Peio Sánchez

Reflexiones desde la zona «0»

"Una de las tareas de los cristianos ha sido denunciar los mensajes xenófobos o islamófobos"

Reflexiones desde la zona "0"
Peio Sánchez

Es urgente que, como el resto de la sociedad, las diócesis cuenten con responsables y criterios de actuación ante emergencias que desgraciadamente en la sociedad de la vulnerabilidad se vendrán repitiendo

(Peio Sánchez, párroco de Santa Anna).- El pasado 17 de agosto me encontraba en Loyola haciendo Ejercicios Espirituales cuando el atentado terrorista tuvo lugar a escasos metros de nuestra parroquia. Santa Anna, durante el mes de agosto, estaba cerrada por motivos de seguridad.

La presencia de personas sin hogar era un factor que complicaba la ya difícil estructura de convivencia en la zona histórica y turística del centro comercial y comunicativo de Barcelona. La insistencia de los cuerpos de seguridad y de los comerciantes en las complicaciones que planteaba la acogida a personas que vivían en la calle nos llevó a reducir la tensión retirando a los pobres de la zona durante la época fuerte de verano.

A toro pasado, cuando puede resultar más fácil hablar, si bien hay que afirmar la consciencia de todos del peligro de la zona, no parece que realmente viniera de la gente sin techo el verdadero problema. Tiempo tendremos para seguir afrontando la cuestión.

Otra reflexión surge de nuestra respuesta en momentos de emergencia. La rápida respuesta de repulsa de los obispos y gabinetes de comunicación no ha venido acompañada de una buena respuesta desde el punto de vista pastoral. La descoordinación de los distintos ámbitos y la falta de un protocolo de actuación abandonan a la buena voluntad de cada uno la atención pastoral en situaciones de emergencia.

La presencia de sacerdotes en los hospitales, de acompañantes en los cuerpos se seguridad, de los párrocos de la zona afectada y de los capellanes de las comunidades lingüísticas ha movilizado la disponibilidad de los creyentes en la atención a las víctimas, en el acompañamiento de las personas en el dolor y la expresión en iniciativas de oración por la paz y la convivencia. Pero lo cierto es que la atención pastoral ha sido espontánea y generosa pero desordenada y sin objetivos.

Es urgente que, como el resto de la sociedad, las diócesis cuenten con responsables y criterios de actuación ante emergencias que desgraciadamente en la sociedad de la vulnerabilidad se vendrán repitiendo.

 

 

Nos debemos detener también en la reflexión en torno a la misa presidida por nuestro cardenal en la Sagrada Familia. Una celebración convocada por la iglesia para orar por las víctimas en favor de la paz y la convivencia que se convirtió en un quasi-funeral de Estado por la presión de las autoridades políticas.

Lo cierto es que en el momento complejo de Cataluña y España en la misa se impuso el carácter oficial, lo que manifiesta nuevamente los riesgos que comporta que los poderes políticos usen la iglesia según sus intereses de turno. La ausencia significativa de los verdaderos protagonistas que eran las víctimas, la falta de gestos ecuménicos e interreligiosos en favor de la paz y la limitación del catalán rompió los criterios evangélicos de las celebraciones eclesiales.

Probablemente a la rapidez de la respuesta de la iglesia a la que se unieron luego los políticos no permitió garantizar la adecuada independencia y libertad en el desarrollo de la celebración. La escasa presencia de sacerdotes mostró también la dificultad de respuesta rápida, muchas misas de primero hora podían haberse suprimido o trasladado al final de la mañana.

El acompañamiento del dolor y la promoción de la paz son los criterios prioritarios en los momentos inmediatamente posteriores al drama humano. Las actuaciones como las del padre Santiago Martín son algo más que desafortunadas, manifiestan una religión marcada por acentos políticos (de poder) que contradice cualquier criterio evangélico. La descalificación del arzobispado de Madrid es oportuna y necesaria. Muchos sacerdotes, desde la autoridad que en este caso nos da acompañar el dolor de las víctimas, pensamos que este tipo de palabras son impresentables en el ejercicio del ministerio. No nos podemos quejar que la repercusión mediática, que evidencia su maldad, venga en nuestra contra sino que nos ayuda a situarnos en la verdad de la realidad que vivimos.

 

 

En este sentido son importantes los puentes y entidades que favorecen en diálogo interreligioso. En los actos de violencia del fundamentalismo religioso siempre hay un fondo de silencio cómplice, de consentimiento simpático y de falsedad de una apariencia que en la superficie niega pero que en el fondo sostiene y comparte los objetivos.

Quienes procedemos del País Vasco sabemos bien que toda violencia puntual tiene un fondo complejo, un humus, del que se alimenta y en el que se encadenan las causas religiosas con los intereses económicos, políticos y sociales. Es responsabilidad de las confesiones y del diálogo interreligioso en la sociedad democrática detectar las verdaderas causas y desactivar, denunciado, cualquier fundamentalismo que puede derivar hacia la violencia. Una de las tareas de los cristianos estos días ha sido denunciar los mensajes xenófobos o islamófobos y potenciar los cauces de diálogo en la sociedad pluralista. Todo ello en un contacto estrecho con los esfuerzos por la convivencia de toda la sociedad de la que formamos parte.

Un último comentario respecto de la manifestación del sábado pasado. Lo mejor, la repulsa y el deseo de convivencia de tantas gentes muy variadas, así como muchos velos islámicos que detectaban la presencia de familias musulmanas. La participación importantísima de niños que en este caso son signo de normalidad y futuro. El «no tenemos miedo» es más que un desafío, es una convicción democrática por construir la convivencia. Y desde la perspectiva creyente sabemos que es Dios quien nos ayuda para que la bondad triunfe sobre el mal, como cantaban los jóvenes de la diócesis en una de las oraciones por las víctimas.

También la manifestación hizo evidente la pluralidad de nuestra sociedad, muchos portaban mensajes personales o de grupos además de algunos lemas o flores facilitados por la organización. La exagerada presencia de banderas -grandes esteladas y pequeñas banderas españolas de plástico- creo que debe ser considerada como una anomalía que muestra hasta qué punto la sociedad tiene contaminados algunos de sus objetivos.

Los objetivos universales (es decir católicos) de la paz y la fraternidad no pueden ser eclipsados por ningún color ni bandera de identidad concreta. Hay síntomas de enfermedad en el horizonte cívico que todos somos responsables de denunciar, no sea que el mal de la violencia se nos vuelva a colar por la puerta de atrás. Mantengamos la vigilancia que no solo es policial sino también una actitud espiritual.

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Autor

Jesús Bastante

Escritor, periodista y maratoniano. Es subdirector de Religión Digital.

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