Héroes nuestros, desconocidos

Guam, territorio español durante más de 300 años

Misión difícil, lejana y solitaria

Guam, territorio español durante más de 300 años
Hermano Timoner

En la isla de Rota, los japoneses encontraron en la iglesia al H. Miquel Timoner, a quien torturaron y luego asesinaron de un tiro en plena calle

(Nicolás Pons, sj.) Xavier Fontdegloria publicó en EL PAIS (pág.5) el pasado viernes, 18 de agosto, un reportaje desde Agaña, capital de la isla de Guam. El nombre de esta isla, sin duda desconocido por cualquier lector nuestro, ha pasado a ser estas semanas de agosto de 2017 un nombre sonoro y repetido en titulares de muchos de los grandes diarios del mundo.

El primer europeo en pisarla fue el portugués Magallanes en 1521. Luego, en 1526 pasó a ser española y lo fue hasta 1898 en que pasó a manos de EE.UU.

Como preámbulo, hay que decir que Guam es una isla del Pacífico, al este de las Filipinas, que forma parte del grupo de las llamadas islas Marianas. Descubierta en 1526 por el español Toribio Alonso de Salazar, fue española hasta 1898, en que pasó a manos de EE.UU.

El hecho actual es que Corea del Norte -ya con más nombre y de más actualidad entre nosotros- se muestra como punto estratégico contra Estados Unidos porque puede dirigir y enviar misiles balísticos sobre Guam que, por supuesto, el Presidente Trump quiere defender a toda costa.

Ahora bien, el diario EL PAIS rememora lo que fue un día esa isla llamada Guam. A saber, fue durante más de 300 años tierra española, logrando el jesuita Diego Luis de San Vitores el visto bueno de la reina Mariana de Austria para evangelizar con otros compañeros estas lejanísimas islas…

En 1686 Francisco Lezcano llamó Carolina a una isla situada más al sur, nombre que después se hizo extensivo a todo el archipiélago en que estaba inserta. A ellas se juntó otro grupo de islas, llamadas hoy Marshall, las cuales con las mencionadas islas Marianas se llamó en su conjunto Micronesia, ocupando todas un mar de cerca de dos millones de Km2.

Los pobladores de Micronesia formaba una ramificación de los habitantes de Filipinas y pertenecían al grupo malasio-polinesio, aunque también había una representación de la etnia malaya. Se dedicaban a la pesca. Las mujeres, a tejer tela y a la fabricación de cuerda. Eran aficionados al baile, pero no poseían instrumentos musicales.

El historiador Murillo Velarde dice de ellos: «La gente es poca y bárbara. Nadie sale de allí. Nadie pasa por allí. Aquí no hay noticias del resto del mundo. No hay desierto en la Tebaida que sea comparable a esta soledad» (Historia de Filipinas, I- IV, 1922).

EL PAIS intitula en sus primeras líneas del reportaje que los jesuitas pusieron la semilla del catolicismo en Guam y que este espíritu religioso permanece todavía vivo entre sus habitantes y que un padre norteamericano les celebra ahora Misa y que la Virgen que veneran -cuya estatua encontraron en el fondo del mar- es la patrona de la isla. En Guam actualmente viven unas 163.000 personas de las que un 85 % se declaran católicos y tiene una extensión algo menos que Menorca. Los creyentes mantienen sus rituales recibidos de los jesuitas, como sus procesiones, sus novenas, sus oraciones por los difuntos, etc. Los habitantes de Guam se llaman chamorros. Los jesuitas españoles recibieron de los capuchinos alemanes esta Misión de Micronesia.

Misión difícil, lejana y solitaria. A esta Misión fue enviado como Superior el P. Juan Pons, natural de Manresa, y que a la sazón era Rector del Monasterio de Veruela (Zaragoza) donde se formaban desde finales del siglo XIX los novicios y estudiantes jesuitas de Aragón, Cataluña, Valencia y Baleares. Ya en Veruela, el P. Pons tenía como secretario a un hermano jesuita mallorquín (de Manacor), que le hacía la función de secretario y era este tan bondadoso, práctico en sus quehaceres y, al mismo tiempo, entregado a Dios, que le invitó a ir con él a esta Misión tan arriesgada y tan lejana, auténticas antípodas de Europa. El mallorquín, de nombre Miquel Timoner, se ofreció generosamente y partió en un primer grupo de jesuitas para estas islas, donde, por otra parte, en aquel entonces hablaban español y eran en su mayoría católicos.

El P. Juan Pons, en una carta de octubre de 1934, narra lo siguiente sobre la Misión y su secretario: «Con él salí de España en 1921. Tras breves días en Manila y Tokio, llegamos, por fin, bien asendereados por un tifón más que meridiano y en barco diminuto, a Toloas, isla principal de Truk el 25 de agosto. Allí encontramos una casita que constaba de planta baja y un solo piso. La planta baja era la iglesia; el piso, dividido en tres aposentos. No hallaron más, absolutamente nada más. A todo tuvo que dar salida Timoner y más que aprisa. De cocina y sus derivaciones, no había rastro; deterioros de la casa, por largos años abandonada. Las ratas, que no nos dejaban sosegar, sin agua para beber, ni medios para recogerla. Sin poderse entender al principio más que por señas, sin choza o habitación alguna de indios a la vista.»

Llegaron más jesuitas de España y con los años el P. Pons se hizo una herida en la pierna que atendía Timoner con los medios que podía. Pons quedó abatido, frágil y sin poder cumplir con su cometido de Visitador y Superior de un territorio tan disperso, pobre e inmenso. El H. Timoner no perdió, por eso, su temple y permaneció impertérrito junto a su Superior, sirviéndole amablemente en sus dolencias y siendo su consuelo espiritual hasta que aquel murió.

Quedó entonces el H. Timoner solo en la isla que se llamaba Rota, en el norte de la isla Guam, y sucedió que en febrero de 1945, al final de la segunda guerra Mundial, fueron estas islas -incluyendo las Filipinas- invadidas por los japoneses, quienes, a sangre fría, mataron a mansalva a muchos de sus pobladores. En Filipinas reunieron a misioneros agustinos recoletos (11), franciscanos y capuchinos, a los que condujeron a dos refugios en los que les lanzaron granadas de mano, cubriendo las entradas de esos refugios con tambores de gasolina y tierra, enterrándolos prácticamente vivos. En la isla de Rota, los japoneses encontraron en la iglesia al H. Miquel Timoner, a quien torturaron y luego asesinaron de un tiro en plena calle.

De estas horrendas masacres, no se supo oficialmente nada en España hasta meses más tarde, debido al silencio que impuso de eso el Gral. Franco que, a la sazón, se mostraba amigo de las potencias del Eje. Timoner tenía 53 años cuando fue asesinado.
En Manacor de Mallorca queda todavía familia del H. Timoner, (Plaza des Cos), la cual guarda cartas, viejas fotografías de las actividades de su tío e incluso uno de sus sobrinos conserva el mismo nombre y apellido que su tío de las islas del Pacífico.

He aquí, por tanto, héroes nuestros que se fueron a tierras lejanísimas de quienes la Congregación de los Santos del Vaticano apenas conoce sus nombres y son, aún así, gloria de nuestra tierra.

Curiosamente también en EL PAIS de 1995 (29-I pág.14) apareció un artículo, firmado por Santiago F. Fuertes, con el título «Una matanza olvidada» en que recordaba a los lectores que hacía entonces 50 años que las tropas japonesas en retirada, habían asesinado en esas islas del Pacífico a más de un centenar de españoles.

Feliz recuerdo ahora para estos hermanos nuestros españoles que, a tanta distancia, derramaron sus energías e incluso su sangre por dejar, en tierras e islas tan lejanas, la semilla de la Fe.

Que Corea del Norte no se atreva ahora a romper la paz de esas islas ni masacrar a sus pacíficos habitantes.

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Autor

José Manuel Vidal

Periodista y teólogo, es conocido por su labor de información sobre la Iglesia Católica. Dirige Religión Digital.

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