Xosé Manuel Carballo

¿Qué es ser cura? (y II)

"Yo no soy ministro de nadie ni quiero serlo"

¿Qué es ser cura? (y II)
Carballo

Tamén podemos e debemos atopalo no sacramento dos irmáns, especialmente nos máis necesitados

(Xosé Manuel Carballo).- Terminaba la primera entrega de este trabajito sobre mi visión de lo que puede significar ser cura, diciendo que este significado puede verse condicionado por la idea que tengamos de lo que en la vida de las personas debe entenderse que hace referencia a Dios, y decía que conforme al Evangelio, si encontramos a Dios en el Sacramento del Altar también podemos y debemos encontrarlo en el sacramento de los hermanos, especialmente en los más necesitados.

Pero no todos ni siempre lo entendieron así. Un venerable sacerdote me dijo al poco tiempo de ser yo ordenado hace 50 años, que la razón de ser de un cura estaba justificada por la misa de cada día y por el rezo del breviario. Ya entonces le respondí que entendía que celebrar en la misa la fracción del pan que alimenta a la comunidad y animar a la comunidad a compartir los diversos «panes» puede justificar una vida; pero que decir bien la misa y rezar bien el breviario no puede servir de disculpa para no llenar de dedicación a Dios y a los demás por lo menos el mismo tiempo de trabajo que se le pide a un trabajador normal. Ahora cambiaron tanto las cosas, que los curas jubilados tienen que permanecer tan activos o más que antes de la jubilación

De nuevo puede haber discrepancias en el modo de entender lo que es la dedicación a Dios y a los demás, ya que, mientras que algunos pueden entender que dedicar tiempo a rezar el breviario o lo que sea es una manera de perderlo, otros pensamos que orar por los que tienen menos tiempo a hacerlo y por el mundo en general no es uno derroche del tiempo, y también creemos que de la oración personal y de la comunitaria sale la fuerza, tanto pra poder apretar cariñosamente la mano de un moribundo a cualquier hora del día o de la noche, como para denunciar injusticias y luchar por la justicia, como para crear fraternidad entre unos jóvenes utilizando los medios más variados, como ensayar y representr obras de teatro, o como comerle terreno a la droga poniendo en marcha y acompañando un grupo folclórico. Y que me disculpen los curas de ciudad por citar experiencias más bien del rural, pero es lo que mejor conozco.

Echando mano de la carta a los Filipenses entiendo con San Paulo que: «Todo lo que sea verdadero, digno, justo, puro, amable y honorable» también hace referencia a Dios y al mismo tiempo es bueno para los hombres y mujeres de aquí y de ahora.

En cuanto a la oración quiero recordar que también Jesús, modelo pra cualquier cristiano y no menos pra cualquier sacerdote, buscó fuerza en ella para acariciar a niños, ancianos y leprosos, pra ser comprensivo y perdonar, y hasta pra mezclarse y comer con gente de mal vivir sin importarle gran cosa lo que dijesen los que se consideraban a sí mismos muy buenos, puros y limpios y siempre fueron muy cuidadosos de no contaminarse. Estos pastores difícilmente podrán oler a oveja, como dijo el Papa Francisco. Claro que hoy con tantos adelantos ya hay pastores eléctricos que permiten pastorear desde un despacho sin bajar a los caminos polvorientos o a los lodazales y tener que arremangar las ropas talares; que no exclusiva de curas, frailes y monjas, no se vaya a pensar.

Una vez que en la parroquia rural de San Martiño de Gobierno, donde nací y tengo el privilegio de vivir, se hizo un magosto por la noche en el campo de la fiesta el propio día de San Martiño, 11 de noviembre, alguien me pidió que subiera al palco a hacer reír un poco a los vecinos contando algún cuento a mi manera. Subí (ya contaba con hacerlo, pero preferí que me lo pidiesen) y conseguí que riéramos juntos los que juntos lloramos a menudo por todos los vecinos que se van o por nueve vacas que mató un mal rayo en la cuadra atadas a la cuellera.

Cuando bajé del palco, la también vecina y amiga desde la infancia, Florentina, me cogió por el brazo y me dijo e voz bajita: «Vaya que te sentiste cura también ahora lo mismo que por la mañana en la misa». Habrá quien se escandalice, pero mi respuesta fue: «Te agradezco que lo notaras y me lo digas». Mientras tanto, otro venerable párroco me llamaba con desprecio «saltimbanqui y titiritero». También se lo llamaron a Don Bosco; pero peor se la armaron a Jesús cuando quisieron darlo por loco. Pues, también El cumplía con su misión tanto multiplicando el pan en el descampado, como bendiciéndolo y partiéndolo en el Cenáculo, como convirtiendo el agua en vino.

Una de las definiciones de cura que se ha usado mucho es la de «Ministro del Señor». Venía aceptándola cómo una más sin pararme mucho a pensar hasta que una vez allá en Madrid, concretamente en Boadilla del Monte, hace unos 15 años, en un homenaje al Padre Ángel de Mensajeros de la Paz, un señor con el que me tocó compartir mesa entre otras ocho personas, muy elegante y fino él, doctor en no sé cuantas disciplinas, haciéndose pasar por pobre ignorante al mismo tiempo que se mostraba muy superior humana y espiritualmente a un curita de aldea, porque él, además de los títulos académicos muy altisonantes, militaba en una asociación eclesiástica (no sé si eclesial) elitista, me dijo con retintín pra rebatir algo que yo acababa de decir y que ahora no viene al caso: «Bueno, creo que esas ideas no son pra exponer públicamente un ministro del Señor».

Entoces, procure pensar a prisa, porque quería quedar bien ante los otros ocho comensalos y comensalas, y respondí: «Yo no soy ministro de nadie ni quiero serlo. En primero lugar, porque entre ministros también los hay que sólo buscan el poder y acaban siendo corruptos y en segundo, porque pobre de nuestro Señor sí tiene que depender de mi pra administrarle su infinita misericordia». Después, para congratularse conmigo y que no olvidase con quién estuviera hablando, aquel señor doctor en no sé cuantas disciplinas me daba su tarjeta, pero no se la quise, porque yo no tenía ninguna mía pra intercambiar y si la tuviera, a lo mejor, tampoco se la daba por si el tenía influencias más arriba y podía emplearlas para traerme al buen camino o llevarme a su Camino.

Esto es casi todo lo que sé decir de ser cura después de cincuenta años siéndolo, pero, unidos a los hermanos en la vocación básica del sacerdocio bautismal y a los compañeros en la vocación al sacerdocio ministerial y en la obediencia al obispo diocesano, sin servilismos, ya que, si hay la promesa de obedecer, también hay el deber de saber mandar, y en la unión con él y con la comunidad diocesana, cada uno irá realizando la misión encomendada cómo Dios le dé a entender y sus «talentos» de adulto en la fe se lo permitan desde la fidelidad al Evangelio y no Sacramento do Altar tamén podemos e debemos atopalo no sacramento dos irmáns, especialmente nos máis necesitados.

Para leer la primera parte, pinche aquí

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Autor

José Manuel Vidal

Periodista y teólogo, es conocido por su labor de información sobre la Iglesia Católica. Dirige Religión Digital.

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