Macario Ofilada

«Las campanas suenan por tí»

"Campanadas nocturnas por el fin de la violencia en Filipinas"

"Las campanas suenan por tí"
Macario Ofilada

Aplaudo las campanadas iniciadas por la iglesia y pido a ésta que, a la vez que cumple con su función profética de la denuncia, sea autocrítica consigo misma dada la cultura de impunidad que también se vive dentro de sus filas

(Macario Ofilada).- Me solidarizo con mucho gusto con las campanadas nocturnas durante nueve días de la Diócesis de Legazpi y de la Archidiócesis de Lingayen-Dagupan (Filipinas), iniciadas hoy fiesta nacional del patriota filipino Andrés Bonifacio (día 30 de noviembre), como llamada o invitación a la oración a los fieles por el fin de la ola violenta que sigue sacudiendo nuestro país.

Me refiero a las ejecuciones extrajudiciales tan prevalentes desde que se supieron los resultados de los comicios presidenciales de mayo de este año.

Puesto que no tengo campanas en mi domicilio, prometo rezar de manera más intensa por esta intención sobre todo este Adviento. Los martes me acodaré de esta intención de manera especial junto con las siguientes intenciones: por la conversión de los pecadores y por todos nuestros enemigos, es decir, las personas que nos han hecho mal y las que han sido objetos de nuestra ira y odio puesto que incluso para los cristianos, que quieran vivir seriamente su fe y compromiso, el perdón y la misericordia siguen siendo lecciones muy duras de aprender o un chiclé muy difícil de masticar.

Las ejecuciones extrajudiciales son una manifestación más, pero más preocupante y sangrienta, de la cultura de impunidad que se ha radicalizado en nuestra sociedad y conciencia compartida desde por lo menos los años de la Ley Marcial pero sus orígenes vienen de muy atrás incluso en tiempos prehispanos agudizados con las colonizaciones españolas, estadounidenses y japonesas cuando frente al otro los filipinos optaron por éste en lugar de solidarizarse con los de su raza.

La cultura de la impunidad demuestra que los filipinos somos racistas en el fondo. Amamos a lo extraño, pero odiamos a los de casa, a nosotros mismos. Nos gusta identificarnos con formas que nos parecen superioras o que nos han ofuscado por su brillantez institucional y promesa histórica. Y algunos de los mismos extranjeros afincados en nuestra tierra han sabido aprovecharse de esta triste realidad, y utilizando a los propios filipinos dispuestos a colaborar con este racismo por su desprecio a sus orígenes filipinos, para reducir a varios filipinos en ciudadanos de segunda y tercera fila en su propio país.

El racismo, el desprecio por la propia raza y cultura demuestra un orgullo basado en la inseguridad, en la infelicidad, en la incapacidad de reconciliarse con la realidad contextual que le ha tocado vivir a cada uno. Todo ello se manifiesta a través de un egoísmo despiadado que en lugar de construir o mejorar destruye lo bueno que hay.

Todas las formas de odio, intolerancia y racismo corroen una sociedad y sus diversos ámbitos. Y ahora me vienen a la mente las formas más comunes de esta cultura que es el acoso tanto en el ámbito laboral como en el mundo escolar (Bullying, en inglés). Los partidarios de la cultura de impunidad en sus diversas formas y varios ámbitos son personas incapaces de construir una sociedad nueva y mejor. Y ahora me vienen a la mente las promesas falsas de dictaduras de una nueva sociedad.

Me limito a evocar aquí la Sociedad Nueva de los años setenta de Marcos. Las ejecuciones extrajudiciales de nuestras calendas tienen por finalidad construir una nueva sociedad sin los drogadictos y drogatraficantes a base de la violación caprichosa de un derecho inviolable que es el a la vida. A lo que voy, la realidad muy preocupante de la abundancia de las ejecuciones extrajudiciales se debe a una cultura de odio hacia lo propio, un desprecio hacia lo filipino, una aversión hacia lo nuestro muy arraigada en nuestras conciencias heridas por hechos históricos.

La solución consiste en su antítesis que es el amor y en la forma más aguda o radical de expresar el mismo: el perdón. Perdonar no es olvidar. Perdonar consiste en ser benévolo, misericordioso, acogedor por acordarse de todo, pero sin anular las exigencias de la justicia. La justicia no es simplemente la dosis mínima de la caridad o de la misericordia, como dijera Benedicto XVI (Joseph Ratzinger) sino que la justicia es la misma exigencia de la misericordia fundada en la caridad. La justicia es el orden, la disciplina de la misericordia para que no se reduzca en mero sentimentalismo o romanticismo irracional.

Todas medidas de justicia deben administrarse desde la caridad, desde la misericordia por medio de este criterio: la finalidad de corregir, de enseñar, de recapacitar, de proteger a los demás sin violar la dignidad innata del criminal o pecador. Pues, pecadores todos lo somos. Algunos más que otros, es decir, algunos han hecho cosas peores que los demás. Y la violencia desatada es una de las cosas peores que el ser humano puede hacer no sólo a los demás sino a sí mismo, pues mancharse con la sangre del hermano es mancharse a sí mismo; es destrozar la humanidad en uno mismo.

La autoridad de la que dimanan los poderes de los dirigentes, empezando con los nuestros en este perdido edén del Oriente como le gustara decir al vate fusilado en la Luneta José Rizal, no es un objeto para hacer experimentos. Esto vendría a ser una forma más sofisticada y legalizada del terrorismo. Están ahí dichos poderes no como herramientas de terror a utilizar contra la población. No están ahí como una espada de Damocles para amenazar al pueblo. No son juguetes. No son meras herramientas. Son avenidas de servicio que han de tomarse con discreción, cautela, sobriedad. Y no con impunidad. No con capricho. No con una retórica despiadada. No con un sentido de humor enfermizo.

Al gobernante se le exige una fuerte dosis de autocontrol que significa la superación de egoísmo en sí mismo y que construye un carácter no sólo con alcance individual sino sobre todo con dimensión comunitaria. Sus insinuaciones, declaraciones, intuiciones pueden desatar fuerzas incontrolables dentro de la sociedad aunque no se les pueda imputar directamente por su lejanía a los hechos, medida sobre todo por los letrados, desde criterios o baremos positivistas. Los individuos pueden ser caprichosos. Los dirigentes ungidos con tantos poderes no pueden permitirse este lujo, pues de su acción, de su palabra, de su opción política depende la vida de los demás y el destino de un cuerpo colectivo. Pongamos fin a este capricho devastador que son las ejecuciones extrajudiciales. Sería una humilde aportación al fin de la cultura de impunidad -en sus diversas formas sobre todo en la más conocida que es la corrupción- tan imperante en nuestra sociedad filipina.

Aplaudo las campanadas iniciadas por la iglesia y pido a ésta que, a la vez que cumple con su función profética de la denuncia, sea autocrítica consigo misma dada la cultura de impunidad que también se vive dentro de sus filas. No sólo me refiero a los abusos sexuales sobre todo a los menores sino a los abusos dada la cultura levítica que lamentablemente sigue imperando en Filipinas y a estas alturas durante el pontificado del Papa Francisco quien nos honró con su presencia en enero de 2015.

Los mismos laicos filipinos que se odian a sí mismos por la rivalidad parroquial son los más grandes promotores de este clericalismo denunciado ya por el Sumo Pontífice actual. Me refiero a los abusos cotidianos en que el cura tiene la única y última palabra imponiéndola en la vida de los fieles, en que el cura abusa del púlpito para sus propios fines acaparando la celebración litúrgica, en que el cura actúa como si fuera el dueño de la parroquia y sus oficios, en que el cura menosprecia a los laicos y la intervención de éstos en la vida parroquial olvidando que el <> o la herencia pertenece al <> o gran asamblea.

Es de lamentar que la mayoría de los curas tengan unos conocimientos nulos de teología, de filosofía y de espiritualidad. Además muchos no tienen sentido común por no querer aprender de sus experiencias pastorales por muy experimentados que sean por los años que llevan en el Tajo. Nuestra comunidad merece hombres mejores preparados, hombres más sobrios, más prácticos, más benévolos. Prueba de ello son sus fallos lingüísticos que dan lugar a malentendidos, pronunicados por hombres que se consideran a sí mismos cultos y más preparados que los laicos, en cada sermón largo e insoportable, proclamado sin piedad y sin sobriedad que ellos juzgan profundos y esclarecedores, y que se convierten en discurso modélico para nuestros pobres escolares que con cada generación que pasa escriben, leen y hablan peor.

Espero que la iglesia desde sus jerarcas y clérigos recuerden las palabras lapidarias de Hemmingway en su novela enigmática sobre la guerra civil española: <>. Espero que no doblen las campanas por la iglesia filipina llamada a ser profeta en solidaridad con los más pequeños durante estas campanadas nocturnas.

Autor

José Manuel Vidal

Periodista y teólogo, es conocido por su labor de información sobre la Iglesia Católica. Dirige Religión Digital.

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