Para unos se trata de una decisión acertada, puesto que el Papa solo ha hecho confirmar lo que los obispos españoles han respaldado al elegirlos para los dos cargos más importantes de la Conferencia Episcopal
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(Juan Rubio).- El actual arzobispo de Madrid, Carlos Osoro Sierra (Cantabria, 1945) entra hoy a formar parte del «colegio cardenalicio», la veterana institución eclesiástica que cuenta hoy con poco más de un centenar de miembros en activo, con una media de edad de 76 años.
Aunque la misión principal de este «selecto club» es la de «ayudar al papa en el gobierno de la Iglesia Católica» y de sus 1.254 millones de fieles repartidos en todo el mundo, según las estadísticas del Anuario Pontificio de 2015, la actividad más destacada de esta «gerontocracia eclesiástica», como la llaman algunos críticos, es la de elegir papa cuando quede «vacante la Sede Apostólica , tras la muerte o renuncia del pontífice».
Los días que dura el cónclave son los días de gloria de este colectivo que se distingue por el color rojo de su indumentaria y ciertas prerrogativas que aún permanecen de los años en que eran llamados «príncipes de la Iglesia». El Papa va completando sus peones de confianza con el binomio Blázquez-Osoro. Lo mejor, sin embargo, sería una tríada haciendo a Omella cardenal en el próximo consistorio.
Desde su elección en 2013, el Papa Francisco ha «creado» (palabra del argot eclesiástico para referirse a este tipo de nombramientos) a 56 cardenales en tres hornadas (consistorios). En cada uno de ellos ha incluido a un español: Fernando Sebastián, en 2014; Ricardo Blázquez en 2015 y Carlos Osoro, en 2016.
El primero, arzobispo emérito de Pamplona-Tudela, considerado «la cabeza mejor amueblada» del episcopado español y de cuyos libros era asiduo lector Bergoglio, según ha confesado en alguna ocasión el Papa. El segundo, Ricardo Blázquez, arzobispo de Valladolid, tras su sereno y pacificador paso por Bilbao, en donde fue recibido por Arzalluz con un despectivo «un tal Blázquez», es el actual presidente del colectivo episcopal español y el prelado con mayor respaldo de todo el colectivo. Al ser nombrado cardenal el pasado año se convertía en la primera pieza propia que el Papa Bergoglio ponía en la geografía eclesiástica española para ayudarle en su reforma.
Ahora, en esta tercera ocasión, con el nombramiento de Carlos Osoro, arzobispo madrileño, vicepresidente de la Conferencia Episcopal, pone la segunda pieza clave, completando un binomio en el que Francisco ha deseado evitar enfrentamientos como sucedió en la época de Pablo VI, con dos líneas enfrentadas y representadas por los cardenales Tarancón y González Martín; o en la época de Juan Pablo II-Ratzinger y la escenificación del antagonismo protagonizado en los últimos años entre los cardenales Rouco y Cañizares.
Ahora el Papa ya cuenta con tres cardenales de su cuerda, apoyados desde Roma por otro cardenal español, Santos Abril, viejo amigo de Bergoglio en su época de nuncio en Argentina y uno de los que, según diversas fuentes, fue muñidor de la cuerda de votos para lograr su elección.
Al Papa solo quedaría completar la tríada haciendo cardenal al actual arzobispo de Barcelona, Juan José Omella, hombre de su confianza y con mando en la sala de máquinas en Roma, en donde se nombran obispos para todo el mundo. Será en la próxima ocasión y, con ello, el Papa Bergoglio, que cumple 80 años el próximo 16 de diciembre, tendría sus peones situados en el tablero eclesiástico español. Después… «que Dios reparta suertes…».

«De Madrid… al cielo»
Decía el escritor madrileño Gómez de la Serna que «Madrid es no tener nada y que parezca que lo tienes todo». Y eso debieron pensar los tres últimos arzobispos de Madrid, procedentes, dos de ellos, de Santiago de Compostela, el cardenal Suquía y el cardenal Rouco, que tuvieron que dejar una sede veterana y tranquila, bien armada de patrimonio y cambiarla por Madrid, una sede con poco más de un siglo de vida y cuyo primer obispo murió apuñalado por un sacerdote de su diócesi, encontrándose con una catedral, la Almudena, sin terminar y sin pagar, hasta que el cardenal Rouco se decidió a pedir ayuda a empresarios relacionados con el Opus Dei, que se encargaron de saldar las deudas.
Madrid no tuvo cardenal hasta la llegada de Vicente Enrique y Tarancón, el hombre del Papa Pablo VI en España, aliado del entonces nuncio Dadaglio, un trípode con el que la iglesia ayudó a la transición democrática española. Después, tras la primera visita de Juan Pablo II a España ,en octubre de 1982, Wojtyla, tras acusar al cardenal Tarancón en un encuentro personal subido de tono, de haber puesto alfombra roja a los socialistas en España, trazó su plan para hacer un «tour de forcé» en España, nombrando nuncio a monseñor Tagliaferri y arzobispo-cardenal de Madrid a Ángel Suquía. Durante aquellos se produjo la gran involución en el mapa episcopal español. Al sucesor, el cardenal Rouco Varela, durante veinte años en el cargo, solo le quedó completar la obra de su antecesor y amigo, convirtiéndose en el hombre en España de Juan Pablo II y de Benedicto XVI.
Carlos Osoro debió de pensar igual al ser trasladado desde Valencia a Madrid. Dejaba una de las diócesis más pobladas y ricas de Europa en patrimonio, pero se le abría el camino para llegar al cardenalato. Mientras tanto prefirió no entrar en banderías, mantenerse al margen de los enfrentamientos que entre los años 2005-2012 se vivieron en el interior de la Iglesia y al exterior, especialmente en la legislatura de Rodríguez Zapatero.
Como había hecho siempre, Osoro, como una hormiguita, seguía trabajando en puestos significativos, aunque alejado de las contiendas, pero apoyando a unos a y a otros en un doble juego que incluso se le llegó a criticar. Fue tras la era Rouco (a quien tanto el nuevo purpurado como otros de su grupo llamaban entre bambalinas «El Emperador»), cuando Carlos Osoro sacó pecho y jugó la carta de apoyar a Blázquez para la presidencia del episcopado y quedarse él con la vicepresidencia. Todo a su tiempo.
El actual arzobispo de Madrid ha tenido que esperar menos años para llegar a cardenal que sus antecesores. Para unos se trata de una decisión acertada, puesto que el Papa solo ha hecho confirmar lo que los obispos españoles han respaldado al elegirlos para los dos cargos más importantes de la Conferencia Episcopal. Para otros, más críticos y conocedores de la trayectoria eclesiástica del nuevo cardenal madrileño, se trata de algo propio en quien, como dijo un viejo compañero suyo «desde joven siempre estuvo en las alturas. Le pasa lo que a Martín Villa, que nunca se bajó de un coche oficial».

Una trayectoria biográfica firme y veloz
La trayectoria del nuevo cardenal madrileño ha sido calificada de «rauda y veloz». Nacido en Cantabria en 1945 no siguió el ritmo normal de la época entrando al seminario con doce años, sino que lo hizo más tarde, después de cursar estudios civiles de Magisterio, Pedagogía y Matemáticas. Era lo que entonces se llamaba una «vocación tardía», razón por la que realizó sus estudios teológicos en el seminario que había en Salamanca para quienes entraban a estas edades. Tras ser ordenado sacerdote en 1973, de vuelta a su diócesis, apoyado por su entonces obispo Juan Antonio del Val, y en tan solo cinco años, ocupó todos los cargos relevantes en las curias diocesanas (secretario personal, rector del seminario, vicario general, canónigo).
Carlos Osoro entraría, si fuera el caso, en la nómina de los personajes santanderinos que han dominado varios sectores de la vida española y a los que Gregorio Morán define con minuciosidad en su obra «El cura y los mandarines», una radiografía muy personal del escritor asturiano afincado en Cataluña, tomando como punto de referencia a Jesús Aguirre, el Duque de Alba y siguiendo con otros personajes como Botín o Polanco, entre algunos más. Morán analiza con no poca crueldad y mucha documentación en su último libro. A Santander y sus gentes en el epicentro del mapa español de los últimos años. Carlos Osoro pudiera ser un ejemplo de un hipotético apéndice del libro.
Osoro dio el salto a Madrid como secretario de la comisión del clero, una actividad que dio buenos resultados en momentos de secularizaciones, conformando un equipo que ayudó a cambiar el estilo de vivir el ministerio en los sacerdotes españoles. En 1997 comenzó su carrera al episcopado en la pequeña diócesis gallega de Orense; después, en 2002, fue enviado a Oviedo, sustituyendo a Díaz Merchán, uno de los obispos más destacados y defenestrados en el pontificado de Juan Pablo II; después en 2009 llegó a Valencia, para, aterrizar en Madrid hace dos años.
«Vos sos un obispo peregrino», le dijo el papa en una de sus audiencias, cuando le contaba su trayectoria. Un argentino que escuchó el comentario dijo que en ese momento quizás el Papa no se dio cuenta que en lenguaje porteño, la frase se entiende de otra forma: «Vos sos un trepa». Pero detrás de toda esta carrera nadie olvida su amistad, desde hace años con el cardenal Sandri, un argentino afincado hace muchos años en Roma y responsable de las relaciones con las iglesias orientales, un cargo discreto, pero un personaje con poder en los anteriores y en el actual pontificado.
Osoro, un hombre afable, «la sonrisa del régimen», decía el viejo cura de su diócesis, poco amigo de enfrentamientos a tope de carnero, da pocos titulares, muchos abrazos y besos y «si visita a los jesuitas, solo habla de su gran relación con la Compañía y si le toca visitar unas monjas, solo habla de cuánto quiere a esa congregación de monjas desde niño». Es poco dado a declaraciones políticas y es bien conocedor de que son pocos los años que le quedan en Madrid, dada su edad.
Amigo de la familia Botín, presidió su funeral en Boadilla del Monte, en la Ciudad del Santander, pero también compañero y paisano del Padre Ángel a quien ha dado campo de trabajo y apoyo en Madrid. Criticado por su forma de gobernar personal, no es partidario de obispos auxiliares y de hecho es la única vez que Madrid solo cuenta con uno, Martínez Camino, y que espera su traslado. El tiempo corre y mientras que el Papa ya va completando los cuadros de su tablero en la geografía eclesiástica española, Osoro sigue su camino pues aún le quedan menos de diez años y podrá un día entrar a la Capilla Sixtina para elegir un nuevo papa o, quien sabe…
Madrid tiene ahora como vecinos a cuatro cardenales, tres eméritos, Rouco Varela, Amigo Vallejo y Estepa Llaurens; y solo uno en activo, el nuevo cardenal cántabro que no ha tenido que esperar tantos años como sus antecesores para lograr la púrpura cardenalicia, solo dos años.
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