Si la Iglesia no es partidaria de la transparencia, la devoción carecería de sentido y de contenido
(Antonio Aradillas).- A estas alturas de los acontecimientos ya registrados, y de los que se presienten cercanos, con mención expresa para Cataluña y el País Vasco, a nadie sensatamente se le ocurre ni siquiera dudar de la influencia que en los mismos ejerció y ejerce la Iglesia, resultando tan eficaz como decisiva. Reflexionar sobre estos hechos, por una parte y por otra, y desde perspectivas distintas, es cristiana y cívicamente legítimo, sin más limitaciones que las impuestas por el bien común, las leyes y los ordenamientos sanamente democráticos.
En la mayoría -en todas- las reivindicaciones a favor de los nacionalismos aludidos, de manera explícita se hizo presente y activa la Iglesia. Obispos, sacerdotes, religiosos, frailes y monjes las inspiraron, ya desde la cuna, con razonamientos «religiosos» y hasta «en el nombre de Dios», elevando a categoría divinal los intereses «patrióticos», tal vez con ciertas y lejanas concomitancias con el felizmente periclitado «nacional-catolicismo».
Seminarios, noviciados, Casas Religiosas, púlpitos, «Cartas Pastorales» y movimientos y organizaciones «piadosas», les aportaron fe, calor y esperanza a quienes encarnaron, o podían encarnar algún día, soluciones políticas para la consecución de sus fines, aún con procedimientos no siempre ético-morales.
Idéntica influencia ejercieron quienes, pudiendo y debiendo hablar verazmente «en el nombre de Dios» por vocación y ministerio, se arroparon con «discreción», disimulo y, a veces, con cobardía, entre gualdrapas de silencio, condenando al olvido y a la desesperación, los mensajes de respeto, de igualdad entre todos, y de unidad en la pluralidad, por personas y por hijos de Dios.
Muy raras veces, y siempre al dictado de diplomacias terrenales, la voz episcopal elevó su tono en las «Cartas Pastorales» que firmaron, posiblemente en consideración, y agradecimiento, a haber nacido y ser educados en la misma «patria sagrada», con afanes independentistas, «santos» e irreductibles.

No solamente de injusto, sino de anticanónico y anti-eclesial, es preciso calificar el hecho de que, mientras que los obispos foráneos eran rechazados -«un tal Blazquez»-, y otros obligados a dejar sus diócesis, a otras del resto de las Comunidades Autónomas les eran impuestos obispos catalanes o vascos, ajenos a la problemática, necesidades, usos y costumbres, aspiraciones y dialectos, de extremeños, murcianos, andaluces y castellanos en su diversidad de versiones.
La política eclesiástica, inspirada y administrada por la Nunciatura respecto al nombramiento de los obispos, «colonizadores» de diócesis ajenas a las suyas propias, merece ser revisada y corregida cuanto antes. Está en juego el bien integral del pueblo de Dios y del de «los otros», que ha de ser servido teniendo sagradamente en cuenta la voluntad de quienes han de ser «pastoreados».
Me sentiría personalmente incómodo si aquí y ahora, no dejara clara constancia de que, pese a la veracidad de mis anteriores aseveraciones, no reseñara haber echado de menos la presencia física, dando la cara, de obispos independentistas, con mitras o sin ellas, en las manifestaciones «populares» organizadas por los congéneres políticos partidistas de su misma cuerda, en apoyo y defensa de sus cargos, rentabilidades, «ideales» e intereses personales o de grupos.
Idéntica incomodidad personal padecería si aquí no proclamara mi sorpresa, y la de muchos, al no haber podido registrar prédicas, declaraciones y «Cartas Pastorales», en las que, con nombres y apellidos y cargos respectivos, se denunciaran los protagonistas de las graves corrupciones que asolan, desprestigian, deterioran y dañan los conceptos de «democracia», de «política» y de «convivencia» de los «independizables», ocupados y preocupados, la mayoría de ellos, en ocultar sus fechorías y finanzas perversas, aún sirviéndose de símbolos y cantos «patrióticos».
En contextos religiosos y civiles, de tanta preocupación y riesgos para la colectividad y la convivencia, la actitud oficial y jerárquica de la Iglesia «autonómica» -«Conferencias Episcopales Territoriales-, no siempre, ni mucho menos, ha sido y es ejemplar, por lo que la desesperanza llama e interpela, una vez más, a «fieles» e «infieles».
Si la religión -la Iglesia- y sus representantes desde sus más altas instancias, ni ejercen, ni son «partidarios» de la transparencia, de la lealtad, de la igualdad, del respeto mutuo, de la obediencia a las leyes y de la capacidad de servicio a los más necesitados -a los pobres-, por mucha devoción que se le tenga y manifieste a la Virgen en sus advocaciones «patrias», inmiscuyéndolas en sus reivindicaciones políticas, esta -la devoción- carecería de sentido y de contenido. Más que de jaculatoria, rondaría los linderos de las blasfemia. Desdichadamente, a las «guerras de religión», o «religiosas», aún no se les puso el punto final, sino todo lo contrario.






