Guillermo Gazanini Espinoza

¿Y si Guadalupe desapareciera?

"485 años de las apariciones de Santa María de Guadalupe"

¿Y si Guadalupe desapareciera?
Guillermo Gazanini Espinoza

La Virgen de Guadalupe, a pesar de nuestros pecados e infidelidades, parece mostrar la oportunidad que viene de lo alto para enderezar lo torcido y salvar lo perdido

(Guillermo Gazanini).- Las horas transcurren y el peregrinar de millones aumenta. Ante Ella ponen lo más urgente y agradecen los favores concedidos. Año tras año reconocen fortaleza y salud, casi sobrenaturales, para estar en la Basílica y cumplir con la «manda». Casi ocho millones de personas reunidas en el Tepeyac ante la Madre de Dios, Ella no juzga, acoge; no amonesta, simplemente ama.

En 2016, conmemoramos 485 años de las apariciones de Santa María de Guadalupe al macehual Juan Diego, ese santo al que mucho debemos, pero que es injustamente tratado. Un indio, cola y escalera, quien tuvo en sus manos y entregó el emblema del fin de un mundo para iniciar otro, el del mestizaje de una nación naciente de las ruinas del mundo prehispánico del indio quien resguardó la prueba de nuestra identidad.

Esta noche de los 485 años de las apariciones, la fe desbordó y es justo hacer un alto para meditar sobre el amor a Guadalupe. Muchas otras devociones en México emergen y eclipsan, santos de pronto apabullados por el enrarecido ambiente secular de la religión del sentimiento y la conveniencia de los mitos. Sin embargo, la Virgen de Guadalupe, a pesar de nuestros pecados e infidelidades, parece mostrar la oportunidad que viene de lo alto para enderezar lo torcido y salvar lo perdido en este país donde Dios mostró su amor al traer el Verbo encarnado en las entrañas de María, vaso incorrupto, a una nación herida por la corrupción de sus hijos.

En el 2031, los mexicanos celebraremos 500 años de las apariciones y será motivo de un diagnóstico profundo por el medio milenio de evangelización frente a nuestros problemas cada vez más agudos y complejos. La misma ruta nos permitirá escudriñar esta identidad guadalupana creciente en cuanto a la devoción, no por un símbolo simplemente sino desde la esencia misma del cristianismo a través del guadalupanismo.

Ignacio Manuel Altamirano (1834-1893), indígena de Tixtla, notable liberal de la Reforma, político e intelectual, abogado, presidente de la Suprema Corte y quien sentó las bases de la educación laica, escribió uno de los estudios más esenciales desentrañando nuestra historia guadalupana. Con gran especulación filosófica y notable observación sociológica, Altamirano plasmó en las letras la «médula» del guadalupanismo acendrado en cada rincón de México donde un pueblo, comunidad o colonia, vivienda pobre o mansión ostentosa, resguarda siempre una humilde estampa o la confección más rica de la imagen guadalupana.

Quizá hoy, quien fuera maestro, diputado y procurador, observaría con singular agudeza las contradicciones y pecados que ostentamos con orgullo cínico en contraposición a la sinceridad y arrepentimiento que deberíamos tener. Es un verdadero drama de fe por el momento particular de nuestra historia, de tensión y crisis agudas en el presente en conflicto hacia la esperanza del futuro cuyo camino está sembrado de cardos y espinas.

Y en medio de esas crisis está la Virgen de Guadalupe. ¿No estoy yo aquí que soy tu madre? Ante este consuelo, lo escrito por el maestro cobra actualidad a pesar de los años como la brújula segura de nuestro porvenir. Como concluiría Espinel, el seudónimo usado por Altamirano en «La fiesta de Guadalupe», artículo aparecido en La República, el 12 de diciembre de 1880, «El día en que no se adore a la Virgen del Tepeyac en esta tierra, es seguro que habrá desaparecido no sólo la nacionalidad mexicana sino hasta el recuerdo de los moradores del México actual». Colofón que resume la verdad, esperanza y misterio que encierra en sí misma Santa María de Guadalupe.

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Autor

José Manuel Vidal

Periodista y teólogo, es conocido por su labor de información sobre la Iglesia Católica. Dirige Religión Digital.

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