Antonio Aradillas

Santoral de mujeres maltratadas

"La relación Iglesia-mujer, sorprende, avergüenza y sonroja"

Santoral de mujeres maltratadas
Antonio Aradillas, columnista

en España, el número de mujeres muertas por sus parejas, exparejas o aspirantes a serlo, rebasa anualmente las 50, lo que, en una docena de años, equivale a las cifras alcanzadas por el terrorismo de la banda asesina ETA

(Antonio Aradillas).- No está de más aseverar que del Santoral- Año Cristiano oficial podrían, o deberían ser exiliados algunos santos y santas. Y no es que sobren, pero da la documentada y devota impresión de que la nómina de Papas, de fundadores/as, religiosos/as, sacerdotes, frailes, monjas, abades, abadesas y, en general, profesos en Órdenes y Congregaciones Religiosas, es desproporcionado -desproporcionadísimo- , al de laicos y laicas, cuyo número es además incomparablemente mayor en la Iglesia, que el de los «vocacionados».

De conventos, catedrales, monasterios, cenobios, noviciados, casas rectorales, porciúnculas y beaterios, es de donde procede el principal contingente de protagonistas que pueblan las páginas de los misales y, consiguientemente, los retablos de los templos, ermitas, capillas y oratorios. Las oficinas, los talleres, los sectores profesionales o laborales, el campo, las cátedras, universitarias o no, la jubilación por jubilación, las oficinas del paro, las clases pasivas…, por citar algunos ejemplos, raramente son, a la vez, situaciones y lugares considerados como puntos de partida para iniciar los procedimientos canónicos que en su día puedan llevar hasta a alcanzar «el honor de los altares», con su correspondiente liturgia y parafernalia «sagrada».

El capítulo dedicado a la mujer, por mujer, es aún más complicado, dificultoso y complejo. Es explicable que sea así, solo con que se actualice la idea de que la equivalencia ético- moral de «mujer» con el «pecado», por aquello de que la manzana del Paraíso bíblico es principio teológico vigente en la Iglesia.

Pero acontece además, y por multitud de razones- sinrazones, que la mujer como tal y por su propia condición, es sacrificada en aras del apartado «violencia de género», en cantidades estremecedoramente escandalosas e inmorales, impropias de una sociedad que se pretende intitular de culta y desarrollada, así como de religiosa, en la que Dios sea su referencia suprema.

Con estadísticas muy fiables, es obligado concluir que, por ejemplo, en España, el número de mujeres muertas por sus parejas, exparejas o aspirantes a serlo, rebasa anualmente las 50, lo que, en una docena de años, equivale a las cifras alcanzadas por el terrorismo de la banda asesina ETA.

Además de borrar el más insignificante atisbo, o porción, de discriminación canónica del sexo femenino en la Iglesia, ¿por qué su jerarquía y el resto del pueblo de Dios, no realizan esfuerzos mucho más denodados y eficaces, para condenar situación tan afrentosa y cruel? ¿Para cuando la canonización de alguna de estas mujeres, a cuyas muertes les son aplicables todas las características y condiciones de «mártires», es decir, de testimonios de perdurancia crónica de una sociedad obsesivamente machista, en la que vivimos, tanto personal como colectivamente?

Santorales de Iglesias locales, dentro y fuera de España deberían servir de referencias martiriales de tantas mujeres que, por serlo, sufrieron discriminaciones feroces hasta verter ignominiosamente sus últimas gotas de sangre. La moral y la liturgia católicas habrían de aprestarse con santo y pertinaz convencimiento en la eliminación de cuantas causas, próximas o lejanas, pudieran de alguna manera contribuir a que el punto final a tantas tragedias, todavía no se vislumbre siquiera en los horizontes de la sociedad actual.

Apostar por la beatificación- canonización de cualquier mujer por haber sido inmolada por su propia condición, en el altar de la «violencia de género», sería posible que fomentara en el colectivo cristiano mayor conciencia de culpabilidad y reparación a favor de los más débiles. En el caso de las «maltratadas» sobrarían «milagros» en su proceso canónico. Son mártires. El verdadero y jamás manipulable milagro, fue y es el afán de supervivencia propia y de sus hijos, y el tener que asumir el poco, o nulo, caso que la sociedad y las instituciones le prestaron para haber podido conservar la vida , evitando a tiempo, su muerte.

Como miembro del pueblo de Dios, y así las cosas en la relación Iglesia-mujer, sorprende, avergüenza y sonroja que, «a estas alturas de la película», y actualización y reforma del Santoral y de cuanto este significa a la luz de la historia de las religiones, en las que la mujer era, y tenía que ser, considerada como «impura» por naturaleza, no hayan surgido ya personas o colectivos cristianos, o aspirantes a serlo, en disposición de efectuar inexcusables «mociones de censura» en el nombre de Dios, de la sociedad y en el de la dignidad humana y divina, contra tamaños grados, obsesivos e irracionales, de rechazo de la mujer sacerdote.

Proporciona elementos de juicio, tan clarividentes como bochornosos, hechos como el siguiente: Santa Teresa fue declarada patrona de España poco después de su muerte, y posteriormente el Papa Inocencio X ratificó tal proclamación en 1.626, aunque poco más tarde se anuló el título «al prevalecer la opinión extendida de quienes consideraban que conferírselo a una mujer representaría una afrenta para el apóstol Santiago con quien habría de compartir el patronazgo oficial. Teólogos, políticos, moralistas, todos varones, fueron, y son todavía, los adoctrinadores por antonomasia de cómo tenían, y tienen que ser, y comportarse, todas y cada un de las mujeres…

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Autor

José Manuel Vidal

Periodista y teólogo, es conocido por su labor de información sobre la Iglesia Católica. Dirige Religión Digital.

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