"El triunfo de la poesía"

Canto a la luz y a la vida

"No busquéis entre los muertos al Dios de la vida"

Canto a la luz y a la vida
Canto a la vida

La Pascua de Resurrección es un canto a la luz y a la vida. Los que aman la luz sin ponerle condiciones ni barreras de sectarismos e ideologías, o de "doctas ignorancias" también a veces, ya se pasean por caminos de lu

(Santiago Panizo).- De la cruz a la luz. Esperando a la luz era el realce de ayer. Era el gran silencio posterior al griterío y a los asaltos del odio. Y la gran pregunta era si habría fracasado la esperanza. Esperando a la luz era la poesía de nuevos horizontes de grandeza para la condición humana. Es poesía.

Es poesía lo que expresa bellezas, armonía, encanto. Y el triunfo de la poesía es neto montante de la belleza sobre la fealdad. Y creadores de belleza, si la poesía es de verdad y no farsa, son los poetas. La poesía es el arte de pasar de lo grave a lo suave y de lo agradable a lo serio como enseña N. Boileau en su L’art poetique. No se piense, pues, ni en ligerezas ni en chabacanerías si se habla de la verdadera poesía.

Hay poesía en todos los amaneceres, al ser promesas de la luz y la verdad del día. En los guiños de una estrella, aunque se les perciba de noche, porque incitan a fijarse en su luz. En la sonrisa de un niño, porque descubre su alma tal como es y no miente. En todas las obras de amor y respeto que hacemos con los demás, porque hay más amor en una sola obra de amor que en mil promesas de amor… Es poesía.

Hay más poesía en el balido del cordero que en el aullido de los lobos. En la punta de un iceberg que en el aguijón de un alacrán o en el colmillo de las víboras. En el vuelo de una mariposa que en el de un moscardón o en los giros espectrales de los murciélagos. En los que siembran de flores la ciudad que en los que repueblan de lobos la montaña.

Más poesía en los «cocos de luz» que fosforecen entre la yerba fesca y húmeda o en quien enciende una sola cerilla que en los muchos que se pasan la vida lamentándose de la oscuridad. Mucha más poesía, por supuesto, en la madre que acoge con amor al hijo de sus entrañas, sea guapo, feo, tonto o listo, que en la que le cierra el paso a la vida de la manera que sea.

Hay más poesía en una familia unida y en un matrimonio de personas responsables de sus actos que en los divorcios porque es moda, en las separaciones «a cara de perro» y en los «lios de familia» por unos metros más o menos de tierra de unas fincas. Lleva más poesía dentro, como digo, el gusano de luz que brilla en la noche que los que se pasan la vida lamentándose de la oscuridad sin hacer nada por remnediarla.

La poesía es fruto en sazón de la vida. Al profeta y al filósofo se les puede llamar -como dice T. Carlyle (Heroes and Hero-morship, lec. III, The hero as poet)- reveladores de lo que hemos de hacer; al poera, revelador de lo que hemos de amar. Con la ventaja de que el amor lleva infaliblemente a las obras.

Fue un momento estelar de la noche del sábado de la esperanza al domingo soñado de la gloria.

Varias veces he querido imaginarme aquel instante de la resurrección de Jesús, el momento genial en que el cuerpo muerto se desembaraza de ataduras, sábanas y sudarios, que como una crisálida que soltara ropaje de gusano, se pone a volar. Más todavía, porque en la crisálida hay vida antes de transformarse y en cadáver no.

Muchas veces he querido imaginarme aquel momento y otras tantas hube de confesar el fracaso. Y lo siento, porque no creo que sea lo mismo saberlo resucitado que verlo resucitando. Puede que sea una nimiedad sin trascendencia, pero sería una suerte parecida a encontrar Eldorado.

Antes de amanecer incluso. Aquellas mujeres que se apìadaron del Jesús doliente y le sigueron sin miedo hasta la cumbre, pero no pudieron -por las urgencias- dar a su cadáver los honores al uso, caminaron hasta el sepulcro con sus aromas y ungüentos.

Se encontraron un paisaje inesperado: ni estaban los guardas puestos por los sacerdotes y los escribas para custodiar el cadáver ni estaba el cadáver, tan sólo las ropas a la vera del sepulcro, y una voz que les dijo completamente en serio: el que buscáis no está aquí; ha resucitado. No busquéis entre los muertos al Dios de la vida. Era el amanecer de los que sienten ganas de ver.

San Pablo -al predicar a los primeros cristianos- no se anda por las ramas en lo que a esencias y criterios máximos de fe y de verdad cristiana se refiere. Siguiendo puras reglas de la lógica natural, viene a ser lo mismo que hizo al mostrar al «crucificado» como un honor de los cristianos frente al «escándalo» y la «necedad» de judíos y griegos (1 Cor. 1,17-18). Porque ambas cosas son el anverso y el reverso de una misma medalla. «Si Cristo no resucitó, vana es nuestra predicación, vana es nuestra fe… Pero no. Cristo ha resucitado de entre los muertos como primicia de los que mueren» 1ª carta a los corintios, casp. 15).

Es sabido que se hace difícil a muchos creer en la resurrección de Jesús y que muchos toman esta verdad cristiana como un invento más del cristianismo para mitificar lo que le interesa y embaucar a espíritus ingenuos o poco ilustrados o modernos. Y no se sabe bien si ello se debido a conveniencias de no creer para no comprometerse (hay bastante de eso) o porque no les cabe en la cabeza que, si Dios hecho hombre muere en una cruz voluntariamente, no tenga que resucitar por narices.

La sola idea de la «muerte de Dios, hasta como mera hipótesis real, repugna y es un insulto a la inteligencia. Y lo saben hasta los predicadores de la «muerte de Dios». Nietzche predijo esa «muerte», pero en referencia sólo a la «muerte de Dios» en las almas de los hombres, y a las teorías, sistemas y hombres que se solazan con matar a Dios de estos modos.

Chesterton conocía en propia carne la dificultad de hacerse cargo de la resurrección de Jesús tras verlo morir -dejado de la mano de Dios- como el peor de los criminales. Lo sabía por experiencia personal. Como Pablo de Tarso, él también tuvo dudas y hasta rechazos de todo lo divino. Pero como ninguno de los dos era de los fabricados en serie y tenían «marcha atrás», los dos «se bajaron de la burra» un día -valga la expresión.

Releo, con ocasión de la Pascua, un divertido pero ejemplar ensayo de G. K. Chesterton titulado «Las creencias». Poco hacía que se había publicado el libro titulado ¿Quién abrió la tumba? y un articulista de un virulento periodiquillo de la calle Fleet defendía que «cualquiera que creyese en la Resurrección estaba obligado a creer también en la historia de Aladino en ‘Las mil y una noches».

La gracia y la irónica inteligencia de Chesterton, tanto para salir de situaciones embarazosas como para divertirse desenmascarando «doctas ignorancias», se ven relucir en estas dos o tres frases del ensayo, que reproduzco. «No tengo idea de lo que pretendía decir con eso. Y supongo que él tampoco….». «No hay ninguna conexión lógica que lleve de creer en un suceso maravilloso a creer en otro, ni siquiera aunque sean exactamente similares y no absolutamente diferentes. Si creo que el capitán Peary llegó al polo Norte, no por eso estoy obligado a creer que el doctor Cook también llegó al polo Norte, aun cuando ambos llegaran con sus trineos y sus perros, por las mismas nieves»… «Curiosamente Aladino y la lámpara maravillosa tienen en verdad cierta relación remota con los milagros de la ciencia, aunque no tengan ninguna -ni remota- con los portentos de la religión».

Estoy de acuerdo. No se pueden, sin matizar y precisar, comparar cosas si no están relacionadas por algo que les es común… Y la lámpara de Aladino y la resurrección de Jesús se parecen entre si lo que un huevo a una castaña.

La Pascua de Resurrección es un canto a la luz y a la vida. Los que aman la luz sin ponerle condiciones ni barreras de sectarismos e ideologías, o de «doctas ignorancias» también a veces, ya se pasean por caminos de luz. Goethe, el gran literato y pensador alemán, esxpresó la gran verdad en las últimas palabras antes de fallecer: «Luz, luz, más luz» – «Licht, Licht, mehr Licht». Que ansias de luz, al morir o cuando sea, son ansias de Absoluto y de Dios indudablemente

FELICES PASCUAS CRISTIANAS.

Los amantes de la luz y de la vida están de fiesta. Felicidades para ellos especialmente.

Para los «otros», buenos deseos también: de que no cierren sistemáticamente los ojos a la luz, ni las puertas al don sagrado de la vida.

CRISTO HA RESUCITADO. Bien mirado, es poesía que un cadáver se alce sobre la muerte. Pero, más que eso y sobre todo, es fe que no repugna. ¡ALELUYA!

Autor

José Manuel Vidal

Periodista y teólogo, es conocido por su labor de información sobre la Iglesia Católica. Dirige Religión Digital.

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