Francisco Gómez

El final de las democracias o lo que no se define, se pierde

"Una llamada a la sensatez"

El final de las democracias o lo que no se define, se pierde
Francisco Gómez García Fidalgo

Es una lástima que quienes han sido y son parte del problema, que no sean también parte de la solución. Los ciudadanos pagamos el peaje de haber elegido demasiados mediocres en el ejercicio de la política

(Francisco Gómez García Fidalgo).- Advierto al lector que no encontrará en la lectura de este artículo un alarmismo, ni una profecía catastrófica o un anatema contra nadie, sino una reflexión para bajar el voltaje elevado de sentimientos, de todo tipo, que alimentan odios y venganzas, recíprocas, por toda la piel de España en este momento y a la vez hacer una llamada a la sensatez, iluminación y respeto a la convivencia en diálogo, justicia y paz.

El libro bíblico hebreo, sapiencial, llamado Qohélet, en castellano Eclesiastés, recopilado en el siglo III a. C, escrito para instruir, con otros sapienciales, a la juventud hebrea, nos dice: Existe el tiempo de nacer y de morir; de edificar y derribar; de reír, bailar y de llorar; de amar y de odiar; también tiempo de guerra y de Paz, Ecl 3, 1-9.

La democracia, en Occidente, nació hace unos 26 siglos en Atenas, allá por el siglo V a. C, La historia reconoce como promotores de la misma a Solón, a Clístenes y a Pericles, los dos primeros nacidos en el siglo VI a.C. y Pericles, muerto en una peste, que devastó Atenas, en el año 430 a.C. En esa democracia, para los cargos de la Asamblea o Parlamento y de Magistrados, órganos de poder, eran seleccionados, por sorteo y votación los mejores ciudadanos. En la votación participaban, sólo, los varones adultos de Atenas que hubieran cumplido, a satisfacción, con la formación militar para la defensa de la Ciudad.

Las democracias no son eternas, buena prueba de ello son las alternancias de gobierno: La monarquía, en la que manda un solo hombre, el Rey, que tiene acumulados todos los poderes; la oligarquía donde unos pocos aristócratas o distinguidos se hacen con el poder y lo ejercen con mano de hierro; la tiranía, ejercida por un solo hombre que arrebata el poder por la violencia, etc.

Según el Historiador hispano Sánchez Albornoz la historia de España está escrita con sangre derramada en guerra continuada y afirma que los españoles no han vivido sin ella. O la han hecho fuera o dentro de España. Es para llorar nuestra historia pasada y presente. Veamos:

En los siglos III, IV y V, d. C, se fragua la caída del Imperio Romano. En el siglo V llegan a la Península las invasiones llamadas bárbaras. En los siglos VII y VIII ocupan, parte de ella, los musulmanes. Desde los siglos VIII al XV se lleva a cabo la Reconquista de los territorios perdidos. La España llamada de los cinco Reinos, se reorganiza, en las Coronas de Castilla y de Aragón, de Portugal y de Navarra, con el emirato de Granada, durante la Edad Media. En el Medievo se fortifican asentamientos urbanos con murallas, en buena parte del territorio, contra la agresión externa; hoy el enemigo está dentro, en toda Europa. Es un matiz a tener encuentra. En el siglo XIX entra en combate la guerra de la Independencia. En el siglo XX se suceden la Dictadura, la República y la Guerra civil. En 1976 se produce la actual transición democrática del Estado central en convivencia con el llamado de las Autonomías.

Este recordatorio además de la sangre derramada, huele a ley no respetada. Se ha violado, sistemáticamente, la ley de convivencia compartida y las consecuencias están levantadas como en acta notarial a lo largo de la historia. Algunos autores de renombre como Heráclito, filósofo griego siglo VI-V a. C había defendido que todas las leyes humanas, se alimentan o dimanan de la ley divina y que las leyes eran como las murallas que guardan a la Ciudad; Tito Livio, siglo I a. C, historiador, afirma que el imperio de la ley debe ser más fuerte que el hombre más poderoso; el célebre jurista romano Cicerón del siglo I a. C, enseñó que para ser libres hay que ser esclavos de la ley. Próximo a nuestros días, C. Montesquieu, siglo XVII, filósofo francés, aseveró que sólo las realidades justas deben convertirse en ley para que tengan permanencia.

Hecha esta cata histórica, los hechos, por sí mismos son concluyentes: Las leyes justas y de interés general que no se defienden, nos ponen en manos de la quiebra y del desorden político, territorial, institucional, económico y religioso, es decir, lo que no se defiende se pierde más pronto que tarde.

Algunos personajes nefastos que nos han llevado hasta aquí, con quiebra política, territorial y económica, ahora salen en los medios para lavar sus manos, porque la conciencia es imposible, de todo lo que se les fue de las manos. Es una lástima que quienes han sido y son parte del problema, que no sean también parte de la solución. Los ciudadanos pagamos el peaje de haber elegido demasiados mediocres en el ejercicio de la política y demás poderes del Estado para consolidar una democracia en pañales.

Autor

José Manuel Vidal

Periodista y teólogo, es conocido por su labor de información sobre la Iglesia Católica. Dirige Religión Digital.

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