Gregorio Delgado del Río

¿Hasta cuándo, señores obispos?

"Parecen padecer el mal propio del amodorramiento"

¿Hasta cuándo, señores obispos?
Gregorio Delgado

Francisco vuelve sobre un viejo tema, que, al parecer, no acaba de encauzarse y de vencer las resistencias que encuentra dentro de la propia Iglesia para un tratamiento de normalidad: el abuso sexual

(Gregorio Delgado del Río).- Recientemente (Ejemplos a seguir, RD), con motivo del paso dado (petición de perdón) por la Conferencia episcopal francesa, por la uruguaya y por la de África del Sur, expresé la siguiente valoración respecto de la actitud de nuestros obispos:

«¿Qué han hecho a este respecto nuestros Obispos? Callar o, como máximo, repetir los manidos y tópicos ‘mantras’. No basta. No es suficiente. ¿Por qué silenciar la verdad y la realidad de lo ocurrido en más ocasiones de las debidas? ¿Acaso con su silencio no se ha frustrado la verdad y se ha entregado a muchos al error? ¿Por qué, entonces, tanta resistencia a reconocer lo ocurrido y a pedir perdón por ello? Es muy posible -ya estamos acostumbrados- que sigan enrocados y casados con el error.»

«La soberbia suele ser señal de identidad en el comportamiento del clericalismo eclesiástico que, con tanta energía, viene denunciado el papa Francisco. No importa. ¡Allá ellos! Pero lo cierto es que la Iglesia en España (por medio de sus pastores episcopales) ha seguido, durante demasiado tiempo, un camino que no era el justo, ha aparentado algo que no respondía a la verdad, ha actuado -ellos sabrán por qué razón- desde la hipocresía. ¿Tan difícil es reconocerlo y pedir perdón?»

Con ocasión de la festividad de los santos Niños inocentes, el papa Francisco ha dirigido una Carta a todos los Obispos del mundo. En ella se hace eco de la buena noticia: nos ha nacido un Salvador. Noticia que, sin duda, «… es fuente de nuestra alegría y esperanza». Debemos, en consecuencia, anunciarla, hacerla crecer, cuidarla. Pero, «la Navidad, mal que nos pese, viene acompañada también del llanto».

La realidad no puede ni debe disfrazarse. «Es el gemido de dolor de las madres que lloran las muertes de sus hijos inocentes frente a la tiranía y ansia de poder desenfrenada de Herodes. Un gemido que hoy también podemos seguir escuchando, que nos llega al alma y que no podemos ni queremos ignorar ni callar (…) Hoy también a nosotros, Pastores, se nos pide lo mismo, que seamos hombres capaces de escuchar y no ser sordos a la voz del Padre, y así poder ser más sensibles a la realidad que nos rodea».

Después de hacer referencia a la vergonzante situación de millones de niños en todo el mundo (educación, trata sexual, desplazamientos forzosos, malnutrición, trabajo en condiciones de esclavitud, extrema pobreza, muerte, etcétera), Francisco vuelve sobre un viejo tema, que, al parecer, no acaba de encauzarse y de vencer las resistencias que encuentra dentro de la propia Iglesia para un tratamiento de normalidad: el abuso sexual.

Lo dice de modo explícito: la Iglesia llora también «… porque conoce el pecado de algunos de sus miembros: el sufrimiento, la historia y el dolor de los menores que fueron abusados sexualmente por sacerdotes. Pecado que nos avergüenza. Personas que tenían a su cargo el cuidado de esos pequeños han destrozado su dignidad. Esto lo lamentamos profundamente y pedimos perdón».

Algo no debe de ir del todo bien, alguna pieza del sistema no acaba de encajar. Es muy posible que el engranaje del conjunto chirríe alguna que otra vez. Algo, sin duda, tiene que pasar cuando el papa Francisco insiste y vuelve a insistir en lo mismo. Ha señalado el camino, ha cargado con la cruz, no se ha cansado ni avergonzado de ello, ha suplicado y suplica humildemente perdón a las víctimas. Esta ocasión es una más. Nunca, por cierto, será suficiente.

¿Por qué será que los obispos, individual y colectivamente, no le imitan y le siguen en tan necesaria y testimonial actitud pastoral? ¿Cómo es que muchas Conferencias episcopales no han organizado ya, por ejemplo, la Jornada Universal de Oración? ¿A qué esperan? ¿Qué les pasa a nuestros señores obispos españoles, que parecen padecer el mal propio del amodorramiento? ¿Qué hacen sus tres ‘luminarias’, que no agitan al entero cuerpo episcopal, como busca y quiere Francisco? ¡Menos porte y majestuosidad! ¡Más olor a oveja! ¡Testimonio!

Si lo anterior no fuese suficiente, el Papa se permite (¡será osado!) recordar -una vez más- el pecado por lo sucedido, esto es, «… el pecado de omisión de asistencia, el pecado de ocultar y negar, el pecado del abuso de poder». No se puedo decir más en menos palabras. Este pecado también lo ha cometido la Iglesia en España. Y lo ha cometido en todas y cada una de sus manifestaciones. Y lo ha venido cometiendo -aunque se ha ocultado cuidadosamente- desde hace mucho tiempo.

Estoy seguro -no atesoro duda alguna- que nuestros obispos están ahora empeñados y comprometidos «… para que estas atrocidades no vuelvan a suceder entre nosotros». Pero, entonces, ¿por qué permanecen tan pasivos? ¿Por qué la sola mención de esta temática parece producirles urticaria? ¿Por qué, en definitiva, no tienen el gesto colectivo de pedir perdón a las víctimas y a la entera sociedad?

Algo no acaba de funcionar cuando el Papa se siente obligado a recordar a los obispos lo siguiente: «Tomemos el coraje necesario para implementar todas las medidas necesarias y proteger en todo la vida de nuestros niños, para que tales crímenes no se repitan más. Asumamos clara y lealmente la consigna «tolerancia cero» en este asunto». Pero ¿es que, a estas alturas, no se han tomado ya todas las medidas necesarias? Me temo que no. ¡Vaya vergüenza! ¿Cómo pueden tirar -tan fácilmente- por el suelo su ya tan debilitada credibilidad? ¡No tienen remedio! ¿Qué pasa? ¿Acaso todavía existen obispos que no asumen «clara y lealmente la consigna ‘tolerancia cero’ en este asunto»? ¡Vaya panorama!

En febrero de 2015, el papa Francisco en Carta dirigida a todos los Presidentes de las Conferencias episcopales recordaba, entre otras cosas, que «También se debe vigilar atentamente que se cumpla plenamente la circular emanada por la Congregación para la Doctrina de la Fe, el 3 de mayo de 2011, para ayudar a las Conferencias Episcopales en la preparación de las líneas maestras para tratar los casos de abuso sexual de menores por parte de clérigos. Es importante que las Conferencias Episcopales adopten un instrumento para revisar periódicamente las normas y comprobar su cumplimiento».

¿Qué se ha hecho por parte de nuestra Conferencia episcopal sobre el particular? ¿Ya han adaptado y puesto al día los Protocolos respectivos? ¿Por qué siguen envolviéndolo todo en el más ostentoso silencio? ¿Realmente la Iglesia en España cuenta con los Protocolos adecuados, aprobados como es debido y promulgados conforme a la normativa canónica? ¿Se siguen rigiendo todavía por los Protocolos de 2010, que se vieron obligados a exhumar? Si a esto lo consideran «implementar todas las medidas necesarias» y «colaborar muy eficazmente» con el papa Francisco, apaga y vámonos.

Todo el mundo dice estar de acuerdo en «proteger en todo la vida de nuestros niños». A partir de aquí, se trata, entre otras cosas, de colaborar con las Autoridades civiles competentes en orden a garantizar a los menores un entorno de seguridad. ¿Qué se ha hecho a este respecto? ¿Qué medidas se han consensuado y se han puesto en marcha? ¿Qué pasa con el control y supervisión del sistema de selección, admisión, formación y vigilancia del profesorado y de cualquier otra persona que trabaje en los Centros educativos, de titularidad religiosa?

¿Qué se ha hecho en este orden de cosas respecto de otras muchas actividades que viene desarrollando la Iglesia con menores? Tampoco creo que la Iglesia pueda ignorar la Convención sobre la protección de los menores contra la explotación y abuso sexual, aprobada por el Consejo de Europa en el año 2007. ¿Qué se viene haciendo en el marco de la misma con las respectivas autoridades del Estado?

Como se habrá advertido, son detectables demasiadas carencias y omisiones. Todas ellas incomprensibles. También lo es el silencio que han decidido observar frente a las críticas que se les hacen desde muchos ámbitos. ¡Obras son amores! Lo siento. No tengo otra opción. ¿Hasta cuándo, señores obispos, van a seguir abusando de nuestra paciencia?

Autor

José Manuel Vidal

Periodista y teólogo, es conocido por su labor de información sobre la Iglesia Católica. Dirige Religión Digital.

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