Xosé Manuel Carballo

«Nunca la noche es tan larga que no pueda volver a amanecer»

"Hasta no hace mucho los suicidas no podían ser enterrados en sagrado ni se oficiaban por ellos funerales"

"Nunca la noche es tan larga que no pueda volver a amanecer"
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¿Con que autoridad se permite alguien condenar a alguien, falto de paz en este mudo sin culpa suya a no poder encontrarla tampoco en el más allá?

(Xosé Manuel Carballo).- No es la primera vez que se tocan estos dos extremos: Cigoña de Infovaticana y Vidal de Religion Digital. Trato a los dos. Soy amigo de los dos. Los dos hablaron demasiado bien de mí. Sé que se aprecian mutuamente en la discrepancia. A nivel de conceptos me siento más próximo a José Manuel Vidal que a Francisco José. Afectómetro no tengo, pero pruebas de su afecto, al que trato de corresponder tengo muchas.

Se tocaron a principios de semana al tratar el delicado tema de la incierta o desconocida causa de la muerte del joven compañero sacerdote Fernando García de Valladolid. Se para más en el análisis Vidal que Cigoña, pero éste de algún modo lo hace suyo dando el enlace. Es posible que a estas alturas esté aclarado el posible misterio, pero tal como se presentaba el caso despierta interés, y también despierta morbo y empiezan los comentarios para todos los gustos, disgustos y faltos de gusto.

Del caso concreto solo sé lo que pude leer. Me disgusta la muerte de una persona joven y hermano en el sacerdocio y me disgusta que se aproveche para denigrar al obispo, a quien conozco, respeto y quiero desde que estuvo en Santiago, y a la diócesis y a la Iglesia. Y para lo que voy a decir me olvido de la persona concreta, de Fernando.

Ante cualquier suicidio siempre buscamos razones, olvidando lo difícil que es encontrar razones desde mentes que se supone que funcionan bien en lo referente a conservar la propia vida para aplicarlas a una mente que funcionan mal en este campo concreto.

Buscamos posibles causas externas olvidando que las verdaderas causas son internas. Los factores externos pueden ser desencadenantes, estimulantes o una proyección, incluso verbalizada o somatizada, de motivaciones subconscientes. Y olvidando también cómo se podrán encontrar causas externas comunes cuando son internas y muy personales.

Por la lectura de post y comentarios me parece que ninguno de los que escribe, y leí hasta ahora, tiene experiencia próxima del suicidio de una persona cercana o de temporadas luchando contra ideas obsesivas de un suicidio propio.

¿Os parasteis a pensar que puede acontecer en la mente humana para que se trastoquen tanto las cosas que, de tener miedo a la muerte, que es lo normal -la norma- lo que nos aterrorice sea vivir y por eso quienes tienen ideas suicidas se encuentren un poco mejor a la noche que por la mañana, ya que durante la noche no tendrán que tomar decisiones, mientras que por la mañana sí, y la primera, casi sobrehumana, levantarse?

Hasta no hace mucho los suicidas no podían ser enterrados en sagrado ni se oficiaban por ellos funerales, porque eran considerados pecadores públicos que murieran pecado contra el quinto mandamiento quitándose la vida. A esas conclusiones llegaron grandes moralistas, sabios doctores, que se dedicaron a confeccionar largas listas de pecados, muchas veces desde una celda y viendo del mundo solo lo que puede verse por una claraboya, pero sí escribiendo al dictado de sus mentes retorcidas y a veces podridas, capaces de dictaminar cuando una cruz mal hecha en misa con la mano, pasaba de pecado leve a grave, de venial a mortal.

Estos letrados, sabios y doctores casi siempre publicaban sus tratados con el «nihil obstat» de una mala madrasta que no llora a los hijos que mueren víctimas de una de las enfermedades más temibles, porque para los dolores del cuerpo hay muchos remedios, pero pocos para los del alma.

¿Con que autoridad se permite alguien condenar a alguien, falto de paz en este mudo sin culpa suya a no poder encontrarla tampoco en el más allá?

«Atan fardos pesados, y se los cargan en la espalda a la gente, mientras ellos se niegan a moverlos con el dedo» (Mateo 23:4) ¿O está fuera de lugar esta cita?

¿Ninguno de esos doctores se paró a pensar lo que piensa un cura sin grados: Que no pecaron, porque, aunque tuviesen lucidez para discernir y escoger lugar, hora y forma, no tenían libertad para evitar lo que fue inevitable por más que lucharon y se debatieron, a menudo años, por conseguirlo?

¿Y si las causas de alteraciones de la personalidad que llevan al suicidio son somáticas, porque hereditarias está muy demostrado que lo son?

Se dijo que la dureza eclesiástica (no eclesial) con los suicidas -y su familia- tenía una finalidad disuasoria, para evitar por miedo que otros lo hicieran. ¿Entonces aquí un fin incierto justifica medios inhumanos y antievangélicos?

¿Puede ser un réprobo, enemigo de Dios, merecedor del fuego eterno quien se quita la vida con una mano teniendo bien cogida, pero además atada a la otra una medalla de la Virgen del Carmen, o quien en sus delirios e insomnios sueña que atenta contra alguien de la familia y se levanta tembloroso, con el rostro desencajado por el miedo y eso precipita su decisión?

El 16 de agosto del año 1975, a las 4 de la tarde, a los 67 años se quitaba la vida este hombre que dos años antes había tenido otro intento, pero que, sin embargo, hablaba de su situación anímica con su familia sin tener que presionarle mucho. Por eso cuando llegó lo que en este caso fue inevitable. Su esposa, su hija y si hijo estaban un poco preparados para asumir que había muerto de una muy mala enfermedad muy de moda. A pesar de eso su muerte fue traumática y tuvimos que evitar caer en el remordimiento y culpabilizarnos pensando si habríamos dejado de hacer por él algo que pidiésemos haber hecho.

Al funeral vinieron unos 40 compañeros sacerdotes casi todos dispuestos a concelebrar, pero no se lo permití. Fue una misa rezada que pude decir yo mismo, gracias a Dios. Hacía aproximadamente un mes que en una parroquia próxima habían enterrado de ese modo a un portugués que se había ahorcado.

Seis meses después, el 23 de febrero del 1975 en la misma parroquia de mi padre tuvo lugar el funeral por otro vecino que también se había suicidado, en este caso con misa solemne concelebrada por tres sacerdotes, como era habitual, o sea: como todavía la Iglesia no enseñaba en su canon 1240 del Código de Derecho Canónico de 1917, aunque dejaba una puerta abierta hablando de «quien con libertad y dominio de sus facultades se matara a sí mismo».

Tendría más que decir y algo también del suicidio de sacerdotes, pero creo que puede ser suficiente siempre y cuando diga también que nunca la noche es tan larga que no pueda volver a amanecer, que le podemos y debemos pedir a Dios que nos dé fuerzas para llevar un día más tan pesada carga en la esperanza de que mañana pese menos, que se acuda a un buen psiquiatra y se tomen con regularidad las medicinas, que nos abramos a personas de confianza y que todos luchemos con uñas y dientes contra una sociedad consumista que me frustra cada día y socaba mi autoestima haciéndome ver que soy incapaz de comprar todo lo que me dice que necesito para ser feliz.

«Dichosos los que tienen espíritu de pobres» hasta para desprendernos de la propia vida ante una grave enfermedad prematura.

Autor

José Manuel Vidal

Periodista y teólogo, es conocido por su labor de información sobre la Iglesia Católica. Dirige Religión Digital.

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