"El problema es lo poco que debatieron antes"

El cardenal Müller quiere hablar, pero ya no puede exigir con quién

"Ve marxismo por todos los lugares donde la teología reclame la praxis cristiana de liberación"

El cardenal Müller quiere hablar, pero ya no puede exigir con quién
El cardenal Gerhard Müller, ex-Prefecto de Doctrina de la Fe Agencias

El samaritanismo que se abaja de Jesús (el samaritanismo kenótico) es demasiado para su Doctrina de la Fe. Lo dice su declaración: la fe es lo primero en la Iglesia, ¿qué fe? Ah, la fe, ¡todo el mundo sabe cuál es! ¿Seguro?

(José Ignacio Calleja).- Claro que sí, Cardenal Müller. Usted dice que puede hablar por libertad personal y el bien de la Iglesia, pero, recuerde esto: si lo hacemos nosotros es «disenso» y, si lo hace usted, es servicio. ¿Qué le parece? Más aún, antes era Usted el que se cuidaba de los disidentes, por el daño a la comunión eclesial, y ahora le ha tomado el gusto a ese papel de «disentidor». Más vale tarde que nunca, pero mida a los demás como le gusta ser medido.

Y luego es verdad que Usted cultiva un paradigma teológico-doctrinal alejado de esa relación delicada y no fácil entre la verdad y la praxis, tan propia de Francisco, prefiriendo a los neoplatónicos y escolásticos más decadentes (los hay muy creativos) en la afirmación de la Verdad de la que puede derivar o no una vida buena; si falta la vida buena y justa, somos pecadores; si la norma arrasa con la vida feliz de la gente, lo siento, los pecados (ajenos) se pagan; lo que importa es confesar que la Verdad subsiste siempre; debe existir como vida de amor; «debe», pero si lo logra o no, es derivado. Importa que las ideas claras y distintas se salven y conozcan bien. ¿Dónde? ¿En la mente divina? ¿En la naturaleza humana? ¿En la conciencia de los consagrados? Buena voluntad tiene esa teología, supongo, pero a la larga es un erial.

Ese modelo teológico (neoplatónico y agustiniano, a veces, neoescolástico, otras), ve el marxismo por todos los lugares donde la teología reclame la praxis cristiana de liberación -integral y desde los más pobres-, como momento interior a la fe vivida y pensada. No siempre se lleva mal con el recuerdo de la atención pastoral a los pobres, como consecuencia de la teología y la fe, pero eso, consecuencia pastoral subordinada y espiritualizada en lo posible. (No hagamos sociología, se dice, no confundamos las prioridades de la fe, no prioricemos la caridad como justicia con la dignidad… para eso está la política…, y además la salvación creyente es plenitud ecatológica, otra cosa que la fraternidad humana de inspiración socialista). Si falta la vida buena y justa -parece aceptar- qué le vamos a hacer, humanos somos.

 

 

Cuando Usted reflexionó en el tema junto a Gustavo Gutiérrez, usted pensó que había entendido y acogido lo suficiente de ese compromiso de la fe con la historia humana de la gente. Pero asumir la praxis cristiana liberadora e integral de los pobres, en la fe y en la teología, (¡no hay otra que la integral!), tiene consecuencias que ahora no desea. Y de ahí lo de «verdad y vida», «gracia y amor», y otros conceptos que a Juan Pablo II y Benedicto XVI les subyugaba reunir y ¡jerarquizar! («la Verdad os hará libres», «Caridad en la Verdad»), y separar mucho más que Francisco, pero en sentido contrario. Conceptos que a mí me encantan, si los encuentro reunidos y definidos con Encarnación personal y social. Porque hay demasiado lenguaje de significado pastoral «difuso» en el habla eclesial de la ternura y el don. Se lleva mucho en estos tiempos de condescendencia pasajera, creo, con Francisco. (Por cierto, no lo mitifico; lo amo, sin más).

Usted está persuadido, y muchos otros, de que ese paradigma teológico que defiende es el más rotundamente eclesial, es decir, el que realiza la tradición teológica más verdadera en relación a las fuentes de la fe y a las formulaciones que el Credo ha adquirido en la vida de la Iglesia; en suma, el que mejor conecta y plasma la Tradición del Evangelio. Y he aquí que aparece un Papa que postula un paradigma teológico -no impone- que reordena los mismos elementos de la fe, pero alrededor de la amoris traditio, ¡la tradición del amor a los más pobres en particular!; un Papa que reconoce que la verdad bíblica y la fe cristiana son verdad formulada y practicada desde una vida bien concreta, la de Jesús, el gran samaritano (y el gran caído); es decir, desde la Encarnación del Hijo de la Misericordia, Jesús de Nazaret, y su Resurrección como Cristo de ese Dios y no otro; o en sencillo, que los pobres nos evangelizan porque desde ellos Dios, en Cristo, se nos revela para todos como don de amor y justicia misericordiosa, ¡pero desde ellos y por ellos en el centro! Y, ahí, cunde el pánico dogmático, teológico y moral. El samaritanismo que se abaja de Jesús (el samaritanismo kenótico) es demasiado para su Doctrina de la Fe. Lo dice su declaración: la fe es lo primero en la Iglesia, ¿qué fe? Ah, la fe, ¡todo el mundo sabe cuál es! ¿Seguro?

Reconocer que Dios no sólo es el Otro, el Otro más íntimo a nosotros, sino otro que el que ha movido hasta hoy el intelecto teológico y las intenciones eclesiales-eclesiásticas de esa Congregación para la Doctrina de la Fe que presidió, tal vez sea duro en lo personal, pero en lo teológico y pastoral es demoledor. Como Usted hay muchos, y no es problema el debatir, sino lo poco que debatieron antes, lo poco que van a debatir en el futuro, presumo (cuando llegue otro Papa), y lo difícil que es reconocer que el rey estaba desnudo. Por supuesto que Usted acumula sabiduría, y no es despreciable su saber en absoluto, pero si la vida justa y buena, y feliz y bella en lo posible, de los más pobres no pasa al centro de la mirada de la teología, el dogma y la moral, la acusación de cercanía al marxismo por la importancia que cobra en ella la práctica de vida buena y justa, no me parece temible. A lo mejor merece la pena pasar por ese trance nominalista.

Ya sé que Usted ha hablado de la distancia que parece introducir Francisco entre verdad y vida, a favor de ésta, ¡no de separación!, pero claro, quien está acostumbrado a mirar desde la Verdad la vida diaria de la gente sencilla y sus dramas familiares, cualquier insistencia en la valía epistemológica y teológica (lugar del saber) de la liberación integral (salvación final en Dios) de los más pobres y sufrientes, y convertidos a ellos, la salvación de todos, suena a irrespetuoso con el conocimiento y cuidado de la Verdad Divina. ¿La de Jesús? No.

José Ignacio Calleja
Vitoria-Gasteiz

 

 

Autor

Jesús Bastante

Escritor, periodista y maratoniano. Es subdirector de Religión Digital.

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