Francisco: que la Iglesia abandone la «guerra justa»

"No hay guerras sin armas"

Francisco: que la Iglesia abandone la "guerra justa"
Alfredo Barahona

No se ha enfatizado en crear conciencia cristiana sobre la injusticia intrínseca de la guerra

El papa Francisco ha dado reconocimiento a una aspiración que viene tomando cuerpo en la comunidad eclesial desde largo tiempo: que la Iglesia abandone la teoría secular que aprueba las «guerras justas».

Lo había anticipado recientemente el cardenal ghaneano Peter Turkson, prefecto del Dicasterio vaticano para el Desarrollo Humano Integral.

La «guerra justa» es un principio que por siglos ha inundado en agua bendita innumerables conflictos bélicos amparados en la pretendida justicia de su causa. Se originó a partir de teólogos y juristas que, tratando de regular el derecho tanto a la guerra como durante y después de ella, buscaron refrenar a los agresores y reconocer la reacción legítima de los agredidos, sin sopesar debidamente que el león urde siempre razones baladíes para devorar al cordero.

Así, ya desde tiempos medievales fue acuñado el concepto de la «guerra justa», que desde el báculo internacional del Papado se incorporó después al Derecho Internacional, para sancionar la legitimidad de un conflicto bélico, el comportamiento de los beligerantes y las consecuencias del enfrentamiento.

El concepto no fue invención eclesial. Tiene su origen en principios grecorromanos, entre los que destacan las opiniones de Platón, Aristóteles y Cicerón, pilares doctos en la construcción del derecho canónico, y del internacional a partir de los estados nacionales del siglo XVI. Entre las vigas sólidas que sustentaron la teoría de la guerra justa se cuenta a santo Tomás de Aquino, san Agustín, Francisco de Vitoria y Francisco Suárez.

¿Quién dirime una guerra justa?

Pero los que durante siglos parecieron ser principios sólidos para autorizar guerras «cristianas», discernir licitudes, adjudicar autoridades creíbles, vengar injurias y castigar a injustos agresores, con el tiempo han terminado arrasados por la bestialidad del león, quedando los principios meramente en el papel. Baste recordar, entre muchas, la prepotencia con que Adolfo Hitler se apoderó de buena parte de Europa, y la forma bochornosa como USA y sus aliados arrasaron a Irak a partir de 2003, con el pretexto leonino de que escondía armas químicas.

Los principios de la guerra justa han quedado así al arbitrio de las fieras. Una de las causas primordiales es que en los hechos no hay una autoridad capaz de imponerse en el ámbito internacional. Para los asuntos cruciales, las Naciones Unidas es una institución títere; las fieras toman las decisiones, bajo el nombre de «miembros permanentes del Consejo de Seguridad»: USA, Rusia, China, Francia y el Reino Unido.

Los 10 miembros no permamentes sirven de adorno. USA ha demostrado, incluso, que se sienta en sus colegas para llevar adelante guerras no autorizadas por ellos.

Frente a esto, ya el clarividente Juan XXIII, en su encíclica «Pacem in Terris», incubada en los días cruciales de 1962 -cuando el mundo estuvo al borde de una tercera guerra mundial por causa de los misiles rusos descubiertos en territorio cubano-, abogó por una verdadera autoridad internacional y dio por abolida la «guerra justa», manifestando un rechazo incondicional a la guerra en sí misma.

Sostuvo «el papa bueno» que en la era atómica resulta impensable que la guerra pueda utilizarse como instrumento de justicia. Esto implica en consecuencia el rechazo al concepto de guerra justa.

Dijo el memorable pontífice: «en nuestra época, que se jacta de poseer la energía atómica, resulta un absurdo sostener que la guerra es un medio apto para resarcir el derecho violado» (P. in T. 127).

Por tanto, si la doctrina social de la Iglesia rechaza toda guerra como medio para imponer justicia, no hay guerras justas; como no las hay limpias, según antiguo adagio.

Nada justifica una guerra

Por más de medio siglo desde que Juan XXIII fijara esta posición congruente con el Evangelio y los avances del derecho internacional, han sido escasas las voces eclesiales que se han alzado para denunciar el simple abuso de la fuerza con que los más poderos se han impuesto en decenas de conflictos armados.

Han abundado -es cierto- los llamados a renunciar al recurso de la guerra, a frenar la carrera armamentista y proscribir el desarrollo de la energía nuclear bélica. Pero no se ha enfatizado en crear conciencia cristiana sobre la injusticia intrínseca de la guerra.
Esta situación, como tantas otras, tiende a cambiar bajo el pontificado del papa Francisco.

Así, en su mensaje «La noviolencia: un estilo de política para la paz», escrito con vistas a la 50º Jornada Mundial de la Paz (1 de enero de 2017), Francisco ha hecho un fuerte llamado a que la Iglesia se aleje de la teoría de la «guerra justa».

Ello en consonancia con una conferencia organizada en el Vaticano por el Pontificio Consejo Justicia y Paz junto con Pax Christi Internacional en abril pasado, la que declaró formalmente que nunca hay justificación alguna para la guerra, y exigió que la Iglesia Católica considere y desarrolle «el cambio hacia una perspectiva de paz justa basada en la noviolencia del Evangelio». Solicitó, incluso, que el Papa fije en una encíclica el marco de referencia de la «paz justa».

Según el cardenal Turkson, las acciones emprendidas en este ámbito por el papa Francisco constituyen un fuerte respaldo a aquella conferencia y al movimiento que busca un repudio formal a los antiguos principios teológicos de la «guerra justa».

No ha sido equívoco el Papa al tocar el tema en diversas instancias, lo que concuerda con su nuevo pronunciamiento al respecto. Se sabe que para él nada justifica una guerra; ni la autodefensa, ni la disuasión de un agresor, ni la protección de un inocente u otros motivos. En su opinión, no se frena un conflicto iniciando otro, ni se para una guerra con otra.

¿Una cabal utopía?

No faltan, por cierto, quienes sostienen que pretender cambiar la «guerra justa» por la «paz justa» mediante la noviolencia no pasa de ser una hermosa utopía.
¿Pero acaso no lo es el Evangelio, con su «amar al enemigo», «poner la otra mejilla» y practicar la noviolencia? ¿No son utópicos el propio Cristo, su palabra y su testimonio? ¿No lo es la construcción de su Reino?

Porque Utopía no es sólo la isla irreal de bondad y justicia imaginada en medio del océano por Tomás Moro, sino -y sobre todo- un ideal al que es posible tender en contraposición a los males del mundo mediante la racionalidad, inteligencia y voluntad del ser humano, imagen y semejanza de Dios.

Si el ideal es la paz en vez de la guerra, lo lógico y congruente es propiciar cuanto fomente la paz, y desarticular los factores de la guerra. Entre estos, primordialmente el armamentismo desenfrenado y el tráfico de armas.

Según el Instituto de Estudios para la Paz, con sede en Estocolmo, el mundo gastó el año pasado en armamentos 1,67 billones (millones de millones) de dólares. El monto fue encabezado por los Estados Unidos, con 596.000 millones de dólares, seguido de lejos por China, con 215.000 millones, Arabia Saudita (87.200 millones) y Rusia (66.400 millones).

El tráfico de armas, entendido como el comercio ilegal de armamentos, municiones y explosivos, es considerado el segundo negocio ilícito más lucrativo del mundo después del de las drogas. Se estima que alcanza al menos al 10% de las exportaciones mundiales del rubro, con ganancias que sobrepasan largamente los 10.000 milliones de dólares.

No hay guerras sin armas. Si el mundo busca la paz, no sería irreal que comience por poner los ojos sobre el elemento primordial de las guerras.

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Autor

José Manuel Vidal

Periodista y teólogo, es conocido por su labor de información sobre la Iglesia Católica. Dirige Religión Digital.

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