Guillermo Gazanini

¿Por qué recurrir a la excomunión?

"Queda ver cómo operaría la excomunión a los corruptos"

¿Por qué recurrir a la excomunión?
Guillermo Gazanini Espinoza

Algunos ven esta medida como algo muy severo en la disciplina de la Iglesia, otros como algo trasnochado, casi medieval y anticuado

(Guillermo Gazanini).- Hace unos días, el semanario Desde la fe de la arquidiócesis primada de México publicó un editorial (Excomunión a corruptos, domingo 25 de junio de 2017) en donde se entrevé el análisis de un grupo de especialistas de la Santa Sede del Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral para aplicar la pena de excomunión a los corruptos como medida última y drástica advirtiendo de las graves consecuencias que lesionan la vida de un Estado trayendo graves consecuencias culturales, sociales, económicas y políticas y, ahora, según el semanario arquidiocesano también morales y espirituales.

Algunas personas me preguntaron sobre la excomunión a corruptos y su naturaleza si, en efecto, esto traería algún beneficio, cambiaría el estado de cosas o sólo se trataba de un llamado de atención de parte de la Iglesia. Cualquier pecado no es meritorio de esta pena y mucho menos un simple clérigo está facultado para imponerla por su propia palabra y autoridad; sin embargo, la exposición de los cánones hace ver que sólo hay causas muy especiales y limitadas por las cuales un fiel cristiano puede ser sancionado con la pena más grave del derecho canónico.

Toda sociedad organizada tiene reglas y si son quebrantadas, hay una sanción que hay que aplicar. La Iglesia es una comunidad humana cuyas instituciones deben proteger los derechos de los fieles para alcanzar los fines individuales y colectivos. El Código de Derecho Canónico, promulgado por Juan Pablo II a través de la Constitución Apostólica «Sacrae Disciplina Leges» del 25 de enero de 1983, tiene un colofón muy singular que describe el último de sus cánones, el 1752, el cual afirma que la Ley Suprema en la Iglesia debe ser la salvación de las almas.

No obstante, algunos fieles pueden incurrir en conducta que dañe la armonía de la comunidad eclesial y es así como el Código de Derecho Canónico establece los delitos que implican la excomunión, la cual consiste en la sanción penal impuesta para privar a algún fiel de derechos, deberes y excluyéndosele de los bienes espirituales que tiene la Iglesia como depositaria. La Excomunión sólo puede imponerse a los bautizados por delitos muy graves y la persona excomulgada no puede ni tiene derecho a recibir algún sacramento ni celebrarlo.

El Código de Derecho Canónico establece dos clases de pena de excomunión: la excomunión ferendae sententiae, que es la decretada por el juez a través de un procedimiento judicial o administrativo y la excomunión latae sententiae, aquélla que se genera de «forma automática», en el momento preciso de incurrir en el delito sin necesidad de un proceso judicial para imponerla.

Las siguientes son las causas por las cuales se puede incurrir en excomunión latae setentiae, cuya remisión está reservada a la Sede Apostólica, es decir, al Papa:

1. La profanación de las especies eucarísticas (canon 1367), es decir, las acciones sacrílegas contra las especies del pan y el vino consagradas que son el Cuerpo y la Sangre de Cristo.

2. El atentado contra la persona del Romano Pontífice (c. 1370), cuando se quiere procurar un daño físico o el asesinato del Papa.

3. La ordenación o consagración de Obispos sin tener el mandato específico de la Sede Apostólica para hacerlo (c. 1382), es decir, el permiso del Papa.

4. La violación del sigilo sacramental por parte del confesor (c. 1388).

5. La absolución del cómplice en pecado contra el sexto mandamiento del Decálogo. Evidentemente esta absolución es inválida (c. 1378).

Hay otras causas de excomunión no reservadas a la Sede Apostólica, es decir, que el perdón puede ser otorgado por el obispo del lugar y son:

1. La apostasía que es el rechazo total a la fe cristiana (cc. 751, 1364).

2. El cisma que es el rechazo de la sujeción al Romano Pontífice o de la comunión con los miembros de la Iglesia.

3. La herejía que es la negación pertinaz, después de haber recibido el bautismo, de una verdad o dogma de fe.

4. El aborto involucrando a todos quienes los procuren de manera deliberada y voluntaria (c. 1398)

La excomunión también se impone a quienes no habiendo recibido el orden sacerdotal realicen cualquiera de los siguientes tres delitos:

1. Atenten la celebración eucarística, es decir, la realicen falsamente;

2. Escuchen una confesión o intenten dar la absolución.

3. Quienes violen los secretos de confesión.

Algunos ven esta medida como algo muy severo en la disciplina de la Iglesia, otros como algo trasnochado, casi medieval y anticuado; sin embargo, el espíritu de la Ley canónica tiene implícito que penas como la excomunión vean por la enmienda de la persona siempre y cuando se arrepienta verdaderamente, haya reparado cualquier daño y el escándalo provocado con su conducta. Esto es esencial en derecho penal canónico.

Queda ver cómo operaría la excomunión a los corruptos. Tal vez se trate de una pretensión bastante ambiciosa que, en el fondo, lleve un impacto mediático para examinar las consecuencias desastrosas de los diversos pecados que entraña un acto corrupto. Por lo pronto, la Santa Sede, desde septiembre de 2016, adoptó la Convención de las Naciones Unidas contra la Corrupción, del 31 de octubre de 2003, a fin de que cada Estado adherente «de conformidad con los principios fundamentales de su ordenamiento jurídico, formulará y aplicará o mantendrá en vigor políticas coordinadas y eficaces contra la corrupción que promuevan la participación de la sociedad y reflejen los principios del imperio de la ley, la debida gestión de los asuntos públicos y los bienes públicos, la integridad, la transparencia y la obligación de rendir cuentas».

Quizá esta sea una de las formas en las que la Santa Sede refleje los principios del imperio de la ley y sus consecuencias cuando hay un pecado social como la corrupción al advertir que sus actos injustos sólo pueden castigarse recurriendo a una pena por lo demás justa: la temible excomunión.

Autor

José Manuel Vidal

Periodista y teólogo, es conocido por su labor de información sobre la Iglesia Católica. Dirige Religión Digital.

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