Santiago Panizo

Tal día como ayer y ayer mismo

"No es el Papa remiso en procurar llamar a las cosas por su nombre dentro y fuera de la Iglesia"

Tal día como ayer y ayer mismo
Santiago Panizo

Tal día como ayer -hace cuarenta años- se celebraban las primeras elecciones democráticas

(Santiago Panizo).- Tal día como ayer -hace cuarenta años- se celebraban las primeras elecciones democráticas tras la guerra incivil del 36 y los más de 30 años de un «franquismo» poco generoso para corregir lo antes posible las secuelas de aquella fractura dramática.

Ayer mismo, el papa Francisco -en su línea y estilo de «democratizar» -valga la expresión- la Iglesia y el ejercicio del «poder» en ella- creaba cinco nuevos cardenales -«príncipes», como hace siglos se va diciendo de estos «hombres de Iglesia».

Si lo primero merece premio de reflexiones, lo segundo también. Si la campaña -solapada o abierta- de acoso y derribo de la Transición pide solvencias y sentido común, lo segundo -esta nueva creación de cardenales- demanda mesuras y puntualizaciones, como hizo ayer el Papa en su alocución a los elegidos.
Si aquello marca un hito luminoso y no tétrico en el intento benéfico del acoso y derribo de las «dos Españas» (un «desideratum» para todo español no masoquista), ésto es otro hito también luminoso y no tétrico del empeño por dar a la Iglesia «una nueva faz», un nuevo «estar en el mundo».

Veamos.

* Aunque lo repita con frecuencia, lo he de reiterar de nuevo porque revela una de nuestras rarezas, parte de nuestro folklore quizá también si se quiere hablar así. «Las cosas buenas que por el mundo acontecen obtienen en España sólo un pálido reflejo. En cambio, las malas repercuten con increíble eficacia y obtienen entre nosotros mayor intensidad que en parte alguna«

A este fenómeno tan español le llama Ortega y Gasset «plebeyismo» en el primer arranque de su «Democracia morbosa». Yo, a esta campaña de acoso a la Transición de la dictadura a la democracia -que se estudia por la ciencia política como un arte inigualado y modélico de hacer posible lo que parece imposible, y tratarse de la, primera vez en nuestra historia moderna que «las dos Españas» hallaron escenarios comunes de encuentro y consenso para no seguir matándose como hacen algunas fieras- le llamaría más que «plebeyismo». Le llamaría «gilipollez», o cara duda, o amor a pescar furtivamente en aguas revueltas.

Todo eso o cualquier otra cosa, menos política seria a la busca del bien de todos y no de los cuatro paniaguados del estúpido o estupefaciente partidismo reinante en la España desconcertada o desnortada de hoy.

De lo de ayer en el Congreso de los Diputados, del homenaje rendido a ese «cambio» tan rotundo y difícil como saludable y necesario, centrado en las primeras elecciones democráticas de la España post-moderna -aunque haya defectos como los tiene todo lo humano y nadie apunta a nadie con el dedo inquisidor porque sde den equivocaciones si no hay narcisismos y egocentrismos a su vera y sí voluntad de corregir el error donde y tan pronto como se conozca-… de lo de ayer he de resaltar una frase del discurso del Rey: «Fuera de la ley sólo hay inseguridad, arbitrariedad, imposición y falta de libertad».

Creo humildemente (puede que haya quien diga que no: recuérdese al efecto lo del Eclesiastés sobre la necedad) que el mejor comentario a tan acabada idea sólo cabe hacerse desde otra frase: la de Cicerón hace más de 20 siglos: «Servi legis sumus ut liberi esse possimus» -aceptamos ser amigos y servidores de las leyes para poder ser libres». Aunque pueda parecerlo, no es una paradoja si se la piensa en ella un pelín.

** ¿Y qué dijo el papa Francisco a los nuevos cardenales de la Iglesia?. RealzaRÉ sólo dos ideas de su alocución.

Una. No se elige a los cardenales -les decía- para ser «príncipes» -en el sentido proverbial de la palabra-: personas encaramadas en el mando; sino servidores desde su atalaya de honor y de dignidad; los primeros de la fila -los principales, los abanderados-, pero no tanto para recibir el aplauso del «respetable» como para dar la cara y recibir, si se tercia, las bofetadas. Eso es -en el fondo de la idea que el Papa quiere mostrar- hacer los debidos honores a la dignidad y a la púrpura.

Otra más. Recalcó -ante los cinco nuevos cardenales- la universalidad/catolicidad de la Iglesia de Cristo y puso en la picota tanto la cultura del descarte y exclusión de lo que estorba o sobra como el maltrato, cualquiera que sea su especie: niños, mujeres, minusválidos, charnegos, maquetos, animales o el verde esmeralda de un bosque animado en horas de incendios y fogatas.

No es el Papa remiso en procurar llamar a las cosas por su nombre dentro y fuera de la Iglesia, ni parco en intentar que la Iglesia y sus hombres ocupen el sitio y puesto propios. Claro que ese sitio no corresponde señalarlo y definirlo a los políticos, ni del PP, del Psoe o de Podemos; sino que es cosa de la constitución divina de la Iglesia que está en el Evangelio y de los derechos del hombre a los que se debe la Iglesia con la misma fuerza y vigor con que a ellos puedan deberse los Estados, que son coordinadores de la sociedad y no amos, ni de la sociedad ni -menos aún- de las personas.

Por lo demás, casi todo sigue igual. Los mismos «tic» sin encontrar alivio; los mismos topicazos sin pisar tierra; la misma picaresca, los mismos o parecidos quebraderos de cabeza en casi todos los mortales…

¿No tenemos remedio? ¿España sigue siendo diferente? ¿ A fuerza de años, no se acabaron ya los Torquemada, los Tancredos, los Quijotes, los Lazarillos o los Buscones? Pueden valer también de preguntas al aire limpio y transparente de una mañana fresca y estimulante, prometedora y grácil como la de hoy.

¿Mi frase del día?

Hagamos los honores a la liturgia cristiana de la fiesta de San Pedro y San Pablo, pilares de la Iglesia, porque si el uno fue pivote en anunciar la fe, el otro fue maestro en interpretarla, ilustrarla y abrirla de par en par a los cuatro puntos cardinales del mundo y de la historia.

«Te llamas Pedro y eres piedra» y sobre piedra y no polvo ha de asentarse la Iglesia; para amar y para servir y no dominar y mandar. Ha de levantar la voz cuando lo juzgue necesario para decir la verdad y defender la dignidad, aunque no para decir «aquí estoy yo». Resistir y navegar siguiendo su rumbo que, por ser divino, admite interpretaciones pero no traiciones. «Eres Pedro y eres piedra». Se desatarán las nubes. Soplarán los vientos. Crujirán los montes y las tormentas levantarán rayos y truenos. Se cimbrearán hasta casi caerse las velas… Pero la casa resiste y la nave sigue flotando.

Si veinte siglos lo avalan, ¿será distinto ahora? Claro que ¡ojo avizor!. Es decir, que nadie se duerma. Que «A Dios rogando y con el mazo dando» es la consigna cuando las cosas o las empresas parecen imposibles o cuando -como ahora- en las barajas parecen «pintar bastos».

 

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Autor

José Manuel Vidal

Periodista y teólogo, es conocido por su labor de información sobre la Iglesia Católica. Dirige Religión Digital.

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