Ángel Manuel Sanchez

Católicos eclesiópatas

"Un católico en el sentido constructivo"

Católicos eclesiópatas
Ángel Manuel Sanchez

Se puede seguir siendo un católico activo sin tener una COMUNIDAD DE PERTENENCIA. Pero añado, difícilmente puede vivirse la Fe sin tener una COMUNIDAD DE REFERENCIA

(Ángel Manuel Sanchez).- El cristiano del siglo XXI será místico, o no será (Karl Rahner S.J.) El genial teólogo jesuita quiere decirnos que el cristiano contemporáneo se distingue por mantener una relación personal e inmediata con Dios y, por encarnar esta experiencia en su realidad concreta, en una actitud ascética y radical de servicio al mundo.

No hay dimensión eclesial en esta definición profética del cristiano contemporáneo.

No son pocos los católicos que no viven, o lo hacen mínimamente, sus vínculos con el resto de la comunidad cristiana. Yo soy uno de ellos.

Las razones pueden ser muy diversas: falta de convencimiento de su utilidad, hostilidad al compromiso o a la institución, desarraigo eclesial, secularización agresiva, falta de vida sacramental, diferencias con las personas con las que uno se une o convive, o la propia elección.

Lo que sí hay que subrayar es que existe un fenómeno notorio, el desarraigo de la mayoría de católicos de la vida de sus comunidades.

Se puede seguir siendo un católico activo sin tener una COMUNIDAD DE PERTENENCIA. Pero añado, difícilmente puede vivirse la Fe sin tener una COMUNIDAD DE REFERENCIA. El sólo hecho de asistir a la Eucaristía nos lleva a buscar la comunidad.

Si la Iglesia echa en falta a católicos en la vida pública es porque quizás la visión del compromiso con la vida pública es reducida. Por vida pública puede entenderse realidad secular, no siendo necesariamente ésta la más significativa (la política o mediática). Realidades seculares radicales son las de nuestra familia, trabajo y vecinos en las que no se puede estar a medias.

El problema que observo es que los laicos en la Iglesia corren el peligro de clericalizarse, quizás incluso más que el clero que dirige nuestras comunidades. La solución es pasar el tiempo justo en las comunidades pues hay mucho que hacer, lo cual no significa que hay que hacer muchas cosas, sino que hay que hacerlas bien. Hay que estar plenamente en nuestra realidad, tratar de escapar de ella es pecar. No podemos reducir nuestra vida de Fe al ámbito exclusivo de nuestras comunidades, pues contribuimos a la división entre Fe y vida, y a cierta esquizofrenia humana y espiritual. La Fe no busca espacios, la Fe es llena espacios.

El clericalismo, que podría definirse como un autocomplaciente corporativismo eclesial, desplaza la que debería ser nuestra inclinación natural como cristianos, la de vivir nuestra Fe en nuestro entorno más profano, o sea, allí donde estamos porque lo elegimos y nos toca y haciéndolo PLENAMENTE que es lo cristiano.

Al clericalismo se le puede atribuir la falta de naturalidad como barrera para desenvolverse en el mundo. El clericalismo es una condición aprehendida en las comunidades religiosas por su estructuración vertical, cuya existencia no cuestiono, pero cuya inculturación sí.

La sensación que tenemos todos de hostilidad del entorno hacia nuestra Fe puede ser más irreal que real. No somos ciudadanos de Marte ni ciudadanos de segunda. Somos igual de padres, de hijos, de abuelos, de compañeros de trabajo, de vecinos, de compatriotas que los demás.

Somos uno más, aunque no queramos ser como los demás en el sentido más negativo de la secularidad, comportarnos como si Dios no existiese.

Juntos, próximos y lejanos, buscamos la verdad desde nuestras respectivas realidades.

Nuestra Fe no se ciñe al ámbito privado, y ha de expresarse con naturalidad dentro de esta realidad gobernada sabiamente por la DIVERSIDAD. Reivindicar la pluralidad dentro de esta sociedad es reivindicar nuestro derecho, como el de los diferentes, e incluso opuestos, a formar parte de ella, porque nosotros también creamos esa realidad. Las creencias religiosas de las personas forman parte de la realidad y son motor para hacer el bien a los demás. Por eso son un fenómeno valorado positivamente en nuestra tradición jurídica occidental.

La Iglesia sin embargo puede no estar velando internamente por esta pluralidad y ello puede ser una causa no menor de autoexclusión de muchos católicos.
En una misma Fe y comunión, han de congregarse los que se saben Hijos de Dios y se sienten bendecidos por ello con independencia de si están casados o no, de si son heterosexuales o no, de izquierdas o de derechas, padres solteros o no. Porque todos compartimos la condición de sentirnos necesitados de Dios y porque somos buscadores de comunicar con nuestros semejantes esta experiencia trascendental en nuestras vidas. Los cristianos se buscan y encuentran en desigual condición, y son enviados en misión en igual condición.

No es fácil que en la Iglesia se respete la diversidad que impera en la realidad. Respetar no significa asimilar la diversidad ni filtrarla a través de la homogeneidad. Significa extender la comunión a la diversidad. El Dios que experimentamos nos convoca a los distintos, en cuerpo apostólico, para ser instruidos y enviados como imágenes de Cristo a quienes no lo conocen, lo olvidaron o le rechazan.

Construimos el Reino de Dios extendiendo certezas al mundo. Por mucho que mi vida o el resto del mundo cambie, hay un Dios dispuesto siempre a atenderme y a comprometerse conmigo incluso sosteniendo mi cruz.

Nuestras comunidades han olvidado las tradicionales visitas a enfermos, ancianos o personas solas en sus casas, en hospitales, asilos, y allá donde un ser humano hermano pudiera necesitar ayuda o compañía. La Iglesia se ha empobrecido con ello, con ello y con la burocratización de la vida comunitaria.

Raramente las actividades de formación se complementan como espléndido campo de experiencias con las tradicionales visitas, que son una sabrosa fuente de encuentro personal y espiritual con otras personas, fuente de conocimiento de la realidad y fuente de discernimiento de la propia vocación cristiana.

Hemos perdido ambición y audacia, porque tenemos miedo al rechazo y evitamos la dura calle. Nosotros no buscamos prosélitos, buscamos cristianos, es decir, buscamos detectar la acción del Espíritu Santo que se derrama sobre iguales y distintos y, buscamos HUMANIZAR nuestros pueblos y ciudades. Pero no, no buscamos prosélitos que es lo único que sí debería darnos miedo.

En resumen, no es fácil distinguir que más que comunidades de pertenencia, tenemos comunidades de referencia, porque como seglares cualquier rincón de nuestro entorno, es nuestra más acogedora parroquia donde un Cristo secular sale a nuestro encuentro en las situaciones y personas más inesperadas. Pero hay que hacerlo.

Soy por ello un católico en el sentido constructivo, eclesiópata.

Autor

José Manuel Vidal

Periodista y teólogo, es conocido por su labor de información sobre la Iglesia Católica. Dirige Religión Digital.

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