Grita: ¡Socorro, socorro!

¿Cuido, amo, protejo la tierra?

"Que recapaciten quienes maltratan, hieren o matan esta tierra"

¿Cuido, amo, protejo la tierra?
Tierra y ecología

Seamos maestros de nuevas ideas, atentos cirujanos en las calamidades, auxilio en las castrástofes, abanderados de esperanzas y defensores de paz para esa tierra nuestra

(Nicolás Pons, sj).- La tierra es la contraposición de lo que vemos cuando levantamos la vista, a saber, lo que pisan nuestros pies. Y ¿qué es lo que avizoramos ? Pues campos, colinas, largas cordilleras, ríos, playas, huertos, pinares, un campanario en medio de.una diminuta población, etc. Es decir, desfila ante nuestra vista todo un mundo al que llamamos la tierra.

Este globo terráqueo, creado por Dios para el hombre, es el lugar de todo lo que consideramos material, natural y que, a la vez, podríamos llamar humano. He aquí la contrapartida de lo que llamamos cielo, que viene a constituir la casa y orígen de todo lo que es superterrenal, espiritual y sagrado. Dios creó la tierra de la nada -nos cuenta la Biblia-, pero esta no pretende enseñarnos ciencias naturales ni explicarnos científicamente la forma, la composición o el origen de la tierra.

Los israelitas imaginaban la tierra como si fuese un disco plano, redondo por razón del horizonte, que creían clavado fijamente en el mar universal.

No podemos nosotros poner los pies sobre las aguas del mar como hace una frágil barquichuela, ni podemos volar como hace el pajarito, saltando de su nido. Lo único que está a nuestro alcance es instalarnos sobre esta tierra dura que nos ha sido dada por Dios, después de regalarnos mar tan inmenso y firmamento tan amplio. Quedamos, por tanto, forzosamente sujetos y retenidos a esta tierra árida y montañosa, en la que, a escasos metros, hallamos también jardines, iguales a los del paraíso de nuestros primeros padres. Esta tierra concede a los hombres frutos para comer y madera para construir muebles e incluso casas y señoriales estancias.

Históricamente, hemos llamado a una pequeña parcela de esta nuestra tierra Tierra Santa, como así llamamos a parte de la tierra de Israel y de Palestina, donde vivió y murió Nuestro Señor Jesucristo. Antes, también esta tierra nuestra la hemos llamado Tierra de Promisión, porque es la tierra que Dios prometió al pueblo israelita, que tenemos también por sagrada.

Todos anhelamos poseer una parte, por pequeña que sea, de esta tierra con la intención de disfrutarla nosotros y nuestra familia. A ella le rendimos honores, belleza, espacio, sombra y color. Se trata de nuestra casa o domicilio. La llamamos, además, nuestra patria si la consideramos como propiedad de un conjunto de personas que viven los mismos ideales, la misma historia y los mismos objetivos. No pocas veces, incluso, la besamos como hacen los futbolistas cuando entran en el solar donde esperan poder mostrar sus dotes deportivas. En una palabra, quisiéramos tener todos una porción de esa tierra como honor y orgullo de nosotros mismos y tal vez envidia para los que contemplen esta mansión nuestra.

La sabiduría popular nos muestra a veces cualidades, dones o ventajas que tiene esta tierra nuestra, cuando decimos: Mi tierra es la que me da el pan. A tierra donde vayas, harás lo mismo que tú verás. Quien en la tierra de otro siembra, la semilla pierde. Tener mucha tierra en la Habana. Tirarse tierra a los ojos.

Los cuatro elementos que todo humano se honra en tener y por nada los dejaría son la tierra, el aire, el agua y el fuego.

Por tanto, aprendamos de tantas cosas que nos enseña la tierra, pues ella es nuestra grandeza, nuestra propiedad, nuestra riqueza y el producto que más nos enaltece.

Difícilmente, podremos imaginar el bienestar, las ventajas, los descubrimientos, los amparos, la comida que esta tierra nos ha dado, da y está dispuesta a darnos. Nunca podremos medir ni calcular los regalos que Dios nos ha hecho a través de esa morada pétrea donde moramos.

¿Somos agradecidos nosotros a quien nos regala diariamente salud, alegría y futuro, es decir, a nuestra tierra, y por ende también a ese Dios oculto, Señor y Dador de todo bien?

Ah, y como colmo pensemos que el último beso que recibiremos en esta vida será el de la tierra que cubrirá nuestros restos mortales por los siglos de los siglos hasta la resurrección de los muertos, como nos recuerda nuestra liturgia y nuestra fe.

Por eso, incluso podemos decir que no solo la tierra es nuestra, sino que también nosotros nos trasformamos en tierra y nos convertimos en terrícolas en el sentido más estricto de la palabra. Pero, ojo, esto será solamente hasta que Dios nos llame y saque de ese cobijo terrenal para pasar gloriosamente a gozar de su seno por años sin fin.

El Papa Francisco nos invita en su carta encíclica «Laudato si» (pág.161) a cuidar esta creación con pequeñas acciones cotidianas.

«Es maravilloso -dice Francisco- que la educación sea capaz de motivarlas hasta conformar un estilo de vida,….. como evitar el uso de material plástico y de papel, reducir el consumo de agua, separar los residuos, cocinar solo lo que razonablemente se podrá comer, utilizar transporte público o compartir un mismo vehículo entre varias personas, plantar árboles, apagar las luces innecesarias. Todo es parte de esa generosa y digna creatividad que muestra lo mejor del ser humano».

San Francisco de Asís entraba en comunicación con todo lo creado y hasta predicaba a las flores.

Es que, como dicen Joan Carrera y Llorenç Puig en el cuaderno «Hacia una ecología integral» (pág.10), «Para el creyente, contemplar lo creado es también escuchar un mensaje».

Que recapaciten, por tanto, quienes maltratan, hieren o matan esta tierra, como pueden ser las industrias petroquímicas; las industrias madereras que talan nuestros más flamantes bosques; las personas que queman voluntariamente, o por desidia, nuestros verdes pinares; los millones de coches que contaminan el aire que respiramos en nuestras ciudades e incluso aldeas. Preguntas que también podríamos dirigir a tantas líneas aéreas que, con tanta generosidad, nos trasladan de un país a otro, igual como surcan los inmensos mares nuestros buques de carga o los cruceros de placer y sobretodo esos plateados y siempre temibles buques de guerra, que se llaman vigías de paz y son depósitos y distribuidores de las más modernas armas que destruyen païses, étnias e indefensos pobladores de nuestro planeta.

Los enemigos y destructores de nuestra Tierra son, por tanto, numerosos, diversos y poderosos.

Ante tan macabro hecho, seamos maestros de nuevas ideas, atentos cirujanos en las calamidades, auxilio en las castrástofes, abanderados de esperanzas y defensores de paz para esa tierra nuestra, que es nuestra mansión y se muestra ahora en peligro de quedar agotada e incluso ser destruída. «A través de los fenómenos naturales extraordinarios y desastres ecológicos, la creación protesta de nuestro proceder» -amonestan nuestros obispos, en esa Jornada del 1 de septiembre.

Y por tanto, esta nuestra tierra gime ahora y enarbola por todas partes un llamativo rótulo que dice «SOCORRO, SOCORRO», recordando seguidamente que los recursos naturales del planeta Tierra para este año 2017 se agotaron el pasado 2 de agosto y que, a partir de ahora, lo que consumimos es simplemente sobreexplotación.

Autor

José Manuel Vidal

Periodista y teólogo, es conocido por su labor de información sobre la Iglesia Católica. Dirige Religión Digital.

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