Jesús María López Sotillo

“Hablé, y no entendía, de maravillas mayores que yo, y no lo sabía”

"Job comprende el inmenso espacio de ignorancia insalvable que existe entre Dios y él"

“Hablé, y no entendía, de maravillas mayores que yo, y no lo sabía”
Sotillo, columnista

(Jesús María López Sotillo).- Nombrado como ʼEl o como ʼEloah o como Šadday o como Yahveh, Dios finalmente acude a los requerimientos de Job y le hace oír su voz desde el fragor de una tormenta.

«¿Quién es ese que arroja sombras sobre mi conducta con discursos vacíos de sentido? Cíñete los lomos cual varón; voy a preguntarte y tú me instruirás.» (38,2-3)

Y eso es lo que hace, eso es todo lo que hace. Formula a Job una larga lista preguntas, preguntas que éste no puede contestar pues desconoce las respuestas. Pero lo interesante es que ninguna de tales preguntas es de tipo expresamente filosófico o teológico. Todas son preguntas sobre el universo físico, sobre su origen y sus dimensiones, sobre algunos de los fenómenos que se dan en él, sobre las criaturas que lo habitan.

Job había requerido la presencia de Šadday para hacerle unas preguntas y que él se las respondiera, pero lo que ocurre es que cuando Yahveh aparece, antes que Job tenga ocasión de abrir la boca, se ve envuelto en docenas de interrogantes que ʼEl le plantea, es un exhaustivo examen sobre cuestiones que tienen que ver con los tiempos y los espacios cósmicos, con astronomía, con física, con meteorología, con matemáticas, con biología, con botánica, con antropología, con zoología… Parece absurdo. Pero a medida que las va escuchando y no sabe qué contestar, Job, sin que Yahveh tenga que decírselo de modo explícito, comprende que ha metido la pata.

¿Por qué? ¿Por qué ha metido la pata? Aquí es donde el autor del poema se muestra más original y verdaderamente sapiencial. Su Job enseguida comienza a disculparse, antes incluso de que el aluvión de preguntas haya cesado:

«Cierto, he sido rastrero. ¿Qué te replicaré? Mi mano pongo sobre mi boca.
Una vez he hablado y no responderé. Aún dos veces y no añadiré más.»
(40,4-5)

Sin conocer la verdad sobre los muchos enigmas que, entonces como ahora, plantea la observación del universo físico, creyó tener derecho a llamar a capítulo a ʼEloah para pedirle explicaciones sobre cómo ejerce su providencia en el trato con los seres humanos. Ahora comprende cuánta ha sido su presuntuosidad. Mientras sigue resonando la voz que emerge de la tormenta, comprende el inmenso espacio de ignorancia insalvable que existe entre Dios y él.

«Hablé, y no entendía, de maravillas mayores que yo, y no lo sabía.
Oyendo de oídas, de ti había oído, pero ahora mi ojo te ha visto.
Por eso, me retracto y me arrepiento sobre polvo y ceniza»
(42,3b.5-6)

Estos son los últimos versos del Poema que transcribe el actual Libro de Job. Quizá tuvo más, pero fueron suprimidos para añadir el final en prosa que hoy nos muestra el texto bíblico. Nombrándolo como ʼEl o como ʼEloah o como Šadday o como Yahveh, el autor del sapiencial Poema presenta a Dios haciendo a Job, de forma indirecta, un hondo reproche: ¿Por qué me llamas a capítulo? ¿Qué te hace pensar que soy yo quien ha provocado tus calamidades? ¿No conoces apenas nada del mundo que ves, pero estás seguro de que detrás de tus desgracias estoy yo? ¿Y pretendes que te explique a qué se debe? ¿Dónde vas, gusanito de Jacob?

Job ha hablado, y no entendía, de maravillas mayores que él, y no lo sabía. Cuando lo sabe, decide guardar silencio sobre asuntos de tan alta teología o de tan alta metafísica. Pero tiene ante si otro reto que puede hacer suyo: encontrar respuesta a algunos de los múltiples interrogantes que Yahveh le ha planteado.

Desde entonces, muchos hombres y muchas mujeres han trabajado y siguen trabajando denodadamente en esa dirección. Y aunque continuamos sin saber con certeza lo relativo a la divinidad, si sabemos que hay cosas sobre ella que hoy en día no se pueden creer ni enseñar y que lo que creamos y enseñemos al respecto hemos de creerlo y enseñarlo sin creérnoslo del todo, pues puede no ser cierto, aunque durante algún tiempo nos haya servido o sirva para dar sentido a nuestra vida. De ahí lo de Creer sin creérselo.

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Autor

José Manuel Vidal

Periodista y teólogo, es conocido por su labor de información sobre la Iglesia Católica. Dirige Religión Digital.

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