Los Amigos del Desierto le rinden un sentido homenaje en el centenario de su fallecimiento

Pablo D’Ors: «Foucauld es la imagen en la que pueden reconocerse todos los fracasados de la historia»

Cantos, meditación y un emotivo lavatorio de pies para el del rostro "del poder de la mansedumbre"

Pablo D'Ors: "Foucauld es la imagen en la que pueden reconocerse todos los fracasados de la historia"
El beato Charles de Foucauld RD

Bajarse en la vida, no subir. No buscar la fama ni dejarse agobiar por la lucha incesante del mundo por el éxito, porque -como nos enseñó Jesús- "la verdad está abajo"

(Cameron Doody).- De entre todos los santos y beatos que tiene la Iglesia, no hay ninguno que mejor encarnó el fracaso que Charles de Foucauld. Precisamente por eso -porque es más fácil identificarse con un fracasado que con una persona de éxito- los Amigos del Desierto quisieron rendirle al beato un emotivo homenaje la noche de este miércoles, en vísperas del 100 aniversario de su muerte.

Soldado, patriota, explorador, criado, monje. Foucauld probó su suerte en varias profesiones a lo largo de su vida pero no triunfó en ninguna. Pero como recordó el sacerdote Pablo D’Ors anoche en la iglesia de los carmelitas descalzos en la madrileña Plaza de España, por todo ello «Foucauld es la imagen en la que pueden reconocerse todos los fracasados de la historia». Cuando no vemos cumplidos nuestros sueños, nos encontramos con él, en el desierto, en estos momentos tan áridos que todos hemos experimentado. Y para sobrevivir, o volver a florecer, en territorio tan aparentemente hostil, él nos propone un camino: el de callarnos para redescubrir a la voz de nuestra conciencia. El de convertirnos en lo que siempre estábamos llamados a ser.

Cantos, evangelio, homilía, meditación. Resumido en palabras, la celebración de anoche no parece tener nada, quizás, que lo distingue de cualquier otra liturgia. Incluso con el «rito de lavatorio de pies», tan propio del ceremonial ritualizado del Jueves Santo, que se mencionaba en el panfleto. De la misma forma en que tenemos que mirar al rostro de Foucauld para entender su «secreto» -tan ricamente definido por D’Ors como «el poder de la mansedumbre»– para sentir la fuerza del homenaje de anoche hay que recurrir a la dimensión física del acto.

No solo se nos fueron lavado los pies, sino también se los lavamos a otros. Nos agachamos y nos humillamos. No solo fueron esas acciones la esencia de la vida de Foucauld, explicó D’Ors, sino que constituyen el quid de la fe cristiana, la de Él que «se despojó de sí mismo, tomando forma de siervo», como dice Filipenses. Bajarse en la vida, no subir. No buscar la fama ni dejarse agobiar por la lucha incesante del mundo por el éxito, porque -como nos enseñó Jesús- «la verdad está abajo».

Padre mío, me abandono a Ti. Por muy bella que sea, ni incluso la oración de Foucauld -que, pese a que el beato ni tuvo ni un solo seguidor en vida, la rezan más de 10.000 de sus hijos espirituales hoy en día– le hace justicia a su legado. Quizás éste se dejó entrever solo a la salida del templo al frío de la noche invernal, a esa tierra tan extraña, pero, aún así, misteriosamente reconfortante. De noche, iremos de noche, que para encontrar la Fuente, solo la sed nos alumbra. Como suele pesar, solo la palabra poética -en este caso, la del canto que cantamos al principio- nos puede aproximar a la verdad de lo que vivimos.

Autor

José Manuel Vidal

Periodista y teólogo, es conocido por su labor de información sobre la Iglesia Católica. Dirige Religión Digital.

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