Rosendo A. Yunes

Antiimperialismo: Patriotas y traidores

Meditación de los cristianos conservadores-neoliberales que acreditan en este sistema que excluye, descarta y mata

Antiimperialismo: Patriotas y traidores
Rosendo Yunes, columnista

La religión es opio, cuando deja de ser fermento, sal o luz y se abandona la predica de la utopía del Reino, o se apaga

(Rosendo A. Yunes).- Samuel Langhorne Clemens, que alcanza la fama internacional con el seudónimo de Mark Twain, nació en 1835 en Florida, Missouri, USA.

Él dice que era un imperialista y quería que Estados Unidos liberaran las islas Filipinas de la opresión de la Iglesia católica a que eran sometidas durante tres siglos, pero en su búsqueda por la verdad, al leer el «Acuerdo de París», toma consciencia que Estados Unidos no va para liberar sino para subyugar a los filipinos, que debían ser libres para resolver sus asuntos internos a su manera y dice: «me opongo a que el águila clave sus garras en cualquier otra tierra» (New York Herald, 15/10/1900).

En 1900 de regreso a USA escribe «Salutación al siglo XX» que fue publicado en el New York Herald (30/12/1900). Y un año después escribe una alegoría del significado del cambio de siglo que considero aplicable a nuestro nuevo siglo XXI, para que algunos católicos y cristianos, en general, no olviden que Marx tenía razón cuando en su siglo decía «la religión es el opio de los pueblos» (ver M. Twain Antiimperialismo. Patriotas y Traidores, Icario ed., Intermón Oxfan, Barcelona 2006).

La religión es opio, cuando deja de ser fermento, sal o luz y se abandona la predica de la utopía del Reino, o se apaga, para ser complacientes con los poderosos del mundo para hostigar a los profetas, como el Papa Francisco, o al mismo hijo de Dios como los fariseos con Jesús.

La procesión estupenda (escrito por Mark Twain)

A la hora establecida cruzó por el mundo en el siguiente orden:

El siglo XX: Una criatura joven y agraciada, ebria y escandalosa, llevada en los brazos de Satán. Una pancarta con el lema: «Coge lo que puedas, guarda lo que cojas».

Guardia de Honor: Monarcas, presidentes, líderes políticos, asaltantes, ladrones de tierras y afines; todos vestidos apropiadamente y luciendo los símbolos característicos de sus respectivos oficios.

La Cristiandad: Una matrona majestuosa envuelta en túnicas empapadas de sangre. En su frente luce una dorada corona de espinas y en estos, empalada, las cabezas de los patriotas que murieron por sus países: Boers, boxers, filipinos. En una mano una honda, en la otra una Biblia abierta en el texto: «Haz a los demás…» Asomando de uno de sus bolsillos una botella en cuya etiqueta se lee «Os traemos las bendiciones de la civilización». Su collar: unas esposas y una palanqueta (pie de cabra). Sus seguidores: a un lado la Matanza, al otro la Hipocresía. Una pancarta con el lema «Ama los bienes de tu prójimo como a ti mismo». Insignia: la bandera pirata. Guardia de Honor: misioneros y soldados alemanes, franceses, rusos y británicos cargando con el botín.

Y de allí en más, una sección para cada nación de la Tierra, encabezada cada una con la bandera pirata, luciendo cada una con la bandera pirata, luciendo cada una horribles emblemas, instrumentos de tortura, prisioneros mutilados, corazones quebrados, carrozas cargadas de cadáveres sanguinolentos.

Al final del desfile, pancartas con la inscripción:

«Todos los hombres blancos han nacido libres e iguales
Cristo murió para salvar a los hombres,
Cristo murió para liberar a los hombres»
.

¿Por qué de esta sátira? Durante la segunda mitad del siglo XIX, las potencias coloniales europeas tomaron control directo de las economías y gobiernos de muchos países de África y Asia. Toda la economía fue orientada para las necesidades de la naciente industria europea, que conseguía así, como aves de rapiña materia prima y mano de obra barata y fáciles de explotar.

Como bien relata Holdenno temía enfrentarse a nadie, fuesen los misioneros estadounidenses que estaban llevando a cabo todo tipo de tropelías en una China devastada por las potencias coloniales, o fuese un joven Winston Churchill, el Rey Leopoldo de Bélgica o el Imperio británico. Fue siempre fiel a sus principios y a su consciencia.

Fundó la Liga Antiimperialista de los Estados Unidos, para combatir la guerra de USA en Cuba. Escribió sátiras que fueron coleccionadas en un libro traducido a varios idiomas (Antiimperialismo. Patriotas y traidores). En este libro critica el incipiente imperialismo de su país.

 

Twain ataca especialmente al «cristianismo» de las potencias coloniales. Cristianos eran los británicos con inmensas colonias que en su máximo llegó a tener 458 millones de personas bajo su mando y 29 millones de kilómetros cuadrados, 1/4 de la población mundial y 1/5 de las tierras emergidas, el más extenso de toda la historia humana. Cristianos eran los alemanes que explotaron 9% de África, cristianos eran los belgas que sometieron al Congo con un genocidio de 10 millones de personas, según Twain. En 1914 solo Etiopia y Liberia permanecían fuera del control europeo. Algunos misioneros, los menos, denunciaron las aberraciones de los europeos con sus aliados los traidores africanos. Y finalmente cristianos eran los rusos del Zar que invadieron la Manchuria.

Lo importante de Twain es que ataca especialmente al cristianismo cómodo y conformista de las potencias coloniales. Cristianas eran «aparentemente» las potencias europeas que luchaban, con una competencia agresiva, para conseguir territorios de ultramar y doctrinas que justificaban la superioridad racial y la falta de aptitud de los pueblos inferiores para gobernarse por sí mismos.

Charles Péguy fue un visionario cuando escribe: «todos los siglos fueron de grande miseria cristiana, de grande miseria mística, malos siglos cristianos…». Compara allí el contingente de los santos con el de pecadores que era mucho mayor; esa era la miseria cristiana, pero al mismo tiempo su grandeza porque cuando los vicios, los crímenes eran pecado había lago de bueno, había esperanza, había lugar para la «gracia». Pero cuando se habla de un mundo moderno descristianizado, totalmente no-cristiano, que se mueve enteramente fuera del sistema, «no se quiere decir otra cosa a no ser la renuncia de todos a todo cristianismo». Péguy responsabiliza de esa situación a los clérigos que negaban esta catástrofe y preocupados con la moralidad ajena no cesaban de condenar con rencor el mundo moderno («O que conta é o maravilhamento», 30 días, Roma, 2002).

Gianni Valente escribe en el libro arriba citado algo que es actual: «A los ojos del joven socialista Péguy, la Iglesia Católica aparecía desfigurada por dos llagas. En el plano temporal, hizo alianza con la burguesía capitalista, escoria del nuevo orden burgués e da su bendición a la inundación de opresiones y crímenes que en ella se realizan. En el plano espiritual, ostenta una consciencia tranquila, calculadora, frente a la posibilidad real que la perdición temporal y eterna sea el destino de muchos».

Por esta razón Marx concluyó que «la religión es el opio del pueblo» en el contexto del cristianismo de la Alemania de 1840 que era semejante en todas las potencias colonialistas del siglo XIX. Nos preguntamos: ¿y actualmente qué?

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Autor

José Manuel Vidal

Periodista y teólogo, es conocido por su labor de información sobre la Iglesia Católica. Dirige Religión Digital.

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