio evangélico en una línea no jerárquica. No se trata de suprimir ministerios, sino de darles más fuerza misionera y evangélica, para recuperar el mensaje y camino de Reino.

    Quiero recoger aquí mi trabajo, para los lectores que ni tengan acceso a Iglesia Viva, y lo haré en tres partes, en tres días.1. Una parte histórica. Al principio no fue así. 2. Un intermedio. La gran inversión. 3. Volver al principio, tareas actuales. Sólo me queda darle gracias los directores de Iglesia Viva por haberme confiado este trabajo «en inmejorable compañía», como podrá ver quien se pare y lea la portada de la revista.

    Xabier Pikaza: Causa y consecuencia del clericalismo

    Mas que del clericalismo en sentido limitado, propio de países latinos de tradición católica, me ocupo de la jerarquía cristiana en cuanto tal, de sus causas, limitaciones y consecuencias, con la necesidad y urgencia de superarla, por fidelidad evangélica y exigencia actual, ofreciendo una visión histórico-teológica del tema, desde una perspectiva bíblica, sin entrar en detalles.

    Elaboro así un estudio de fondo, de tipo constructivo, no para rechazar sin más lo existente, sino para crearlo, desde la verdadera tradición cristiana, respondiendo al mensaje y proyecto de Jesús, para ofrecer unas bases que permitan recrear los ministerios de la palabra, perdón y eucaristía, de una forma evangélica, no clerical en sentido jerárquico.

    El tema me ha importado desde antiguo, y le he dedicado algunos trabajos más especializados. Aquí me limito a presentarlo de forma general, sin notas eruditas. La bibliografía final recoge algunos estudios más significativos que he tenido en cuenta en mi elaboración

     

     

    I
    EN EL PRINCIPIO NO FUE ASÍ

    1. Había sacerdotes en tiempos de Jesús, una jerarquía sagrada, y en esa línea algunas tradiciones del AT (sobre todo en el Levítico) habían desarrollado una teología del sacerdocio, centrada en la pureza ritual, que los fariseos querían extender a todo el pueblo. Pero en su conjunto la identidad de Israel era histórica, profética y sapiencial, con una fuerte dosis de apocalíptica, no venía dada por una jerarquía de tipo sagrado. En el Nuevo Testamento los sacerdotes de Jerusalén, a quienes el mismo Pilatos considera envidiosos (Mc 14, 10), se muestran contrarios a la visión de Jesús y de sus primeros seguidores. Pero el judaísmo posterior (la federación de sinagogas) dejó de ser sacerdotal, y lo mismo hizo el cristianismo, aunque en formas distintas.

    Normalmente, desde el comienzo de los tiempos conocidos, los sacerdotes del antiguo oriente dependían de los jefes de clan y de los reyes, con quienes estaban se hallaban vinculados; por eso, no solía haber un sacerdocio institucional autónomo, pues el mismo patriarca o rey actuaba como sacerdote. En esa línea, al institucionalizarse las funciones sociales, políticas y religiosas del pueblo aparecieron también en Jerusalén y en otros santuarios de Israel, tribus o grupos sacerdotales (levíticos), sin tierras propias, especializados en sacrificios y oráculos. Destacaron entre ellos los «hijos» de Aarón, aunque al principio no tenían gran poder, ni formaban una casta superior, pues la vida estaba regulada por normas de alianza social o tribal. La situación cambió con la restauración, tras la vuelta del exilio (el 539 a.C.), cuando el judaísmo se volvió comunidad del templo, de manera que triunfó y se impuso el Sumo Sacerdote como autoridad superior, por imperativo del imperio persa, bajo el cual quedaron los judíos.

    Judea se estructuró en ese tiempo como pueblo sagrado, una especie de estado-templo, bajo el Sumo Sacerdote y su consejo, por delegación del rey persa (o de los imperios siguientes: helenista, romano). Lógicamente, la Ley sacerdotal, centrada en el Levítico, pero extendida, de algún modo, en todo el Pentateuco, presentaba al Sacerdote como autoridad socio-religiosa, ceremonial y jurídica, añadiendo una vez por año la función suprema de entrar en Sancta Sanctorum del templo, donde intercedía por el pueblo (cf. Lev 16). En esa línea, el Sumo Sacerdote tendió a tomar casi todos los poderes sociales y religiosos, apareciendo como cabeza del pueblo, aunque no logró hacerlo nunca del todo, pues siguió existiendo una fuerte identidad laical (representada por laz tendencias laícales del Deuteronomio y por los profetas).

    Esa situación se mantuvo durante el dominio helenista (tras el 332 a.C.), como muestra el Eclesiástico o Ben Sira (200-180 a.C.), que incluye un largo Himno a los padres o antepasados (Eclo 44-50) donde se exalta la memoria de los grades levitas: Aarón el fundador (Eclo 44, 6-22), Finés el celoso (45, 23-26) y Simón, el nuevo sacerdote (en torno al 200 a.C; cf. Eclo 50, 1-24), a quien la Misná, Abot 1, 2, recuerda como uno de los fundadores de la Gran Sinagoga. En esa línea, el sucesor de Aarón tendía a ser, al mismo tiempo, líder nacional (jefe político), jerarca religioso (oficiante sacral) y maestro (educador legal), reuniendo los tres poderes que Flavio Josefo (Contra Apión B, XVI, 165) ha condensado y descrito como teocracia o gobierno de Dios.

    El poder sacerdotal tendió a ser absoluto, pero no lo consiguió, y así a partir de la conquista romana (64 a.C.) las funciones volvieron a escindirse, con un Gobernante (rey herodiano vasallo o procurador romano) como poder civil, y un Sacerdote como poder religioso (¡como en la Edad Media cristiana, con un Papa y un Emperador), aunque los dos poderes se hallaban vinculados, pues se necesitaba, y además, algunos grupos judíos (como los de Qumrán) no aceptaron el sacerdocio oficial. En este contexto se extendieron varios grupos judíos, unos de línea más sacerdotal (saduceos), otros de piedad laical (fariseos) y/o más centrados en la política (varios tipos de celosos), con visiones divergentes de la tradición religiosa. Ciertamente, los sacerdotes tenían mucho poder, pero no todo, en el pueblo.

    2. No fue sacerdote, sino laico, en la línea de los profetas y pretendientes mesiánicos, sanadores carismáticos y sabios populares, entre los grupos que había en Israel, retomando los aspectos básicos de la experiencia profética, en una línea no sacerdotal. Por eso, a lo largo de su ministerio no se enfrentó básicamente con los sacerdotes, sino que se mantuvo fuera del campo de su influjo, e incluso les suplantó, ofreciendo el perdón de Dios sin acudir para ello a los ritos sacerdotales del templo, y además comparte con los hombres y mujeres de pueblo la comida sagrada. sin pasar por el templo (multiplicaciones). De todas formas, en el momento clave de su vida, subió a Jerusalén, no para someterse a los sacerdotes, sino para enfrentarse con ellos, mostrando que el templo había realizado su función y no tenía ya valor sagrado (Mc 11, 15-17).

     

     

    No tomó títulos sacerdotales ni rabínicos, sino que actuó como un simple ser humano (hijo de hombre), sin ordenaciones jurídicas, ni documentaciones acreditativas. No fue ungido para ejercer un ministerio sacral en el templo, ni recibió otro tipo de órdenes sagradas, sino que fue un judío marginal, un galileo de extracción campesina, obrero de la construcción (albañil o carpintero), sin tierras propias, ungido directamente por el Espíritu de Dios, como dirá la tradición cristiana, a partir de su bautismo bajo Juan (Mc 1, 9-11).

    Había sido por un tiempo discípulo del Bautista, profeta del juicio de Dios que actuaba en el desierto (allende el Jordán), como otros muchos en el pueblo, sin que eso implicara ningún tipo de ministerio sacerdotal. Pero a Juan le mataron, y Jesús tuvo la certeza de que Dios le impulsaba a proclamar e instaurar su Reino (perdón y concordia universal), empezando por los enfermos, marginados y excluidos de Israel (judíos), sabiendo que después se abriría todos los hombres y mujeres, sin necesidad de sacerdotes.

    Animado por esa certeza, dejó el desierto y comenzó a instaurar el Reino de Dios en Galilea, sin papeles ni sellos sagrados que lo acreditaran, simplemente como un israelita consciente de su identidad y su tarea. No era un espíritu del cielo (como algunos esperaban, en la línea de Henoc o Elías), ni quiso hacerse rey, ni fue sacerdote o guerrero sagrado, sino un maestro popular, un carismático, ofreciendo enseñanza de Reino y salud a quienes le acogieran y escucharan.

    Fue pues un laico o seglar, maestro y sanador espontáneo, sin estudios ni titulaciones, al interior de las tradiciones de Israel (en línea profética), fuera de los organismos sacerdotales, políticos y doctrinales (escribas) de su entorno. Creía que Dios era Padre de todos, y así promovió un movimiento de sabiduría popular (enseñanza), curación (salud) y comunión entre los marginados a quienes despertaba, acompañaba y animaba, como a destinatarios y herederos del Reino de Dios (cf. Mt 5, 3; 11, 5; Lc 6, 20; 7, 22).

    Por estado y vocación, era un marginal, y así podía estar en el centro de todo el pueblo: Estaba convencido de que sólo al margen (fuera del sistema instituido) podía plantarse la obra de Dios, no desde el poder dominante. No utilizó medio de reclutamiento y separación clasista (con un tipo de personas superiores para transformar a las inferiores), como han hecho los grupos de poder. No adiestró a un posible grupo de combatientes (celotas), ni fundó una agrupación de especialistas puros (fariseos), ni un resto de llamados (esenios), sobre la masa perdida. No apeló al dinero, ni a las armas, ni educó un plantel de funcionarios bien capacitados.

    No necesitó edificios, ni oficiales a sueldo, sino que proclamó e instauró el Reino de Dios, sin mediaciones jerárquicas. Habló con parábolas que todos podían entender (aunque haciéndoles cambiar su forma de pensar) y actuó con gestos que todos podían asumir, abriendo cauces personales de solidaridad entre excluidos y necesitados, como sanador y exorcista (especializado en expulsar demonios) y, sobre todo, como amigo de los pobres. Acogió (perdonó) a los excluidos, y compartió la comida a campo abierto con aquellos que venían a su lado, buscando salud, compañía o esperanza, cuidando de un modo especial a los niños, enfermos y expulsados de la sociedad.

    No fue un soñador ingenuo, ajeno a la sociedad (un simple contra-cultural), pero tampoco un hombre del orden social o religioso, como los políticos romanos o los sacerdotes de Jerusalén. Pudieron compararle con los fariseos, que estaban iniciando un camino de reconstrucción del judaísmo, en línea familiar y nacional, pero sin dar primacía a la ley y a las normas nacionales de pureza; de esa forma puso el servicio a los pobres por encima de las normas nacionales, de manera que su movimiento pudo abrirse luego a todos los pueblos. Fue profeta y carismático, al margen de la buena sociedad, para crear de esa manera un nuevo centro humano, promoviendo la convivencia directa entre hombres, la comunicación gratuita con Dios y entre los hombres.

     

     

    3. Le condenaron los sacerdotes, amenazados por su propuesta, en Jerusalén, donde subió a presentarla. Antes había ofrecido su mensaje y solidaridad en las calles y pueblos de Galilea, con varones y mujeres, enfermos y sanos, adultos y niños. No fue a las ciudades (Séforis, Tiberíades, Tiro, Gerasa), probablemente porque no aceptaba aquellas estructuras urbanas, dominadas por una organización clasista, bajo la dominación de Roma. Quiso ser universal desde las zonas campesinas donde habitaban los humildes, excluidos de la sociedad de consumo. De esa forma volvió a los orígenes de la vida, de manera que en su mensaje podían caber (desde Israel) todos, por encima de las leyes de separación nacional, social o religiosa de la cultura dominante..

    ‒ Los primeros destinatarios de su proyecto eran pobres, publicanos y prostitutas, hambrientos y enfermos, expulsados del sistema. Para ellos vivió, desde ellos quiso iniciar su movimiento, del que dependen todas las iglesias posteriores. Pero tenía simpatizantes y amigos, de la sociedad establecida, a quienes pidió que se dejaran «curar» por los pobres, poniéndose al servicio de la comunión del Reino.
    ‒ Se rodeó de seguidores y amigos, algunos de los cuales dejaban casas y posesiones para acompañarle, y con ellos caminaba, iniciando un movimiento de Reino. En esa línea, convocó a los Doce a quienes instituyó como representantes y mensajeros del nuevo Israel (las doce tribus), y así les mandó predicar el mensaje, sin autoridad administrativa o sacral (no eran sacerdotes ni escribas), con la autoridad de la vida.

    Así inicio un movimiento que desde Israel (Doce tribus) debía abrirse luego a los pobres del entorno y después de todo el mundo. Por eso, en el comienzo de su iglesia o comunidad mesiánica están los enfermos y necesitados a cuyo servicio debían ponerse los Doce y los restantes seguidores. No aportó una filosofía orgánica, ni una fórmula de integración forzada, un programa económico o político, militar o religioso que dividiera a las personas en grupos y estamentos de poder, sino que fue simplemente un hombre (hijo de hombre), amigo de todos, desde los más pobres, y asísubió a Jerusalén, ciudad del templo (cf. Mt 5, 35), para culminar su mensaje y presentar su causa ante el Gran Sanedrín, integrado por ancianos-senadores y escribas.

    Vino sin poderes exteriores, pero los sacerdotes, que habían secuestrado al Dios del Templo, temieron y le acusaron a Pilatos, Gobernador de Roma, quien también le vio de alguna forma como sedicioso. Murió por el delito que haber anunciado (preparado) un Reino universal, que resultaba peligroso para el Imperio y Templo. Los Doce y otros le habían acompañado hasta Jerusalén…, pero al final le abandonaron. Uno de ellos le traicionó y los restantes (incluso Pedro) se desconcertaron, temieron y huyeron.

    4. Iglesia, comunidad de creyentes. Jesús murió fracasado, pero su fracaso mostró que era verdad lo anunciado: su experiencia de Dios, su esperanza de Reino (humanidad), curación y reconciliación universal. Murió, pero algunos de sus seguidores, mujeres y varones, le descubrieron vivo (resucitado) y re-iniciaron su proyecto.

    No trazaron un único camino, sino varios. No estaban preparados (pensaban que el Reino iba a llegar y lo resolvería todo), ni ellos sabían cómo debería organizarse el movimiento, pero lo hicieron, pues el recuerdo de Jesús y el impulso de espíritu, con la certeza de que había culminado su obra en Dios les fortalecieron. De varias maneras (Pedro, los doce, mujeres, parientes) retomaron la obra de Jesús y empezaron a expandirla. No sabían al principio cómo, ni fijaron un Congreso Instituyente para definir sus estructuras; pero el carisma y libertad de Jesús les fue guiando para crear grupos de amigos y seguidores, vinculados por el recuerdo y presencia de Jesús, iglesias fuertes en libertad mesiánica (misionera, creadora), pero muy libres, capaces de adaptarse a las diversas instituciones económicas o administrativas, sacrales o legales.

    Los cristianos no tuvieron ministerios iguales en todos los lugares, sino que actuaban de modos distintos, según los grupos y las circunstancias. No recrearon el sacerdocio de templo, pues todos se sentían sacerdotes, sin necesidad de templo como Jerusalén. Les importaba más el mensaje que la organización, el carisma que la estructura, la misión que el recuento de misionados. Por eso hubo formas distintas de vivir y expresar la autoridad cristiana. Sólo más tarde, cuando estuvieron bien establecidos, tendieron a unificar sus ministerios.

    Hubo además varios grupos de cristianos, hebreos y helenistas, en Jerusalén, en Galilea y la diáspora, como ríos que uniéndose formaron la Gran Iglesia, pero sin dominar unos sobre otros. Por eso, el principio no hubo uniformidad, sino diversos grupos, semi-independientes, varias formas de entender la unidad y ministerios, según las circunstancias, desde el mismo Cristo.

    La iglesia de Jerusalén se mantuvo por un tiempo fiel al templo, pero otros cristianos como Esteban vieron que el mensaje y vida de Jesús significaba el fin del templo, y así lo vieron al fin todos, sin necesidad de crear una casta o grupo sacerdotal, pues sus gestos o ritos (bautismo, perdón, eucaristía) pertenecían a todos los creyentes.

    5. Un cuerpo mesiánico, varios ministerios. En ese contexto se sitúan los diversos ministerios, de tipo laical, no sacerdotal, como sabemos por Pablo, que escribe sus cartas hacia el 50 d.C. El Nuevo Testamento (completado hacia el 150 d.C.) no conoce una tabla fija de ministerios ordenados, que surgirán más tarde, a finales del II d.C., distinguiendo obispos, presbíteros y diáconos, que al principio eran ministerios laicales (del pueblo), no sacerdotales (de una élite), siempre al servicio del cuerpo de la Iglesia:

    Hay diversidad de carismas, pero el Espíritu es el mismo; diversidad de servicios (diaconías), pero el Señor es el mismo; diversidad de operaciones, pero Dios es el mismo, el que obra todo en todos (1 Cor 12, 4-6).

    Eran ministerios laicales, no grados de un nuevo sacerdocio, eran propios de todos los cristianos, entendidos como templo de Dios. Lo primero fue por tanto el «cuerpo» mesiánico, animado por el Espíritu, la comunión de los creyentes, que son en Cristo sacerdotes de una nueva alianza (cf. Hebreos, 1 Pedro y Apocalipsis). Al servicio y para despliegue de ese cuerpo surgieron por tanto ministerios de apóstoles, profetas y maestros, servidores de diverso tipo, subordinados al amor y perdón mutuo (cf. 1 Cor 13; Mt 18).
    La iglesia es por tanto un cuerpo centrado en la comunión de todos, no una jerarquía (unos arriba, otros abajo), en reciprocidad, partiendo de los inferiores y menos honrados que, como sabe la tradición, son los más importantes (Mc 9, 33-37; 10, 35-45; 1 Cor 12, 12-26). Un tipo de ley eleva a quienes pueden realizar obras más altas, fundando así una sociedad piramidal. En contra de eso, la comunión cristiana se expresa en claves de comunión de todos, y el primer puesto lo tienen los pobres y excluidos (pecadores). Los ministerios no sirven para repartir funciones y méritos entre los más capaces, sino para anunciar y expresar la salvación de Dios a todos por el Cristo.

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    Jesucristo tentado en el desierto
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    Jesús Bastante

    Escritor, periodista y maratoniano. Es subdirector de Religión Digital.

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