En las calles de Oviedo, la gente le vitorea y le pide bendiciones

Padre Ángel, el de la corbata roja y la sonrisa de la concordia

Como todo los años, vuelve a su tierra natal a reconquistar la concordia

Padre Ángel, el de la corbata roja y la sonrisa de la concordia
El Rey y el Padre Ángel

Cincuenta años en los que ha mantenido su preferencia por los desfavorecidos, pero sin dejar de practicar jamás la igualdad, "porque los políticos y los príncipes también necesitan que se les quiera"

(Lucía López Alonso).- Todavía no son las siete de la mañana y, en una cafetería de carretera, el camarero amplía una sonrisa y le dice al Padre Ángel y a sus acompañantes que «están invitados». Todos buscan el porqué con la mirada. Pero un hombre de mediana edad no tarda en explicarse.  Se acerca al fundador de Mensajeros de la Paz y le tiende mano y buenos días.

«Encantado de saludarle, Padre Ángel. Admiro muchísimo todo lo que usted hace por los demás». El desconocido explica al sacerdote que está atravesando un momento duro. Que, después de más de 20 años y tres hijos, se está divorciando. «Mi mujer ya no me quiere». El Padre Ángel le sonríe sin dejar de estrecharle la mano. Le dice que es mejor separarse que engañarse y hacerse daño.

El hombre confiesa, antes de marcharse con la misma discreción con la que el cielo está empezando a clarear, quedarse más tranquilo después de escucharle. El presidente de Mensajeros de la Paz también retoma su camino: le espera, en el Hotel Reconquista de Oviedo, la jornada de los Premios Princesa de Asturias.

Todavía no son las doce de la mañana, y el Padre Ángel ya ha saludado a cientos de personas. Sin exagerar. Si «compartir» es partir con los demás, a su caso se le añade partir hacia los demás. Saluda y saluda, y cuando se despide, es siempre porque sale hacia el encuentro de alguien más. Sin miedo a la ternura, en el hall del Reconquista besa mejillas, lanza besos, bromas y piropos. Y, cuando se disculpa para acercarse a otros, nadie se enfada. Todos parecen entender que los ángeles, como la suerte, hay que compartirlos.

La Reconquista de la Concordia

Para el Padre Ángel, Premio Príncipe de Asturias de la Concordia 1994, el premio 2016 a la ONG Aldeas Infantiles «pone en valor el trabajo por acabar con las desigualdades entre los más pequeños». Y en esa entrada de hotel de lujo, parece poner en práctica sus palabras, agasajando a todo el mundo con el privilegio de la igualdad.

Pasan rectores de universidad y periodistas con sus cámaras, y a todos les saluda y les trata con el mismo cariño. La Reina Sofía o el Rey Felipe VI. Del exministro Marcelino Oreja al cirujano Vega, que ha operado a cientos de niños que el Padre Ángel consiguió traer a España en vuelos humanitarios desde el cuerno de África o la guerra de Irak, pasando por grandes empresarios, personalidades del mundo de la cultura como Víctor García de la Concha o la actual presidenta del Congreso de los Diputados, Ana Pastor.

Todos le preparan una palabra de admiración, y se acercan a llevarse el afecto del sacerdote que, cada mes de octubre, vuelve a su tierra natal a reconquistar la concordia. Así lo dijo nada menos que la Reina madre, Doña Sofía: «Al Padre Ángel le conozco desde hace años, y sigue igual».

Cincuenta años en los que ha mantenido su preferencia por los desfavorecidos, pero sin dejar de practicar jamás la igualdad, «porque los políticos y los príncipes también necesitan que se les quiera». Y de quererles a todos presume, sin descanso, toda la mañana de gala en el Reconquista.

Todavía no son las seis de la tarde, y ya ha empezado el espectáculo. No dentro del Teatro Campoamor, donde va a tener lugar la entrega de los Premios Princesa de Asturias, sino en la calle. El Padre Ángel rechaza el autobús que le podría haber llevado del Reconquista al Campoamor, y hace el trayecto andando.

Esas calles son como su casa. En una, nada lejos, vive su hermana. La gente se agolpa detrás de las vallas. Y, según pasa por delante, le llaman y le piden fotos. «Mira, es el Padre Ángel», dice una madre a su hija, que lleva el vestido tradicional para acompañar a la banda de gaites. Le aplauden. «Viva el Padre Ángel». Parece un paso de Semana Santa. Pero un paso sin magdalenas, ni cruces, ni dolores. El paso de la concordia. El paso de la sonrisa.

Se acerca, como el Papa Francisco, a los niños, a los ancianos y a las personas con discapacidad. A los que pueden sentirse solos, como aquel hombre en la cafetería de carretera. Le intercambia las gafas a un niño, para hacerle de reír. O tal vez sea un truco para mantener su visión enfocada siempre a los más pequeños.

Ha sido un día de alfombra azul, de reencuentros con políticos, grandes periodistas, intelectuales y empresarios influyentes. De trajes caros y maquillajes, protocolos y tarjetas de visita. Flashes. Superficialidades. Pero el Padre Ángel les quiere a ellos hasta la mitad de las mejillas. La otra mitad es para los niños de Mosul. Para las personas sin hogar que la semana anterior le acompañaron, desde la iglesia de San Antón, hasta su casa de La Rebollada. Para los ancianos que están en residencias. Para las familias que no pueden permitirse comprar el periódico donde mañana saldrán las fotos de esa alfombra azul.

Por eso la calle le aplaude. Por eso le quieren ricos y pobres. Porque, a los primeros, les mira y sabe que su bondad está debajo de la superficie de sus trajes caros. Porque, a los segundos, les mira y sabe que su belleza está encima de las necesidades que padecen. Que lo realmente bello aparece en las personas a las que lo feo les incumbe.

Su moral tiene caricias y denuncia. Caricias para todos, pero también la misión de ser el ángel que cuestiona al tiempo que quiere. El de la corbata roja y la sonrisa de la concordia.

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Autor

José Manuel Vidal

Periodista y teólogo, es conocido por su labor de información sobre la Iglesia Católica. Dirige Religión Digital.

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